61
Jac se movía por la casa con la sensación de estar fuera de lugar, incapaz de hacer corresponder el espacio con lo que había vivido allí.
El problema no eran solo los recuerdos, tampoco sabía qué hacer con ellos.
Dormía mal, de manera superficial, sin llegar a desconectar del todo.
Pasó dos días atrapado en esa cadencia extraña.
El tercero llamó a Paula.
—Cuando estaba en la cárcel hice una lista —dijo, sin más introducción.
—¿Una lista?
—De pueblos.
—¿Pueblos para...?
—Para no quedarme aquí. Necesito irme a otro sitio, uno que no sea... esto. Un lugar donde se pueda respirar —añadió—. Donde no esté todo tan cerrado y pueda entrar la luz.
—¿Quieres vivir en la playa?
—No. Siempre me han gustado los ríos. No sé por qué... me atraen.
—¿Así que quieres irte a vivir a un pueblo con río?
—Eso es. Hice una lista de cuatro sitios que, sobre el papel, podrían funcionar. Voy a coger el coche y acercarme a verlos. Estar allí un rato, probar cómo me siento.
—Me parece buena idea —dijo Paula—. Salir de aquí te irá bien.
—Sí. Te llamaré cuando vuelva, ¿vale?
—Claro, cuando quieras.
Colgaron sin alargarlo.
Se fue al día siguiente.
No como vacaciones ni como una escapada. Era una forma de salir de Vallclosa sin tener que decidir todavía hacia dónde se quería dirigir.
Pasó cinco días fuera.
En el primer pueblo que visitó estuvo cómodo. En el segundo, no encontró nada especial. Tampoco buscaba nada concreto, solo sentir que no se ahogaba. El tercer día llegó a Balaguer y se quedó más de lo previsto.
No visitó el cuarto pueblo. No hacía falta.
Cuando volvió, llamó a Paula. Fueron a merendar, se sentaron junto a una ventana. Ninguno tocó la taza al principio.
—¿Qué tal? —preguntó ella.
—Bien. Hay dos que me han gustado. El primero... podría haber funcionado.
Se quedó ahí un instante.
—Pero el tercero... No fui a ningún sitio más.
—¿Cuál es?
—Balaguer.
Levantó la vista un momento.
—No pasó nada fuera de lo común, estuve bien. Tiene la luz que buscaba y espacio. Me senté junto al río a ver cómo caía la tarde y pensé que me gustaría pintar esa imagen, no dibujarla, pintarla con colores. No lo he hecho nunca.
Se quedaron en silencio.
—Creo que con eso me basta —dijo al final—. No necesito más para saber que es allí. Quiero vivir en Balaguer.
—No he ido nunca, aunque si lo tienes tan claro, seguro que es un lugar que merece la pena conocer.
Jac apoyó los antebrazos en la mesa.
—Antes de irme hice algo que no te va a gustar.
Ella no dijo nada.
—Ya está hecho, así que da igual. Fui a una feria artesanal. Compré un silbato.
—¿Uno de esos...?
No la dejó acabar de formular la pregunta.
—Sabía que tenía que ver con lo que había pasado en la casa. No sabía exactamente cómo... lo sentía.
Hizo una pausa. Solo el hecho de nombrarlo le aceleraba el pulso.
—Me lo llevé a casa.
No entró en detalles.
—Y el recuerdo volvió. No todo, pero lo importante sí. Lara mató a Emma y no es solo que lo hiciera. Lo dejó preparado para que no existiera fuera de mí.
Paula no dijo nada, no era capaz de hacerlo.
—No puedo hablar de ella —añadió más bajo—. Ni siquiera con mi familia. No hay nadie que pueda decir: «Sí, estuvo aquí». Nadie con quien compartirlo.
El silencio no se rompió.
—Así que tendré que aprender a vivir con ello.
No sonaba convencido, solo intentaba parecerlo.
—Aún no sé cómo. Tendré que descubrirlo solo. Algún día, cuando esté preparado, me gustaría hacer algo simbólico, sencillo. Una especie de... cierre.
—Tiene sentido, Jac. Es buena idea.
Él asintió.
—Ah, después de recordar lo que pasó en la casa, rompí el silbato. Lo pisé hasta hacerlo astillas.
Levantó la vista y la posó en Paula con toda la intensidad que caracterizaba su mirada.
—He abierto muchas puertas. Más de las que habría querido que existieran.
No había orgullo en la frase.
—La del infierno no. Esa no la voy a abrir. No me da la gana.
El tono bajó un poco, aunque se mantuvo firme.
—No sé cómo voy a hacerlo —añadió—. Lo que tengo claro es que no voy a entrar ahí.
Paula no respondió enseguida. Se acercó lo justo para no invadirlo.
—Entonces no entres.
Jac alzó la vista.
—No tienes que condenarte para que lo que sientes sea real —dijo ella—. No necesitas castigarte para tener derecho a pensar en ella. El recuerdo te pertenece, Jac. Yo puedo escucharte cuando necesites hablar, sin pruebas y sin juicios.
El silencio que siguió fue distinto. Paula quizá nunca sabría si Emma había nacido o no, pero el sufrimiento de Jac y la desolación con que se enfrentaba a aquella ausencia eran reales.
Paula apoyó la mano sobre la de él.
—Y cuando sepas qué ritual necesitas, lo haremos.
Jac no dijo nada.
Sin embargo, esa vez el silencio no lo dejó solo.