Recuérdame 59
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El pasillo no tenía nada de especial: luz blanca, puertas cerradas y controles. Jac avanzaba con Paula a su lado. No hablaban. No hacía falta. Él estaba concentrado en no adelantarse ni anticipar lo que iba a pasar dentro. Sabía a qué había ido, lo demás no importaba.

Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible . La mano de Paula en su brazo, una presión leve. Jac giró la cabeza lo justo para mirarla; no hubo palabras. Ella mantuvo la mirada un segundo, firme.

Una puerta se abrió al fondo del pasillo y una mujer apareció acompañada por personal del centro.

No iba maquillada ni vestida como él la recordaba.

No encajaba en la imagen que había conservado durante meses y, sin embargo, había algo imposible de ignorar: el modo en que caminaba, el gesto al recolocarse el pelo, ese movimiento exacto y personal.

Lara.

Ella también lo vio, no dijo nada antes de entrar en la sala.

Cuando fueron a buscarlo, Jac ya estaba de nuevo en su sitio, con la respiración controlada y la mirada fija. Cruzó la puerta, se sentó y la encontró frente a él.

—Hola.

—Hola, Jac. ¿Cómo estás?

—Bien.

—Sí, te veo más delgado, pero mejor que la última vez.

—Supongo que sí. Mejor que la última vez.

Jac la miró de frente.

—Sabía que eras tú.

—Me alegro de que, después de tanto tiempo, al menos me reconocieras.

—Lara... ¿Dónde está Emma?

Lara soltó aire por la nariz, en algo cercano a una risa breve, sin humor.

—¿En serio, Jac?

—Sí.

—La niña no nació. El embarazo se acabó en la semana veinte. No lo aceptaste y sigues sin hacerlo.

—Lara, solo quiero saber dónde está.

—Muerta, Jac. Está muerta. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

El silencio se tensó y él negó, un rechazo físico. Lara lo observó, bajó la mirada y, cuando volvió a alzarla, el tono había cambiado.

—He estado trabajando aquí con unos psiquiatras muy buenos. He tenido tiempo para pensar. Sé que lo que hice no estuvo bien, aunque había motivos para hacerlo. Me ibas a abandonar, Jac. Tú tampoco te portaste bien.

—Cometí errores. Lo sé y lo siento mucho, a pesar de que ya no sirva de nada.

Una sonrisa se dibujó en los labios de ella.

—Claro que sirve. Cuando salga de aquí, podemos empezar otra vez. Desde ahí.

—Lara, eso es imposible.

—¿Imposible? Porque ya tienes otra vida, ¿no? Tienes a otra persona. Te he visto bien acompañado ahí afuera.

Jac inspiró, sin entrar en eso, y habló en un tono bajo, sin tensión.

—No tiene sentido alargar esta conversación. No nos hace bien a ninguno de los dos. Vamos a dejarlo aquí.

El aire en la sala se reajustó casi sin ruido. El profesional asintió con la misma neutralidad con la que había estado observando.

—De acuerdo. Damos la sesión por terminada.

Jac apoyó las manos en la mesa y se levantó; Lara hizo lo mismo al otro lado sin apartar la mirada. Él dio un paso hacia la salida.

En el cruce, cuando el movimiento se coordinaba y el espacio volvía a distribuirse según el protocolo, Lara avanzó medio paso más de lo que le correspondía y acortó la distancia. Jac giró la cabeza por inercia y ella habló bajo, sin tensión.

—Qué putada vivir sin recuerdos, ¿no? Al menos yo sé toda la verdad.

No lo miró después ni esperó. El personal del centro ya estaba reorganizando la salida y Jac siguió la indicación con normalidad.

Avanzó por el pasillo con la misma luz blanca y el mismo ritmo contenido hasta que algo se quebró por dentro y se detuvo en seco.

—Señor Masferrer —dijo una voz a su lado—. Tenemos que seguir.

Paula ya estaba cerca y se colocó lo bastante próxima como para ser referencia.

—Jac. Mírame.

Él no respondió.

—Jac. Respira conmigo.

Marcó el ritmo, lento y constante. Al principio no ocurrió nada. Poco a poco, el cuerpo empezó a responder y el aire dejó de romperse.

Jac se quedó un momento en ese punto intermedio, con la respiración todavía irregular, y luego desplazó la mirada hacia Paula.

—Sácame de aquí —dijo en voz baja—. Necesito salir ya.

Paula le cogió la mano como punto de anclaje.

—Ven.

Jac se dejó guiar. El trayecto hasta la salida fue una sucesión de pasillos y puertas que él apenas registraba mientras la mano de Paula marcaba el ritmo. El aire entraba mejor, aunque todavía no era estable.

Llegaron al coche. Ella abrió la puerta del copiloto y él entró sin decir nada, se dejó caer en el asiento y se inclinó hacia delante con los antebrazos apoyados sobre las piernas y la mirada fija en el suelo del vehículo.

Paula no habló; cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó al volante sin arrancar.

El silencio era necesario. Jac respiraba, no de forma regular, pero más acompasado. Pasaron unos segundos, quizá un minuto, hasta que levantó la cabeza sin mirar a Paula y se quedó con la vista fija hacia delante.

—Nunca me lo dirá —empezó, y tuvo que parar—. Si yo no puedo recordar qué pasó con mi hija, viviré sin saberlo. Lara conoce la verdad y no me la va a contar.

—No te puedo mentir, es una posibilidad. Tendrás que aprender a vivir con esa incertidumbre.

—Ya... Sí. Lo sé. Lo que no sé es cómo se hace eso.