58
Volvió de noche. Vallclosa iba más lenta a esas horas, con ese silencio irregular que lo envolvía todo.
La casa seguía como siempre. Jac tuvo la impresión de haber salido de allí aquella misma mañana, como había hecho todos los días durante tres años.
No era así, hacía más de uno que no vivía allí, y meses desde que entró por última vez cuando lo llevaron para la reconstrucción policial.
Entró por detrás. La llave giró con la misma facilidad de siempre y el silencio del interior no era distinto al que recordaba.
No había ninguna huella que anunciara que algo hubiera cambiado.
Y, sin embargo, en cuanto cruzó el umbral, algo se le cerró por dentro, sin previo aviso: el cuerpo había reconocido antes que él el lugar al que estaba entrando.
No fue un recuerdo ni una imagen concreta. Fue físico: el pecho que de pronto no tenía espacio suficiente para alojar el aire, la percepción de estar dentro de algo hostil y al mismo tiempo la sensación de arraigo, de pertenencia.
Avanzó despacio, sin forzarse, dejando que cada paso se asentara antes de dar el siguiente, con la necesidad de comprobar que el suelo seguía siendo firme. Y entonces las vio: las fotos.
No fue una mirada rápida; fue un impacto fijo.
No podía apartar la vista de la pared, el blanco del vestido, la luz de aquel día, la sonrisa de ella, la suya, los dedos de ambos enlazados.
Se quedó ahí, delante, sin apartar la mirada, temiendo que cualquier movimiento rompiera algo frágil y valioso.
Y entonces todo lo demás llegó como un golpe seco.
No eran escenas ordenadas. Llegaron en bloque, sin control.
El año. El encierro. El pabellón psiquiátrico.
Las evaluaciones. Las voces de otros diciendo lo que él no podía recordar.
La duda filtrándose en cada rincón de su ser.
La versión de Lara. La negación. Emma. La reconstrucción en esa misma casa, con la policía analizando, preguntando, ocupando el espacio donde había vivido.
El cuerpo cedió antes que la cabeza.
Se llevó la mano al pecho, intentando abrir desde ahí un espacio para el aire. No funcionó. Y entonces se rompió.
El primer sonido salió tarde, corto, casi sin fuerza. Luego otro. Y otro más. No había palabras y, aun así, estaban todas, empujando desde dentro sin orden, sin posibilidad de pronunciarse.
«¿Por qué?
¿Cuándo?
¿Cómo llegamos hasta aquí?».
Se mantuvo de pie lo que pudo, sin moverse, con la mirada todavía fija en las fotos, hasta que el cuerpo dejó de responder.
Entonces se apartó despacio, conteniendo cada gesto para no desbordarse del todo, y avanzó por el pasillo casi a ciegas, sin mirar nada en concreto, guiado por la memoria espacial.
La puerta estaba entreabierta; no la había cerrado nunca.
Entró en la habitación. Estaba vacía, aunque no del todo.
Las estrellas seguían en la pared, pequeñas, distribuidas donde él mismo las había pegado, a la altura exacta que había calculado entonces, siguiendo una idea de cielo que ahora le resultaba irreal.
Se acercó despacio, sin dudar. Apoyó las manos contra la pared, abiertas, buscando el contacto, y luego inclinó la cabeza hasta que la frente encontró las constelaciones. Notó el frío del material, la textura lisa bajo la piel y la posición incómoda que se obligaba a mantener.
Cerró los ojos.
Entonces sí.
Ahí dejó de contenerlo.
El llanto brotó sin control, con la violencia de todo lo que llevaba meses reprimido . No había pensamientos, no había intento de entender. Solo impacto, solo la imposibilidad de resistir más.
El tiempo dejó de correr.
Cuando el cuerpo no pudo más, dejó de mantener la posición. La frente se separó de la pared, las manos descendieron sin fuerza y se dejó caer contra ella, primero con la espalda apoyada y luego hacia un lado, hasta quedar en el suelo, sin buscar una postura más cómoda.
Las estrellas quedaron arriba, donde siempre habían estado.
La luz tenue que devolvían en la oscuridad dibujaba un firmamento vacío.
El brillo seguía ahí, lo demás ya no existía.
No pensó en nada porque no tenía fuerzas para hacerlo. Se quedó dormido así, no por calma, sino por agotamiento.
Cuando abrió los ojos, la luz ya entraba por la ventana. No era brillante, aunque bastaba para marcar los contornos de la habitación. Tardó unos segundos en reconocer dónde estaba: el suelo, la pared, la posición del cuerpo y las estrellas.
Los recuerdos de la noche volvieron sin orden.
Se incorporó despacio. El cuerpo le pesaba más de la cuenta. La cabeza no.
Allí había algo claro.
Se levantó sin mirar atrás, salió de la habitación y recorrió la casa sin detenerse en nada, ya no necesitaba mirar lo que había dentro. Sacó el teléfono y marcó sin dudar.
Jordi respondió al segundo tono.
—Dime.
Jac no saludó.
—Quiero hablar con Lara.
—Jac...
—Necesito hablar con ella. Tenemos que hacerlo —dijo sin subir la voz—. Quiero saber qué pasó. Por qué. Y necesito preguntarle dónde está nuestra hija.
—Jac, le dijo a la policía...
No dejó que terminara la frase.
—Ya sé lo que ha declarado y también sé que no es verdad. Necesito que me mire. A mí.
—Jac...
—Yo estaba allí —dijo sin elevar el tono, con precisión—. Cuando nació, la cogí y corté el cordón. Estuvimos con ella once días... Lara y yo.
El aire entró mejor ahí, no porque doliera menos, sino porque era firme.
—Y todo lo de antes... Cuarenta semanas, Jordi. —Negó con lentitud—. Lo sabemos los dos. Solo quiero que me mire a la cara y me diga que nada de aquello existió.
El silencio se alargó.
—Eso es todo —añadió después, más contenido—.
No voy a presionarla. No voy a forzar nada.
Solo quiero que me diga dónde está Emma o que tenga el valor de negarla mirándome de frente.
Quiero que lo gestiones, porque yo no tengo ni idea de cómo se hace —continuó—.
Y me da igual si la han acusado por lo que me hizo o no.
No voy por ahí. Solo quiero hablar con ella.
Al otro lado, Jordi exhaló despacio antes de responder.
—Vale. Déjame mirarlo. Te llamo.
—Vale.
Jac colgó, se quedó un segundo con el teléfono en la mano y luego lo dejó sobre la mesa.
Por primera vez desde que había salido no pensó en lo que vendría después, solo en verla y comprobar si, después de todo el daño que le había causado, también era capaz de negar a su hija aguantándole la mirada.
Al día siguiente, Jordi volvió a llamarlo.
—Soy yo —dijo nada más descolgar—. Ya he hablado con el centro.
Jac no respondió.
—No ha sido inmediato. Lo han tenido que valorar y lo han autorizado.
La palabra quedó clara.
—Va a ser una visita supervisada en una sala controlada.
Habrá personal presente, seguridad de psiquiatría y quizá alguien más.
Hay condiciones: no puedes presionarla, no puedes elevar el tono ni llevar objetos personales o fotografías.
Nada que no pueda ser controlado con anterioridad.
Si consideran que la situación se descompensa, se termina en ese momento.
Jac apoyó el antebrazo sobre la mesa.
—De acuerdo.
—Es el jueves a las once. Tendrás que estar allí antes. Te paso los detalles cuando me los confirmen.
—Está bien.
Colgó y se quedó quieto unos segundos, dejando que la información terminara de asentarse.
El jueves, a las once.
Las condiciones y el control quedaban en un segundo plano. Para él, lo único relevante era verla y escucharla.
Marcó de nuevo.
—¿Paula?
—Dime.
—Tengo cita con Lara. El jueves a las once.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Jac inspiró.
—Quiero que vengas. Sé cómo voy a entrar, no cómo voy a salir. Y no quiero que, si me pasa algo, tenga que apoyarme en alguien que no me conoce.
—Claro que voy a estar allí.
—Gracias.
—Ya hablaremos antes de entrar.
—De acuerdo. Aunque no te aseguro que vaya a hacerte caso.
—Jac...
—Ya, no te hago gracia. Yo tampoco me encuentro especialmente divertido. Lo estoy intentando.
—Lo sé. No necesito que me hagas caso, necesito que estés bien.
—Lo estaré. Hasta luego.
—Hasta luego.
Jac colgó y se quedó un momento con el teléfono en la mano, en silencio.
Sabía que el tiempo hasta el jueves duplicaría los minutos. Lo importante era que acabaría llegando, y eso era lo único que necesitaba.