57
La declaración llegó al juzgado antes de que terminara la mañana. Lara Lorente localizada viva e identificada.
A partir de ahí, el juicio saltó por los aires. El magistrado suspendió la sesión con la explicación imprescindible y salió por la puerta interna sin detenerse, sin margen para preguntas.
El desconcierto fue inmediato, aunque contenido. Nadie preguntó en voz alta. Nadie tenía a quién hacerlo.
El abogado de Jac miró al fiscal un instante, buscando una referencia que tampoco encontró. La fiscal negó desconcertada. No era estrategia. Era real.
Jac giró la cabeza hacia su abogado.
—Jordi, ¿qué está pasando?
Jordi mantuvo la vista al frente.
—No lo sé. Todavía no.
La respuesta no lo tranquilizó, no era lo que Jordi pretendía.
Los agentes de custodia entraron sin alterar el protocolo.
—De pie.
Jac reaccionó por inercia, sin preguntar.
Las esposas llegaron como siempre, sin brusquedad, y el gesto automático de llevar las manos a la espalda se adelantó al pensamiento.
Su abogado dio un paso hacia él.
—Esperad.
Uno de los agentes lo miró.
—Tenemos orden de traslado.
No había margen. Jordi cedió antes de acercarse a Jac.
—En cuanto sepa algo, voy a verte.
Jac asintió, sin haber terminado de procesarlo.
Lo sacaron de la sala con la mecánica habitual. El recorrido no cambió. El furgón esperaba donde lo hacía todos los días. Subió sin mirar atrás y el cierre metálico sonó igual que siempre.
Durante el trayecto no intentó reconstruir nada. No podía. No había pasado nada que justificara detener un juicio así.
Cerró los ojos un instante.
La imagen de aquella mujer intentó abrirse paso de nuevo.
No la apartó. Tampoco la siguió. La dejó pasar.
Apoyó la cabeza contra el respaldo y forzó que la atención se anclara en lo inmediato: el ruido constante del motor, la vibración seca bajo los pies, el movimiento irregular del vehículo y las voces delante, fragmentadas.
Se quedó ahí, sin intentar entenderlo todavía, inmerso en el trayecto.
Mientras tanto, en el juzgado, la explicación llegó fuera de sala.
—Ha aparecido Lara Lorente —dijo el juez sin preámbulos—.
Está viva. Ha sido identificada en comisaría y ha prestado declaración.
En estas condiciones, la acusación no puede sostenerse como hasta ahora.
Procede suspender el juicio, incorporar la declaración y escuchar a las partes antes de resolver.
La fiscal asintió con expresión seria.
—Interesamos la suspensión.
Jordi esperó un momento antes de intervenir.
—Nos adherimos. Y solicitaremos el sobreseimiento de la causa y la revisión inmediata de la prisión provisional de mi defendido.
El magistrado no añadió nada más.
El procedimiento no había cambiado aún sobre el papel.
Pero en la práctica ya era otro.
La comunicación llegó esa misma tarde. El abogado la solicitó en cuanto salió del juzgado y el aviso bajó lo bastante rápido como para que entrara en el turno de esa misma jornada.
Cuando lo llamaron, Jac estaba sentado en la litera, sin hacer nada concreto. No había conseguido entender lo que había pasado por la mañana. Se levantó sin prisa, recorrió el pasillo con la misma mecánica de siempre y entró en la sala sin mirar a nadie. Se sentó.
Jordi llegó con una carpeta que no abrió. Se sentó frente a él, apoyó los antebrazos sobre la mesa y lo miró antes de hablar.
—Ha aparecido Lara. Está viva.
Algo se detuvo por dentro.
—¿Está viva? —repitió.
El abogado asintió.
—Esta mañana ha ido a comisaría, se ha identificado y ha declarado.
Jac bajó la mirada un instante.
—Era ella —murmuró—. El primer día... pensé que no, que me estaba equivocando. Y ayer...
No terminó la frase.
—Ha confesado que fue ella quien preparó la escena. Que lo hizo para que pareciera un homicidio.
Jac no preguntó por qué. Tampoco cómo.
—¿Emma está con ella?
—Ha declarado que el embarazo se interrumpió en la semana veinte.
Jac cerró los ojos. Apoyó las palmas de las manos sobre la mesa, abiertas, firmes, con los dedos tensos contra la superficie y los pies anclados al suelo.
Cogió aire.
Se quedó así unos segundos.
Luego abrió los ojos y miró alrededor con detenimiento, verificando cada elemento antes de volver al punto central: la mesa, la pared, la puerta.
Volvió a él.
—De acuerdo. ¿Y ahora qué va a pasar conmigo?
—El juicio se ha suspendido esta mañana en cuanto ha aparecido ella. El procedimiento sigue el curso establecido. No es automático, pero se va a mover rápido. Vas a salir de aquí. Lo normal es que estemos hablando de uno o dos días, tres como mucho.
Jac asintió despacio. Esta vez no había nada que comprobar, solo esperar.
En la celda, Dani levantó la cabeza en cuanto lo vio entrar.
Jac dejó la chaqueta en su sitio de siempre, sin mirar dónde caía, y se sentó en el borde de la cama.
—Ha aparecido.
—¿Quién?
—Lara. Está viva.
—Hostia...
—Ha ido a comisaría. No sé más.
Las palabras quedaron un momento flotando en el aire.
—Te veo muy jodido.
Jac bajó la vista, fijándola en un punto de la pared sin llegar a verlo del todo.
—Creo que he llegado a un punto en el que estoy tan jodido que ya no tengo ni la sensación de estar jodido. Debería estar sintiendo muchas cosas... y no sé qué siento.
—¿Cuándo te vas?
—No lo sé. Mi abogado dice que pronto.
Dani no añadió nada más.
Jac tampoco lo hizo.
Paula no esperaba la llamada. Cuando vio el nombre de Jordi en la pantalla no pensó en nada concreto, sin embargo, algo en la hora, en la manera en que sonó el teléfono, en esa intuición que a veces precede a lo que todavía no se ha dicho, la llevó a contestar con rapidez.
—Paula. Ha aparecido Lara.
No hubo saludo. No hacía falta.
—Está viva —añadió él—. Y ha declarado.
Paula no preguntó nada más sobre Lara. En ese momento no era lo que le preocupaba.
—¿Cómo está Jac?
—Es difícil con él. A simple vista dirías que está bien. Yo diría que no.
Paula cerró los ojos un instante. No necesitaba más. Con Jac, la diferencia entre mantenerse en pie y estar de verdad entero casi nunca era visible.
A la mañana siguiente no hubo aviso previo ni margen para anticipar nada.
Lo llamaron, se abrieron cerraduras, hubo firmas que él no vio y, de pronto, el recorrido se invirtió.
Cuando cruzó la última puerta, la luz le resultó extraña: abierta, sin borde.
Necesitó un segundo más para reconocerla como parte de su mundo.
Se detuvo lo justo para registrarlo, y entonces los vio.
Aurora llegó primero. No caminó; acortó la distancia sin pensar en nada más que en tocarlo. Lo abrazó con una fuerza que no midió. Jac tardó una fracción de segundo en responder. El cuerpo necesitó ese margen. Después sí, la rodeó sin decir nada.
Su padre llegó detrás, más despacio. Se quedó frente a él un instante, mirándolo hasta convencerse de que aquello no iba a cambiar otra vez. Negó muy despacio, sin decir nada. Jac fue quien dio el paso. El abrazo fue firme y breve.
Aurora se separó lo justo para mirarlo.
—Esto también va a pasar. Vas a estar bien.
—No os preocupéis. Ya estoy bien.
Aurora negó con suavidad.
—No. No lo estás. Pero lo vas a estar.
Jac no discutió.
No volvieron a su casa. El coche giró en otra dirección sin necesidad de hablarlo y Jac no lo cuestionó. Se quedó con ellos.
Los días pasaron envueltos en una rutina borrosa. Comía, dormía y respondía cuando le hablaban. Estaba, sin más.
Hasta que al tercer día lo dijo.
—Quiero volver a casa.
Aurora y su padre levantaron la vista a la vez.
—No.
—Ni hablar.
Jac no se movió.
—No es una pregunta. Tengo treinta y seis años, no os estoy pidiendo permiso.
Su padre dio un paso.
—¿Para qué vas a ir?
—Porque es mi casa y necesito volver.
Aurora negó con más firmeza.
—No necesitas hacerlo ahora.
—Sí lo necesito.
No hubo mucho más que discutir. Los tres entendieron enseguida que aquello no era una negociación. La decisión ya estaba tomada.
Esa noche, su padre se quedó de pie en el salón sin saber qué hacer. Aurora lo miró.
—Llama.
No hizo falta decir a quién.
Cuando Paula respondió, fue directo.
—Hasta ahora parecía que estaba bien y de pronto quiere volver a su casa. No creemos que sea buena idea. Está muy convencido. ¿Puedes hablar con él?
Jac vio su nombre en la pantalla y respondió sin dudar.
—¿Paula?
—Hola, Jac. ¿Cómo estás?
—Bien, adaptándome.
—Tu padre me ha llamado.
—Venga ya...
—Es normal.
—No lo es. Soy adulto, puedo tomar mis propias decisiones.
—No estoy decidiendo por ti —dijo ella—. Solo te digo que es pronto.
—Aquí no hago nada. Esa es la verdad. Si quiero recuperar mi vida, tengo que volver. Sigue habiendo seis horas que no existen en mi cabeza.
—Jac...
—Lara no puede explicarlo. Eso solo lo puedo hacer yo, y desde aquí es imposible. Si hay respuestas, están ahí, no van a venir a buscarme.
Paula no intentó frenar la decisión.
—No lo hagas solo. Si notas que algo empieza a despertarse o que aparece un recuerdo, llámame.
Él cerró los ojos un instante.
—Vale.
—Confío en ti.
Jac no contestó. Colgó, se quedó un segundo con el teléfono en la mano y después se levantó con esa determinación firme de quien ya lo ha decidido todo.
Estaba hecho: iba a volver.