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La comisaría no estaba demasiado llena a esa hora, aunque el movimiento era constante: gente entrando y saliendo, llamadas que no terminaban de colgarse nunca, teclados, pasos, puertas que se abrían y se cerraban sin llegar a detenerse del todo.

Ella cruzó ese espacio sin dudar, sin mirar más de lo necesario, hasta plantarse frente al mostrador.

—Quiero hablar con el inspector que lleva el caso de Jacob Masferrer.

No fue una petición, sino una exigencia que obligó al agente al otro lado a levantar la vista con una inercia distinta a la habitual.

—¿En relación con qué?

—Con la investigación.

El agente la miró un instante, calibrando.

—Necesito que se identifique y que me diga qué información quiere aportar.

Ella no se movió.

—Prefiero hablar con él, sin intermediarios.

—No funciona así —respondió el agente, sin dureza, pero sin ceder—. Primero necesitamos saber quién es usted y qué quiere.

—Tengo información relevante —aseguró—, y no la voy a dar aquí.

—Si no nos da más detalles, no puedo derivarla.

—Es sobre Lara Lorente.

Ese nombre sí alteró algo, lo justo para desplazar el eje de la conversación.

—¿Qué tipo de información?

—La que cambia todo el caso.

El agente dudó un instante antes de levantarse, intercambiar unas palabras en voz baja con otro compañero y desaparecer por el pasillo interior. Cuando volvió, lo hizo acompañado.

—Venga conmigo.

La condujo por un pasillo que desembocaba en una zona restringida, hasta una sala más pequeña donde el ruido exterior quedaba amortiguado.

—Siéntese.

Ella lo hizo sin preguntar. El agente salió y la dejó sola un momento.

Cruz entró sin prisa, con la carpeta en la mano, cerró la puerta a su espalda, la dejó sobre la mesa sin abrirla y tomó asiento frente a ella.

—Inspector Cruz. Llevo el caso de Jacob Masferrer. ¿Y usted es?

—Tengo información relevante sobre el caso.

—Ya. ¿Y usted es?

—Se han equivocado en todo.

—¿Puede concretar un poco?

—Jacob Masferrer no ha matado a nadie.

—¿Y eso usted lo sabe por...?

—Porque Lara Lorente está viva.

Cruz le dedicó una mirada firme y seca.

—¿Tiene pruebas de eso?

—Sí.

—De acuerdo. Pues dígame cuáles.

—Yo soy Lara Lorente.

La reacción fue automática: otra más, un caso mediático, una revelación fantasiosa, alguien buscando un lugar en la historia.

—Ya —arrastró las palabras—. Claro.

—Soy yo.

Cruz no apartó la mirada. La observó con más detalle, sin prisa, recorriendo la cara, el gesto y la postura.

No encajaba con la imagen que tenía de Lara Lorente, al menos no de forma inmediata, aunque había algo que no estaba en lo evidente, sino en otra capa más difícil de fijar, una forma de aguantar la mirada, una tensión contenida que no correspondía del todo con alguien que estuviera mintiendo.

—¿Tiene algún tipo de identificación?

Ella sacó la documentación y la dejó sobre la mesa.

Cruz la revisó sin prisa. Nombre, documento, datos. Todo en orden, demasiado en orden. Solo desentonaba la foto, la mujer que tenía enfrente a simple vista no parecía la misma persona.

No dijo nada. Se levantó y salió de la sala.

Habló con el agente en voz baja. Verificar, solo eso.

Cuando volvió, ya no se sentó igual.

—Vamos a hacer una comprobación.

El proceso fue rápido: huella, cruce de datos, sistema. Cruz no miraba la pantalla de forma constante, esperaba.

Cuando llegó la confirmación, no reaccionó de inmediato. Volvió a mirarla.

—De acuerdo. Empiece desde el principio.

—Yo sabía que él quería irse desde hacía mucho tiempo, desde antes de estar embarazada.

Cada vez estaba más raro, más encerrado en sí mismo, necesitaba más espacio.

Llegaba del trabajo y se metía en el despacho durante horas.

Estaba, pero no estaba. Y yo sabía que se iba a ir en algún momento, y no podía dejar que lo hiciera, así que decidí que había que crear algo que no pudiera romperse: un hijo.

Si teníamos un hijo, habría algo que nos uniría para siempre.

Cruz escuchaba sin intervenir.

—Me quedé embarazada. Al principio él no estaba contento, hasta que en la semana diecinueve hicimos la ecografía morfológica y cambió de golpe; pasó a ser lo único importante para él.

En la semana veinte todo se complicó y el embarazo no siguió adelante.

Él no lo aceptó, seguía hablando como si el bebé fuera a nacer.

No había reproche, solo constatación.

—Al principio no le di importancia porque se quedó, después entendí que no era suficiente. En algún momento iba a darse cuenta y se iría.

—¿Y qué hizo entonces? —preguntó Cruz.

—Escuché una conversación de mi marido con su padre.

No era una idea, era un plan para marcharse sin mí.

Y entonces entendí que, si se iba, yo no podía seguir, porque hay muchas formas de matar a alguien: una es física, la única que ustedes ven, pero hay otra: la emocional.

Cuando alguien te rompe así, te mata. Y nadie paga por eso.

La víctima está muerta, pero sigue sufriendo.

Y el asesino queda libre, sigue con su vida, después de haber cometido un acto terrible.

Se apartó el pelo de la cara y respiró hondo.

—Así que decidí corregir ese fallo del sistema. Tenía que castigarlo yo. No había otra opción.

Cruz levantó la mano, interrumpiéndola sin brusquedad.

—Un momento.

La pausa fue corta, lo imprescindible para marcar el cambio.

—A partir de aquí necesitamos hacerlo bien.

Lo que está diciendo puede tener consecuencias legales para usted.

Tiene derecho a no declarar, a no contestar a alguna o ninguna de las preguntas y a hacerlo asistida por un abogado.

Si no dispone de uno, se le asignará de oficio. La declaración va a ser grabada.

—No tengo abogado.

—De acuerdo. Pediré uno. Hasta que esté presente, no podemos continuar.

Asintió sin resistencia.

Cruz activó el interfono y solicitó la presencia de un letrado. La sala quedó en silencio, suspendida en la espera hasta que la puerta volvió a abrirse y el abogado entró, se presentó y pidió unos minutos para hablar con ella a solas.

Cruz salió de la sala y cerró la puerta tras de sí. Cuando el letrado le indicó que habían acabado, volvió a entrar.

—De acuerdo. Vamos a continuar.

Cruz estiró la mano hacia el dispositivo.

—La conversación va a ser grabada.

El abogado asintió antes que ella.

—De acuerdo. Puede declarar.

Ella también asintió.

—Cuando quiera.

Ella retomó en el punto exacto donde lo había dejado.

—Así que tracé un plan. Pensé cómo hacerlo y preparé la escena para que pareciera un crimen físico.

Lo único complicado fue el golpe en la cabeza.

Él estaba inconsciente. Empecé unos días antes a decirle que bebiera agua con limón porque leí que la sustancia que iba a utilizar en dosis elevadas podía tener sabor y el limón lo camuflaba.

Necesitaba que el día que le pusiera las pastillas no le resultara extraño que le diera agua con limón, y para eso la rutina tenía que empezar antes.

Ese día sí que llevaba el medicamento para dormir.

Se la bebió. Jac solía hacer esas cosas, ceder si le insistía mucho para no discutir.

—Zolpidem —pronunció Cruz en voz alta, recordando la comprobación que le pidió Paula meses atrás.

El abogado tomó nota sin interrumpir.

—No me acuerdo del nombre, supongo que sí.

Eso fue fácil. Lo difícil fue el golpe. Tuve que hacerlo varias veces.

La última vez le di muy fuerte. No conseguía que sangrara y me enfadé porque todo me había salido perfecto, pero sin su sangre no me servía, así que la rabia hizo que me pasara un poco.

No era lo que quería. No quería matarlo. Solo necesitaba la herida.

El silencio pesó un poco más.

—Y cuando terminé, me fui. Dejé el coche, dejé todo preparado, dejé que ustedes hicieran el resto, que unieran todas las piezas. Y funcionó.

Nadie dijo nada.

—Él ha aprendido —añadió—. Eso era lo importante. Lo he visto en el juicio. Vi cómo estaba y cómo respondía. Ya lo ha entendido. Y esa mujer no tiene derecho a hablarle así. No sabe quién es y esto no es asunto suyo.

Cruz intercambió una mirada con el abogado.

—Así que se acabó. Él ya ha cumplido. El castigo se ha acabado. Y ahora hay que arreglar esto. Porque yo no estoy muerta. Nunca lo he estado.

Cruz le sostuvo la mirada un instante más.

—De acuerdo. Vamos a parar aquí.

El abogado no se opuso.

Ella no reaccionó como alguien a quien interrumpen. Se quedó quieta, observándolo, con la calma de quien ya ha dicho todo lo que tenía que decir.

Cruz se levantó.

—Voy a salir un momento.

Salió de la sala y cerró la puerta.

—Que nadie entre. Y que no salga. Avisa a coordinación. Necesito médico de guardia. Psiquiatría.

Se quedó un instante en el pasillo, fijando la secuencia siguiente.

Marcó sin alejarse de la puerta.

—Cruz. Pásame con la oficina judicial de la sección que está viendo Masferrer. Es urgente.

Esperó, atento.

—Inspector Cruz. Policía. Tenemos a Lara Lorente aquí, en comisaría. Identificación comprobada, huellas y sistema. Necesito dejar constancia inmediata y recibir instrucciones. Voy a remitir ahora mismo diligencias y la grabación.

Escuchó.

—De acuerdo. Las envío por el canal habitual y quedo a la espera.

Colgó y marcó otro número.

—Cruz. Coordinación. Prepara envío urgente al juzgado que lleva Masferrer: identificación, verificación de huellas, acta de derechos y copia de la grabación. Y deja constancia en atestado de que la persona se identifica como Lara Lorente. Prioridad alta.

Volvió a entrar.

—De momento no vamos a continuar con la declaración. Vamos a hacer una valoración médica previa.

El abogado asintió.

Ella no protestó ni preguntó. Lo miró en silencio.

—Vamos a trasladarla.

Ella no opuso resistencia.

En el pasillo, el movimiento había cambiado: menos ruido, más decisión. Un agente abrió paso, otro se colocó detrás. Nadie la trató como peligrosa ni como lo contrario.

—Va a venir un psiquiatra. Necesitamos una valoración.

—Estoy bien.

El médico llegó en poco tiempo y la evaluación se hizo allí mismo, en una sala adaptada. Cruz se quedó fuera.

Cuando el psiquiatra salió, fue directo.

—Está estructurada. No hay desorganización.

—Necesito informe forense completo.

—Sí.

No hubo más. Cruz se volvió hacia el agente.

—Se queda aquí, con custodia.

No elevó el tono ni la miró al decirlo, porque lo que había dentro ya no era solo una confesión.

Era alguien que no estaba viendo lo mismo que todos los demás.