55
El segundo día empezó distinto desde antes de entrar.
Cuando bajó del furgón, el ambiente era el mismo: voces, gritos y esa presión que ya había aprendido a mantener a raya.
Pero su atención no estaba ahí, sino en una búsqueda que se negaba a reconocer como tal y que se le escapaba en pequeños desvíos de la mirada, en barridos rápidos y en detalles mínimos que rompían la línea firme del día anterior. Buscaba sin admitirlo y no la vio.
Dentro, su abogado lo esperaba con los papeles en la mano. Antes de hablar lo miró un segundo más de lo habitual, calibrando.
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Nada.
—No —bajó la voz—. El jueves entraste sólido. Hoy estás disperso. ¿Qué haces mirando a la gente todo el rato?
—Estoy centrado.
El abogado lo midió un instante.
—Pues no lo parece. Y hoy no te lo puedes permitir. Olvídate de fuera. Ellos no te van a juzgar.
Jac desvió la mirada hacia la sala vacía, colocando la frase en su sitio antes de responder.
—Ellos ya lo han hecho.
El abogado no entró ahí.
—Y no importa. Los que importan están aquí dentro. Necesito que tú también lo estés.
—Estoy aquí.
Cuando lo llamaron a declarar, cruzó la sala con la misma firmeza externa del día anterior, se sentó y esperó mientras la fiscal empezaba sin elevar la voz, colocando los hechos con precisión: la relación, la dependencia, el error reconocido, el miedo, la noche, el cuchillo y la decisión.
Él respondió fiel a sí mismo, claro en lo que recordaba, preciso en lo que podía asegurar, y cuando no, lo dijo: «No lo sé, no lo recuerdo».
La fiscal terminó con una pregunta directa.
—Señor Masferrer, ¿mató usted a su esposa?
Y en ese instante algo se rompió. No fuera, sino dentro.
Antes incluso de que la pregunta terminara de asentarse, una figura se movió en la periferia de su visión: una mujer que se levantaba entre el público y avanzaba hacia la salida.
Vestido oscuro, pelo oscuro. No encajaba, no podía ser, y sin embargo su cerebro dijo: «Es ella».
La mirada se le fue hacia la puerta.
—Señor Masferrer —repitió la fiscal—. Responda a la pregunta.
Giró la cabeza despacio, con la mirada todavía lejos.
—Perdón... ¿Qué me ha preguntado?
—¿Mató usted a su esposa?
Ahora enfocaba, sin acabar de estar allí.
—No lo sé.
Las palabras quedaron suspendidas.
—No lo recuerdo. No recuerdo haberlo hecho..., pero tampoco recuerdo no haberlo hecho.
Un murmullo empezó a crecer.
—Silencio en la sala —ordenó el juez.
Su abogado no se movió.
La fiscal asintió complacida.
—No hay más preguntas.
En el furgón, la quietud contrastaba con el ruido interior.
No volvió a buscarla, porque ya formaba parte de él.
Había algo más inmediato, más claro, martilleando en su mente: «Has dudado en el único momento en el que no podías hacerlo».
Apretó la mandíbula, notando cómo el cuerpo asumía lo que la cabeza ya había aceptado.
Jordi no habló hasta que pudieron hacerlo.
—¿Qué ha sido eso? ¿Me lo puedes explicar?
Jac no respondió.
—Dos cosas —continuó—. Solo te pedí dos cosas: suaviza y no digas que no sabes si lo hiciste.
Silencio.
—Y en tu primera declaración, te quedas en blanco, pides que te repitan la pregunta y luego dices justo eso. ¿Me vas a dar más sorpresas?
—Espero no hacerlo, aunque no lo puedo asegurar.
—Genial.
Paula llamó desde el coche al centro. Expuso lo justo: el patrón no encajaba con él, había habido una desconexión, y pidió que lo valoraran en ese marco. Colgó y se quedó un segundo en silencio, porque no era solo lo que había visto, sino todo lo que no podía entender.
El psiquiatra de la prisión no encontró nada alarmante. Jac respondió claro, coherente y sin desorganización. A lo sumo, estrés alto esperable.
Cuando se quedó solo, volvió todo. Y la pregunta cambió: si estaba viendo a Lara donde sabía que no estaba, ¿qué más era capaz de distorsionar su mente?
No quiso pensarlo.
Emma.
Se le cortó la respiración.
—No.
Consiguió coger aire de nuevo, clavó la mirada en lo que tenía delante. Estoy aquí. Esto es real.
Pero la duda seguía. Se incorporó y buscó la foto.
Emma.
La imagen estaba ahí, concreta, fija, y se aferró a ella con necesidad, no de consuelo, sino de confirmación.
—Es real —murmuró.
Respiró otra vez, más lento.
—Céntrate.
Al día siguiente no hubo sesión. La rutina carcelaria se impuso y Jac se movió con una precisión que tenía algo de mecánico. Nadie le dijo nada, bastaba con las miradas, ese segundo de más antes de apartarse.
En el patio caminó como siempre. Dani dijo algo trivial y Jac respondió en el mismo tono, breve y funcional. No hubo más.
Desde fuera, todo era normal. El psiquiatra lo observó a distancia y constató que seguía el patrón habitual sin alteraciones.
No se apreciaba ningún cambio. Por dentro, el miedo seguía creciendo.