Recuérdame 54
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El furgón se detuvo sin brusquedad. Notó el cambio de inercia en el cuerpo, en ese punto bajo del estómago donde se concentra la tensión.

Cuando la puerta trasera se abrió, la luz entró de golpe.

Después de catorce meses en Vallclosa y cuatro en Puig de les Basses, el exterior le resultaba extraño.

Había salido para los traslados y las reconstrucciones, pero aquello era distinto: el movimiento, la vida sucediendo a su alrededor.

Las voces llegaron enseguida, con gritos superpuestos. Aun así, algunas palabras se impusieron sobre el resto: asesino, hijo de puta, dónde está, qué has hecho con ella, déjalos enterrarla.

Jac bajó con las manos esposadas, sintiendo el metal frío contra las muñecas. Los agentes a ambos lados marcaban el ritmo. Mantuvo la mirada al frente, tal y como había decidido: sin desafiar, aunque sin agachar la cabeza.

Notaba la tensión en la mandíbula, en el modo en que el cuello se le endurecía para no girarse.

Aun así, hubo un instante, uno solo, en el que algo se desajustó.

No fue una palabra; fue una imagen fugaz que lo obligó a desviar la atención, un movimiento entre la multitud que en otro contexto habría pasado desapercibido.

Y entonces la vio. O creyó verla.

No de frente, no de forma clara. De refilón, entre cuerpos.

Una mujer que se desplazaba de lado, llevaba un vestido oscuro, el pelo castaño, rizado y a la altura de los hombros.

Se giró en el mismo instante en que él la buscaba, justo a tiempo para evitar el cruce, y durante una fracción de segundo, sin base lógica, su cerebro dijo: Lara.

Se detuvo un momento, suficiente para que uno de los agentes le presionara el brazo y le indicara que continuara. Obedeció, retomando el paso, pero su mente ya no estaba allí.

Porque no tenía sentido: la imagen no cuadraba con el recuerdo ni con nada objetivo. No era ella.

Cuando cruzó la puerta del juzgado y el ruido quedó atrás, la pregunta ya estaba ahí: ¿Por qué?

Lo sentaron junto a su abogado y le retiraron las esposas. La sala se acomodó con una normalidad que no logró percibir del todo. Su atención estaba en otro lugar.

Se obligó a centrarse.

Anclaje.

Sintió los pies apoyados en el suelo, la presión contra la suela, la dureza del banco bajo los muslos, la madera en la espalda. Nombró mentalmente lo que tenía delante: sala, juzgado de Girona, estrado, ventana, jurado. Orden. Referencias.

«¿Te estás yendo?».

La pregunta apareció sin dramatismo.

No respondió. Comprobó.

Cada vez que entraba alguien en la sala, levantaba la vista, más atento si era una mujer, buscando sin reconocer que lo estaba haciendo. Ninguna cara coincidía, ninguna presencia le devolvía aquella impresión. Y, aun así, la sensación no se disolvía.

Sabía que no podía ser. Sin embargo, algo no le permitía descartarlo.

En algún momento se dio cuenta de que estaba girándose más de lo necesario y redujo el movimiento de inmediato. Se obligó a mirar al frente. Sabía que estaban pendientes de él, leyendo cualquier gesto; debía mantenerse neutro.

Las voces continuaban. El procedimiento avanzaba.

Pero la grieta ya estaba abierta.

Cuando terminó la sesión y lo volvieron a esposar, el mecanismo externo se repitió: pasillos, puertas, voces más dispersas y el trayecto al furgón. Esta vez no buscó a nadie ni giró la cabeza.

No hacía falta. La llevaba dentro.

El regreso fue silencioso. Al entrar en la celda se movió despacio, se quitó los zapatos y se tumbó, girándose hacia la pared, reduciendo el campo visual y limitando los estímulos.

Y en ese momento volvió.

Un fogonazo compacto, sin detalles nítidos. En ese primer impacto no había duda.

Era ella.

Y entonces venía lo razonable. Reconstruyó la imagen por partes, deteniéndose en lo concreto: el pelo, el tono de piel, la ropa y la presencia. Encajando cada elemento con precisión. No coincidía.

Sin embargo, en cuanto dejaba de analizar, todo volvía al punto de origen y regresaba la certeza sin argumentos.

Abrió los ojos, clavando la mirada en la pared. Podía reproducirlo: si pensaba, no era; si dejaba de pensar, sí.

No había término medio. Se incorporó y volvió a intentarlo de forma consciente. Otra vez: si analizaba, desaparecía; si dejaba de hacerlo, volvía.

El problema no era el error, era la insistencia. Un fallo perceptivo podía explicarse. Aquello no.

«No puede ser, aunque...».

No terminó la frase. Se negó a formular lo que venía después.