Recuérdame 52
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Jac no esperaba esa visita. Cuando le dijeron que tenía comunicación, pensó en su padre y en Aurora. No había motivo para creer otra cosa. La incluyó en la lista porque se lo había prometido y él cumplía sus promesas; eso no significaba que la esperara. Ir hasta allí no era fácil.

Por eso, cuando entró y la vio sentada al otro lado del cristal, volvió a tener la misma sensación que la primera vez que se encontraron en el pabellón antiguo: estaba completamente fuera de lugar.

Se sentó frente a ella y cogió el teléfono.

—Hola. Has venido.

Paula mantuvo una media sonrisa nerviosa.

—Claro. Te dije que lo haría. ¿Cómo estás?

—Bien. Esto no está tan mal, de verdad.

—¿Seguro? Debe de ser complicado.

—No lo es. Es monótono y aburrido. Nada más. No es lo que te imaginas. Te lo resumo con una imagen: Vallclosa no es Shutter Island, ¿cierto?

—No, no lo es.

—Pues esto tampoco es Prison Break.

Esta vez ella sonrió, con algo más de naturalidad.

—Vale. Está clarísimo. Y además no llevas uniforme.

—No.

—Eso sí, te veo con colores... vivos. Nunca te hubiera imaginado con una sudadera roja.

Jac bajó un segundo la mirada hacia la prenda.

—Ya, me queda fatal, pero Aurora dice que aquí hay demasiado gris.

—Te sienta bien y además ella tiene razón. ¿Y comes?

—Sí. Mucho mejor que en Vallclosa. Puedo comer alimentos que no vengan precintados. Eso mejora bastante la dieta.

—Me alegro, es un avance.

—Para que veas. Sigo echando de menos el jamón ibérico, la verdad.

—Pues te he traído.

—¿Sí?

—Y no cualquiera. Jamón ibérico de Salamanca. Es el mejor del mundo.

—Te lo diré cuando lo pruebe.

—Aún puedo arrepentirme y llevármelo, Masferrer. No juegues si no puedes ganar.

—¿Qué he dicho? Me lo comeré y así podré certificar que es el mejor que existe.

—Ya. Bueno, si pasa el control.

—¿Por qué no iba a pasarlo? ¿Me has metido una lima dentro?

—No.

—Mejor. Porque con mis habilidades para el bricolaje dudo mucho que pudiera escaparme de aquí con una cucharilla de café y una lima metálica.

Jac la miró, y algo en la expresión cambió.

—Me encontré con Jordi y me dijo que el juicio será en cuatro meses.

—Sí, pero no me apetece hablar de eso. Paula, necesito pedirte algo, ¿puedo?

—Claro, Jac. Hazlo.

—¿Podrías entrar en mi cuenta de Google?

Tengo dos fotos de Emma. Cuando nació se las mandé a mi padre.

Él me las reenvió. Es lo único que me queda de ella.

Aquí todo el mundo tiene fotos de su familia y yo quiero tener las de mi hija.

No se lo he pedido a él porque cuando hablo de la niña me mira de una forma que parece quebrarlo por dentro, y no quiero. Si puedes...

—Puedo. Dame la contraseña.

—090526.

—¿Es una fecha? Es lo menos seguro que hay.

—No consta en ninguna parte. Dime quién va a adivinar la fecha de nacimiento de una niña que no existe.

La voz del funcionario llegó sin margen.

—Masferrer, se acabó el tiempo.

Ella no apartó la mirada aún. Levantó la mano y la apoyó contra el cristal.

Jac tardó una fracción de segundo en reaccionar, se acercó y entonces lo vio.

En la palma de su mano, con su misma caligrafía, tal y como él lo escribió la última noche en el pabellón antiguo, llevaba tatuado:

Memento te vivere.

Jac frunció el ceño.

—¿Qué has hecho?

—No quería perderla.

Jac apoyó su mano contra el cristal, frente a la de Paula. En su palma, la tinta más antigua:

Memento mori.

Las dos quedaron enfrentadas, separadas por el panel de vidrio.

—Masferrer.

Esta vez no era un aviso; era una orden.

Jac retiró la mano, se giró y salió.

Paula no miró atrás. Atravesó el pasillo con la misma opresión en el pecho que sintió al entrar. Cuando cruzó la última puerta el aire cambió.

Llegó al coche, abrió, se sentó y cerró con un golpe más seco de lo necesario.

Y entonces sí. Las lágrimas cayeron sin aviso, con las manos sobre el volante y la mirada fija al frente.

Respiró hondo una vez. No bastó. Otra. El cuerpo se tensó y golpeó el volante.

—No es justo. No es justo. No es justo, joder.

Cerró los ojos un segundo, inspiró y expiró despacio. Cuando volvió a abrirlos, el temblor había bajado lo suficiente. No había desaparecido, pero ya no la controlaba.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se quedó un instante en silencio.

Sacó el móvil, buscó la cuenta e introdujo la contraseña.

Tardó unos segundos en encontrarlas. Las imágenes no tenían nada de especial para cualquiera que las mirara desde fuera. Un bebé recién nacido, podía ser cualquiera. No lo era. No para Jac.

Las descargó, cerró la aplicación y arrancó de nuevo.

Cuando llegó a Vallclosa fue directa a una tienda de fotografía, esperó a que las imprimieran, pidió dos copias y, cuando se las entregaron, las sostuvo un instante entre los dedos.

Antes de irse, compró una tira de adhesivos y un sobre.

Se sentó en el coche, escribió el nombre completo con letra clara y metió dentro las imágenes y la tira de adhesivos.

Dudó un segundo.

Luego añadió una nota breve:

«Aquí tienes las fotos que me pediste, para que las tengas contigo».

La dobló, la metió, cerró el sobre y lo dejó en el buzón esa misma tarde, incapaz de esperar unas horas sin sentir que, de alguna forma, lo traicionaba.