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Los días empezaron a repetirse con una regularidad casi exacta. Jac se adaptó rápido. Observaba más de lo que hablaba y, con el tiempo, comenzó a distinguir pequeñas diferencias dentro de una estructura que al principio parecía uniforme.

El cambio llegó sin anuncio previo.

—Te trasladamos al módulo de preventivos.

Asintió. Recogió sus cosas y siguió al funcionario por un recorrido distinto, más largo, con más cruces y más accesos, mientras el ruido metálico se repetía con tanta constancia que a ratos lo dejaba de escuchar.

Cuando la puerta de la nueva celda se abrió, el espacio no era muy diferente al anterior: misma estructura, misma funcionalidad. Pero no estaba vacío.

Había alguien dentro.

Un hombre de unos treinta y tantos, sentado en la cama inferior, alzó la vista en cuanto Jac entró. No hubo tensión ni interés explícito, solo una evaluación rápida.

Jac se detuvo un segundo en la entrada.

—Esa es la tuya —dijo el hombre, señalando la litera de arriba—. Yo duermo abajo.

Jac asintió.

—Puedes dejar las cosas ahí.

Jac dejó la bolsa donde le había señalado, sin buscar interacción innecesaria. El otro lo observaba sin disimulo.

—Soy Dani. De Blanes.

Jac levantó la vista.

—Jac. De Vallclosa.

El otro sostuvo la mirada un segundo más y asintió.

—Sí. Tú eres el de la tele.

—Sí.

No hubo más. El silencio que siguió no fue incómodo, fue práctico.

A partir de ahí, los días volvieron a seguir la misma secuencia. La diferencia era otra: ya no estaba solo.

La convivencia se organizó de forma natural. Dani hablaba poco. Jac hacía lo mismo. Funcionaba y eso era suficiente.

El tiempo seguía pasando sin más, hasta que llegaba el día de visitas. No cambiaba la estructura ni los horarios, pero alteraba el orden habitual.

En su caso, sucedió sin previo aviso.

—Masferrer, te esperan en locutorios.

Jac asintió.

Tardaron en hacerlo pasar. Se sentó sin moverse, con la mirada fija en un punto indeterminado, escuchando el murmullo filtrado de otras conversaciones, el sonido intermitente de los teléfonos y el roce de las sillas.

Cuando lo llamaron, se levantó.

Y entonces los vio.

Su padre y Aurora ya estaban sentados al otro lado.

No hubo gesto inmediato ni sonrisa ni saludo, solo un reconocimiento que pasó de una mirada a otra. Ninguno sabía cómo actuar.

Jac se sentó y tomó el teléfono.

Aurora fue la primera en hablar.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Duermes?

—Lo suficiente.

Aurora asintió.

—Te he traído cosas. Comida y ropa. Sudaderas de colores alegres.

Jac bajó la mirada un instante.

—Soy más de gris y negro.

—Ya lo sé. Me lo ha dicho tu padre. Jac, aquí ya hay demasiado gris. Hay que poner un poco de alegría.

Él no respondió.

Entonces miró a su padre.

—¿Y tú cómo estás?

Bartomeu tardó en contestar.

—Bien... Todo bien.

Jac no insistió.

El resto de la conversación se movió en ese mismo plano: frases habituales, sin entrar en nada importante.

Cuando el tiempo terminó, no hubo aviso brusco. Solo una indicación y una despedida corta.

Colgó el teléfono, se levantó y salió sin detenerse.

Aurora y Bartomeu no hablaron al salir. Ella caminó hasta el coche sin mirar atrás y él le dio las llaves antes de que se las pidiera.

—Conduce tú.

Arrancó. Durante unos metros no dijo nada. Luego él dejó de reprimirse: bajó la cabeza, primero fue un temblor ligero y después se convirtió en un llanto bajo, contenido.

Aurora condujo en silencio unos segundos antes de hablar.

—Bartu, él está bien. Sabe cuidarse, es un chico fuerte.

El llanto no se detuvo de inmediato. Continuó unos minutos más, hasta que Bartomeu se pasó la mano por la cara, apartándose las lágrimas con brusquedad.

—Es duro... Siempre ha tenido que serlo —dijo con la voz rota—. No está bien. Nadie está bien ahí. Y menos con lo que lleva a cuestas. Todo esto es una mierda, Aurora... Joder...

No volvió a hablar en todo el trayecto hasta su casa.