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Jac no miró atrás cuando bajó del coche. Su atención estaba en el edificio que tenía delante.
El Centre Penitenciari Puig de les Basses no imponía por tamaño. Había algo en su presencia, en las líneas limpias y en la disposición de los accesos que permitía una única lectura: era un lugar funcional.
Los mossos d'esquadra intercambiaron unas palabras con los funcionarios de prisiones en la entrada, un trámite rápido.
Jac avanzó con los funcionarios sin necesidad de que le indicaran el ritmo. El interior mantenía la misma lógica que había percibido fuera: todo parecía diseñado para cumplir una función concreta.
Le pidieron los datos, confirmaron su identidad, le tomaron las huellas y la fotografía. Le retiraron lo que llevaba encima, lo clasificaron y le devolvieron lo permitido en una bolsa idéntica a todas las demás.
El reconocimiento médico fue rápido. El profesional revisó el informe con más atención al llegar a la parte de su historial psiquiátrico, levantó la vista lo justo para comprobar la correspondencia entre el papel y la persona que tenía delante y le preguntó si seguía en tratamiento.
Jac lo confirmó y no hubo más preguntas.
Después vino la entrevista inicial, más orientada a observar que a obtener respuestas. Jac contestó sin resistirse, pero sin ofrecer nada que no fuera estrictamente necesario.
—De momento vas a estar en el módulo de ingresos.
Asintió. Era lo que esperaba.
El recorrido hasta la celda le pareció largo, aunque no fue por la distancia, sino por la repetición. Puertas que se abrían y se cerraban, pasillos que apenas se distinguían entre sí. El sonido empezó a destacar como una constante: el golpe metálico de los accesos marcaba cada tramo del recorrido.
Cuando llegaron, el funcionario abrió y se hizo a un lado.
—Aquí es.
Jac entró y, cuando la puerta se cerró detrás de él, el sonido adquirió una dimensión distinta: ya no era parte del recorrido, era el límite.
Se quedó de pie unos segundos, sin moverse, observando el espacio. Una cama, una mesa, un lavabo, un inodoro y luz blanca. Funcionalidad absoluta.
Se sentó en la cama, apoyó los antebrazos sobre las piernas y dejó que el entorno terminara de asentarse dentro de él. Escuchó pasos en el pasillo, voces amortiguadas, otra puerta, metal contra metal... Repetición.
Más tarde, se tumbó mirando el techo con una calma distinta a la de la mañana. En Vallclosa había cerrado una etapa; Puig de les Basses empezaba otra. No sabía cuánto tiempo iba a estar, lo que sí sabía era que iba a observar y a aprender.
El sueño no llegó enseguida, tampoco lo forzó. Permaneció con los ojos abiertos, registrando cada sonido y cada variación mínima en el ritmo del pasillo, hasta que dejó de intentar dormir y se limitó a estar allí.
Al día siguiente, Jac abrió los ojos con la misma sensación con la que los había cerrado: no había dormido, solo había dejado de estar despierto del todo durante algunas horas.
La luz era la misma, el espacio también, y el cuerpo había descansado lo justo para ponerse en marcha, sin abandonar esa tensión constante que lo acompañaba desde que subió al coche que lo llevó hasta allí.
Se incorporó despacio y se quedó sentado en la cama, escuchando.
No había silencio, ya había descubierto que allí siempre quedaba un sonido de fondo que no molestaba, pero tampoco permitía olvidar dónde estaba.
Cuando le indicaron que podía salir al patio, asintió y siguió al grupo.
No conocía a nadie y nadie lo conocía, al menos no de forma directa, y eso generaba un equilibrio que, por el momento, jugaba a su favor.
El patio era más amplio de lo que había imaginado, aun así, seguía siendo un espacio cerrado. El cielo sobre sus cabezas era lo contrario, y eso fue lo primero que observó. La luz era distinta, más viva, y durante un instante muy breve levantó la vista para fijar la sensación en su memoria.
Se dio cuenta, también, de que no era el único.
Había internos que caminaban en círculos; otros que hablaban en grupos pequeños; algunos apoyados contra la pared; otros sentados; varios estaban quietos, con la cabeza inclinada hacia arriba, sin interactuar, sin buscar conversación. Jac lo entendió.
Caminó lo suficiente para recorrer el perímetro una vez, sin prisa, observando sin que fuera evidente, registrando posiciones, distancias y ritmos.
En un cruce, dos trayectorias se tocaron más de lo necesario. No hubo empujón ni palabras, solo una detención mínima. Ninguno de los dos se apartó de inmediato. Se mantuvieron erguidos, frente a frente, un segundo de más. Después siguieron cada uno por su lado.
Jac también observaba a los funcionarios. Su posición no era aleatoria. No intervenían sin motivo, tampoco estaban ausentes.
Después del primer recorrido, se apartó hacia una zona en sombra menos transitada, desde la que podía abarcar casi todo el espacio, y se sentó.
Se quedó ahí el tiempo que duró el patio y, cuando sonó el aviso para regresar, se levantó y se incorporó al flujo como uno más.
Cuando volvió a la celda, el espacio no le pareció familiar, aunque ya no le resultó ajeno.