Recuérdame ​​ 48
65%

​​ 48

Jac se despertó antes de que lo fueran a buscar. No fue un despertar brusco. Abrió los ojos y se quedó unos segundos mirando el techo. Luego se incorporó despacio y miró las pocas cosas que tenía preparadas. No había mucho que recoger.

Se levantó y se acercó a la ventana. Aún no habían llegado. No sabía cuánto tiempo le quedaba y no preguntó la hora; se limitó a quedarse allí, de pie, observando el exterior con una calma tensa y contenida. Respiraba despacio, con cuidado de no alterar el ritmo.

Cuando llamaron a la puerta, no se sobresaltó.

—¿Jacob Masferrer?

—Sí.

Entraron dos agentes de los Mossos d'Esquadra. El tono fue correcto, contenido, casi neutro. Para ellos era solo un trabajo rutinario más; para Jac era un punto de quiebre en su vida.

—Tenemos que trasladarlo.

Jac asintió sin más.

Salió con ellos al pasillo. La unidad no estaba en silencio, aun así, reinaba una quietud extraña en el ambiente. Mateo estaba apoyado contra la pared, Víctor un poco más atrás, algún otro paciente, alguna enfermera...

Nadie dijo nada.

Jac avanzó con los agentes a ambos lados sin detenerse.

No buscó a nadie, aunque tampoco evitó las miradas.

A Mateo lo miró a los ojos un instante y acompañó ese momento con un leve gesto de reconocimiento, apenas perceptible, suficiente.

Víctor fue el único que se movió, se acercó lo justo para apretarle el brazo suave y firme.

—Cuídate.

—Gracias. Tú también.

No se detuvo ni se desvió. A Oliver ni siquiera lo miró.

Estaba allí, observando, esperando quizá un cruce de miradas.

Unos meses atrás Jac le habría mantenido la mirada hasta hacer que bajara los ojos, ahora ya no hacía falta.

Pasó por delante de él sin concederle ese espacio, como si no existiera.

Siguió avanzando. Con Josep hubo un intercambio rápido, sin una señal clara ni una mirada firme, suficiente para ambos.

Salió al exterior con la misma postura con la que había recorrido el pasillo: la espalda recta y la cabeza alta, esa firmeza que desde fuera podía leerse como frialdad o como arrogancia, pero que en realidad era un mecanismo de defensa aprendido.

No tenía por qué bajar la cabeza. Nunca habían conseguido que lo hiciera.

Fuera, el aire era más frío que el día anterior. El coche estaba preparado, discreto, sin luces, todo estaba organizado para que el traslado pasara lo más desapercibido posible.

Fue entonces cuando la vio.

Paula estaba a unos metros. No había llorado; aun así, la tensión se le notaba en la forma en que mantenía el cuerpo, en la mandíbula fija y en la respiración contenida.

Jac la miró y fue la única persona a la que sonrió. No fue una sonrisa amplia, solo un amago, suficiente para decirle: «Estoy bien, no te preocupes, todo está bajo control».

Paula no se la devolvió. No podía. Pero no apartó la mirada. No hacía falta más.

Jac siguió avanzando. Ella bajó la vista a la palma de su mano, donde aún llevaba escrito: Memento te vivere . La cerró con cuidado, protegiendo las palabras para que no se fueran con él.

—Ahora vamos a ponerle las esposas para el traslado —dijo uno de los agentes, con tono profesional.

Jac asintió y les tendió las muñecas. El movimiento fue preciso y sin tensión.

Lo condujeron hasta el coche y abrieron la puerta trasera. Se detuvo un instante antes de entrar y giró la cabeza.

Allí se quedaban Mateo, Víctor y Paula.

Buscó el pabellón antiguo y se detuvo en cada línea, en cada sombra, en cada grieta. Sabía que no iba a volver, a pesar de que durante todo ese tiempo había sido mucho más que un lugar.

Se metió en el coche. La puerta se cerró y el vehículo arrancó despacio.

Jac no apartó la vista del edificio. Lo siguió mientras el coche avanzaba y la distancia lo iba reduciendo poco a poco a una silueta más dentro del paisaje. No parpadeó. Y cuando, al fin, se perdió en la distancia, lo sintió.

El nudo.

Se quedó atrapado en la garganta. No permitió que subiera más.