Recuérdame 47
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Paula apareció en la puerta de la habitación cuando el pasillo ya había entrado en ese silencio raro de las noches de hospital.

Un silencio incompleto, rasgado por algún carro lejano, una puerta mal cerrada o una voz amortiguada al fondo.

Aun así, parecía una tregua. Jac estaba sentado en la cama, inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados en las piernas y las manos entrelazadas.

Alzó la vista y Paula supo que estaba sorprendido de verla allí a esa hora.

—¿Quieres salir de aquí diez minutos?

Él la observó un instante.

—Sabes que eso va en contra de todas las normas.

—Sí, y también sé que podemos hacerlo. Nunca te han descubierto, sería mucha casualidad que fuera a suceder justo esta noche.

Una sombra mínima cruzó la mirada de Jac.

—Es un riesgo.

—Lo sé.

—Si me pillan ahora quizá tenga más gravedad. Aunque mañana me trasladan a prisión. ¿Qué van a hacerme peor que eso?

Paula no respondió.

—De hecho, pensaba ir de todas formas. No te lo habría dicho, pero sí, me hace falta.

—¿Al pabellón antiguo?

Jac asintió.

—Es mi lugar. O lo más parecido a un sitio mío que he tenido nunca. Es muy probable que no vuelva a pisarlo jamás. Necesito decir adiós.

—¿Quieres ir solo?

—No. Prefiero ir contigo.

—Entonces te acompaño.

Jac la observó un instante y se puso en pie.

—Nos vemos en la entrada.

—¿Seguro?

—Sí. Yo sé salir. Para ti es más sencillo hacerlo por la puerta principal.

—De acuerdo.

Paula recorrió el pasillo con normalidad, saludó a una enfermera y atravesó la puerta exterior sin alterar el ritmo.

El aire de fuera tenía ese frío fino de la noche de montaña, más cortante por el contraste con el calor del edificio.

El recinto aparecía bajo la luz escasa de los focos como una extensión de sombras inmóviles y formas mal definidas.

Cuando llegó al pabellón antiguo, Jac ya estaba allí, apoyado junto al muro, con las manos en los bolsillos y la cabeza un poco inclinada hacia la fachada; parecía estar recorriéndola piedra por piedra. Al acercarse, él bajó la vista.

—Has tardado menos que yo.

—Eso te pasa por hacer las cosas con estilo, señorita de ciudad.

—No es estilo. Es lo normal. —Lo miró un instante—. Pero claro, tú eres un chaval de pueblo.

Paula se detuvo a su lado. La entrada ennegrecida, las grietas, los desconchones y las ventanas cerradas reflejaban la noche sin revelar nada.

—¿Entramos?

Dentro, el olor a humedad, polvo acumulado y piedra fría lo llenaba todo. A esas horas, el edificio parecía aún más anclado en otro tiempo, más irreal. Paula volvió a tener la impresión de entrar en un lugar saturado de vidas pasadas. Jac, en cambio, avanzaba con la tranquilidad de lo familiar.

También había otra memoria en aquel recinto, más reciente, difícil de nombrar.

Paula la sintió en cuanto cruzaron el umbral.

El cuerpo la reconoció antes de que pudiera apartarla.

No miró a Jac para comprobar si él también pensaba en lo que habían compartido allí.

No hacía falta. Aquella noche los dos sabían que mencionarlo solo complicaría la despedida.

Se internaron hasta la galería y se detuvieron en silencio.

Paula entendió que él no necesitaba hablar. Había ido a estar allí una última vez.

Jac avanzó unos pasos, rozó con los dedos una columna y alzó la vista hacia un arco medio devorado por la humedad.

—¿Qué pensaste de mí la primera vez que me viste aquí?

Paula giró la cabeza. No respondió de inmediato.

—Pensé que no encajabas. No con el lugar en sí, lo que no cuadraba era la forma en que lo mirabas.

Lo normal al entrar aquí es ver abandono, deterioro, algo que da miedo.

Tú no ves eso, estás tranquilo. Ves algo que los demás no vemos.

Ahora sé que en realidad tú lo entiendes de verdad.

—Cambió el tono de voz para aligerar la carga emotiva—. Y además me pareció que eras muy alto.

—¿Muy alto? Un clásico.

—Me fijé en que tenías una mirada inquietante, intensa, capaz de ir directa al fondo de las cosas.

—Eso también lo llevo escuchando toda la vida.

—Y me llamó la atención que eras muy guapo. Aunque te sientas un impostor cuando lo oyes.

—Eso no es del todo así, depende de muchos factores.

—Ah. Y en que tenías un culo estupendo.

Jac soltó una risa breve.

—Venga ya.

—No, en serio.

—¿Eso lo pensaste aquí dentro?

—No. Eso lo vi cuando salimos, que había mejor luz.

Él negó con la cabeza, divertido.

—Yo esperando una respuesta profunda.

—Reparé en una cosa más: «Lleva alianza. Así que nada que hacer».

—O sea que estabas evaluando posibilidades.

—Claro. Es inevitable cuando alguien te parece atractivo. Todos lo hacemos. ¿Qué pensaste tú?

—Primero, me hizo gracia.

—¿Gracia?

—Verte tan perdida.

—Sabía quién eras. Si hablaba contigo me iban a descubrir, lo valoré y decidí que me compensaba. Luego deduje que ibas a llevar mi caso.

—¿Y qué te pareció?

—Creía que te quedaba grande.

—Gracias, doctor Masferrer.

—Déjame acabar. Sabía que te faltaba experiencia.

Por lo que preguntabas y por cómo lo hacías.

También creí que quizá te querían por eso.

Entonces, en la primera entrevista, me preguntaste si acostumbraba a mentir.

Directa y segura. Y me dije: «Cuidado, quizá te estás equivocando».

Y así fue. Mucho más de lo que pensaba. Creo que eres la única persona que habría podido llegar hasta aquí conmigo.

—Gracias. ¿Y solo eso?

—Sabes que eres guapa. Yo también me di cuenta, aunque estaba bastante más centrado en lo profesional.

—Claro.

—Mi situación era... complicada. Eso sí, si ibas a actuar como dijera Josep, era más agradable verte a ti a diario que verlo a él o a Salvat.

—Qué generoso.

—No tuve fantasías.

—¿Cómo que no?

—No soy un adolescente.

—¿Y yo sí?

—¿Tus fantasías eran románticas o sexuales?

—Solo me pareció que estabas bueno.

—Adolescente, entonces.

—Eres insoportable.

—A ratos.

—A menudo.

Caminaron un poco más, sin prisa. Al girar para salir, el arco apareció ante ellos: Memento mori .

—Sigue dándome escalofríos.

Jac bajó la vista hacia ella. Paula tomó su mano y giró la muñeca para mirar el tatuaje.

—Ya, le pasa a mucha gente.

Le cogió el bolígrafo que llevaba en el bolsillo de la bata sin pedir permiso y escribió despacio en la palma de Paula. Cuando acabó, sonrió con cierta nostalgia.

Ella miró su mano:

Memento te vivere.

—¿A que así ya no te da mal rollo? Quitas la muerte y todo mejora.

—Pensaba que ibas a escribir Carpe diem.

—Demasiado predecible. Y no. Ahora prefiero que las cosas sean más personales. Esta sería mi versión para ti.

Paula lo miró un segundo más y luego cerró la mano.

Salieron. El frío los golpeó con más fuerza.

Caminaron en silencio.

Ya estaban cerca del edificio nuevo. Los dos frenaron.

Jac se detuvo.

—Mira, yo no sirvo para despedidas grandilocuentes. Así que... adiós.

—No.

Él alzó la vista, sorprendido.

—Iré a verte.

—No hace falta.

—Ya lo sé, pero iré.

Jac asintió.

—Vale. Te pondré en la lista.

—Hazlo.

Se quedaron frente a frente, sin tocarse.

Él dio un paso atrás, la miró una última vez y se giró hacia la puerta. Paula no lo llamó, solo se quedó allí viendo cómo entraba. Cuando desapareció, bajó la vista hacia su mano.

Memento te vivere.

La cerró despacio y echó a andar.