46
Jac necesitó encontrar una forma soportable de empezar. Se pasó la mano por la cara y, cuando habló, lo hizo despacio.
—Estaba en el baño. Me estaba secando el pelo.
Me puse la toalla en la cabeza, levanté la vista hacia el espejo y no me vi a mí; la vi a ella: a Lara.
Y entonces volvió de golpe: tres semanas antes de que naciera la niña, yo en el sofá y ella delante de mí.
Estaba normal, tranquila, como si estuviera diciendo algo sin importancia. No fue así.
Alzó la vista.
—Dijo: «No la quiero, tenemos que deshacernos de ella».
El silencio cayó seco.
—Creo que tardé en entenderlo. Entendía lo que significaba, aunque no conseguía asumirlo.
Y cuando lo hice... me quedé en shock. No recuerdo haber respondido.
Lo siguiente que me viene a la mente es que ella se fue a dormir.
Y yo me quedé allí, no sé cuánto tiempo.
Lo que sí recuerdo es el momento en el que pensé: «¿En serio puedes decir algo así, irte a la cama...
y dormirte con esa tranquilidad?». Fui a comprobarlo y, sí, estaba durmiendo.
Yo me quedé mirándola. Se despertó y me preguntó qué hacía.
No fui capaz de articular palabra, me di la vuelta, volví al comedor y pasé la noche allí. No sé en qué pensaba. No sé nada más.
—¿Qué hizo ella cuando se despertó? ¿Te dijo algo sobre la noche anterior?
—Por la mañana, se levantó de buen humor, actuando con absoluta normalidad.
Me hablaba y yo la escuchaba, pero las palabras no llegaban.
Era como si me hablara en un idioma desconocido.
En un momento me dijo: «¿No me escuchas?
». Entonces me pidió una reacción. Y dije: «De acuerdo.
Déjame hacerlo a mí, a mi manera. Dame tiempo.
Yo me encargo». Esa fue mi respuesta a «tenemos que deshacernos de ella». Lara estaba feliz, me abrazó y me besó.
Se recostó ligeramente.
—Y yo seguía fuera —señaló apenas la sien—, fuera de la realidad.
Solo había una idea: ¿Cómo no he visto venir esto?
Sabía que las cosas no iban bien, sabía que el embarazo había empeorado su trastorno.
Cuando me dijo que íbamos a ser padres fue la peor noticia que podía recibir.
Yo estaba buscando la manera de romper con ella sin hundirla y aquello me obligaba a quedarme.
No me hizo ilusión y tampoco fingí lo contrario. A ella parecía darle igual.
—Entonces, ¿cuándo se complicaron las cosas, Jac?
—Las cosas empezaron a degenerar a finales de la semana diecinueve, después de la ecografía morfológica.
Hasta entonces había sido un embrión, algo abstracto.
En ese momento dejó de ser una mancha blanca en una pantalla para convertirse en mi hija.
Algo hizo clic dentro de mí y reconozco que se convirtió en lo más importante de mi vida.
—Y Lara no se lo tomó bien.
—Cuanto más me implicaba yo, más incómoda parecía sentirse ella. Empezamos a discutir por todo. Pensé que era miedo, que cuando Emma naciera se le pasaría. Está claro que me equivoqué. En ningún momento vi venir lo que pasó después. Y eso me convierte en un inútil, como marido y como psiquiatra.
—Sabes que eso es injusto. Estabas demasiado implicado para poder evaluarla como médico.
—Puede ser, aunque ya daba igual. Lo que importaba era la niña.
Entendí que tenía que ganar tiempo. Ella se había adelantado.
Me dejó claro que, si intentaba contarle a alguien lo que estaba pasando o pedir ayuda, nadie iba a creerme, porque el problema iba a ser yo.
Le había contado a su entorno que me tenía miedo, que yo estaba actuando de forma extraña y, si alguien preguntaba, lo confirmarían: mis compañeros de trabajo, la gente de mi pueblo...
Recuerdo que pensé: «¿Cómo sabe eso?». Yo nunca había hablado de Valliure con ella. En ese momento me dio igual.
—Es normal que, en aquellas circunstancias, no le dieras importancia a esa información.
—Y luego añadió otra cosa: empezamos la relación dos semanas después de que yo le diera el alta.
Eso, contado desde fuera, no tenía defensa.
Yo era su psiquiatra, la posición de poder era mía y todo el mundo lo iba a leer así.
Ahí pensé: «Estoy jodido». Porque era verdad.
Si iban a buscar referencias, iban a encontrar justo eso.
Soy raro, siempre lo he sido, y además...
eso. Si yo decía que ella tenía un problema psicológico, ella diría que el que lo tenía era yo. Y la creerían.
—Vale, entiendo por qué te sentiste acorralado.
—Lara podía desaparecer con Emma y yo no podría hacer nada.
Así que decidí esperar a que naciera, buscar a alguien externo que pudiera evaluarla y entonces actuar para proteger a la niña y también a ella.
Llamé a mi padre, le pedí que cuando naciera mi hija se la llevara.
Casi le da algo. Él solo no podía cuidar de una recién nacida.
Al final, acordamos que buscaría ayuda y me avisaría cuando pudiera venir a buscarla.
—Espera. Tu padre nunca habló de esa llamaba en sus declaraciones ante Cruz.
—No. Lo llamé antes y le planteé la misma duda.
No lo dijo porque creyó que me perjudicaría más, me hacía parecer más desequilibrado.
Emma solo existía para mí, no quería insistir en eso.
Tampoco lo habló conmigo. Yo no lo mencioné y él entendió que significaba que no quería sacar el tema, cuando en realidad era que no lo recordaba.
Esa es la mayor dificultad que hemos tenido siempre mi padre y yo: no sabemos distinguir entre interés legítimo e invasión. Así nos va. Es igual, eso es otro tema.
—De acuerdo. Sigue.
—La niña nació. Pasó una semana y mi padre no había llamado. Fui yo quien insistió. Me pidió paciencia. Aurora, su pareja ahora, podía ayudarlo, solo necesitaba unos días. Así llegamos al accidente.
Jac se quedó unos segundos en silencio.
—Sigo sin saber por qué ella tenía tanta prisa.
Ahora sí recuerdo que paré en aquel apeadero.
Donde dije «aquí pasó algo» en la reconstrucción.
Lo hice porque Lara gritaba, Emma lloraba y yo necesitaba calmarla y respirar.
Cuando me pasé detrás con la niña, se desbordó y arrancó. Hacía años que no conducía.
Respiró por la nariz, despacio.
—A partir de ahí, ya sabes. Sacó la botellita y me la dio. Pensé: «¿En serio? ¿Ahora?». Me gritó: «¿Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil? ¿Por qué no puedes hacer lo que te pido?». Estaba agotado de discutir por todo, así que me la bebí, la cerré y la tiré al asiento delantero.
Alzó la mirada.
—Parece una tontería y no lo es. Porque si no lo hubiera hecho así, habría restos, salpicaduras, algo. Pero no. La cerré porque soy como soy.
—Ahora parece evidente porque conoces el resultado. En ese momento no significaba nada.
—Entonces se le fue el coche a la derecha y rozó el guardarraíl.
Quería pasar al asiento delantero y noté que el cuerpo no me respondía.
Me pesaban los brazos, las piernas... No sé si conseguí hacerlo o si solo lo intenté.
El mareo llegó muy rápido. No fue esa sensación de lejanía ni de estar fuera, como cuando los sonidos llegan amortiguados, bajo el agua; fue físico, más pesado. Y a partir de ahí... nada.
—Te despertaste en el asiento del conductor, ¿no? ¿Eso lo sigues recordando así?
—Sí, eso sigue como lo he contado siempre. Me miré las manos, vi la sangre y pensé... «Mierda. ¿Qué he hecho?». Porque fue la misma imagen que con Nil y con Marc. Luego me di cuenta de que tenía un golpe en la cabeza y sangre en la cara y entendí que habíamos tenido un accidente. Me sentí aliviado.
Negó, casi con incredulidad.
—Ese era mi nivel de procesamiento. Me di cuenta de que Lara no estaba y Emma tampoco.
—¿Emma?
—Sí. Siempre he dicho que no recordé a la niña hasta el hospital.
No mentía. Era lo único que recordaba. —Guardó silencio antes de continuar—.
Lo que pasa es que no era todo. Ahora sé que sí me acordé.
Después del accidente, me acordé. No estaban ni Emma ni la silla.
Salí del coche. Las llamé y fui hacia la entrada del bosque.
Mi móvil estaba en el suelo y al lado había un llavero: una casita con una madre y un bebé.
Pensé que tenía que volver a casa, que estaban allí.
Esa era la urgencia. Así que lo hice. Llegué... y, a partir de ahí, ya no hay nada.
—¿Sabes por qué no llamaste a la policía?
—No. Creo que allí el móvil no funcionaba, aunque no estoy seguro. Puede que ni siquiera intentara usarlo o que estuviera apagado. En casa iba bien. Llamé a los hospitales con ese móvil. Y por la noche se lo di a Cruz. Miró las fotos; las de Lara estaban y las de Emma no.
—¿Algún recuerdo nuevo de la casa?
—Nada, solo sé que allí pasó algo que me hizo olvidar lo anterior. Algo que hizo que olvidara a mi hija.
—Y es probable que acabe emergiendo, pero no fuerces, ¿de acuerdo?
—¿Apretar para recuperar memoria en la cárcel? Ni siquiera yo estoy tan loco. Dime una cosa: ¿Qué hago con esto, Paula? ¿Para qué me sirve? Porque yo creo que no vale para nada.
—Claro que es útil. Ahora sabes mucho más que cuando llegaste aquí, y eso es importante, a pesar de que aún no puedas responder todas las preguntas.
—Ya.
Paula salió de la habitación sin dirigirse al despacho.
Necesitaba ordenar todo aquello antes de escribir una sola línea.
Cruzó el pasillo, todavía con las últimas palabras de Jac resonándole en la cabeza.
«¿Qué hago con esto, Paula? ¿Para qué me sirve?».
Se detuvo frente a la máquina de café.
Mientras esperaba a que el vaso cayera, las ideas empezaron a colocarse solas.
Y entonces lo vio.
No como una certeza, sino como una posibilidad plausible: quizá aquel recuerdo no fuera exactamente un recuerdo.
Igual que la sangre deslizándose por las paredes o los pájaros escapando del vestido, tantas imágenes que la mente de Jac había convertido en símbolos antes de que él pudiera comprenderlas.
La semana veinte, la ecografía morfológica. El momento exacto en que, según él, todo había empezado a cambiar. Justo la semana en que la vecina dijo que se había interrumpido el embarazo.
Paula sintió un escalofrío lento.
Porque quizá aquello era lo que Jac no había podido soportar: la desaparición. No el día del accidente, mucho antes.
Y si su mente había sido incapaz de aceptar aquella pérdida, podía haber hecho lo que llevaba meses haciendo con todo lo demás: desplazarla y reconstruirla hasta convertirla en algo soportable. No la pérdida de una hija en la semana veinte, una niña que había nacido y a la que había que proteger.
Cerró los ojos un instante y entonces llegó la idea inquietante.
Hasta ese momento, Paula nunca había conseguido imaginar qué podía haber llevado a Jac hasta un acto como el que le imputaban.
Los indicios estaban ahí: las declaraciones, la violencia pasada, el coche... todo.
Aun así, nunca había visto en él un detonante capaz de romperlo de esa manera.
Ahora sí.
Emma era real para Jac. Y si la amenaza también lo había sido... ¿Hasta dónde habría sido capaz de llegar para protegerla?
El café cayó dentro del vaso con un golpe seco.
Y Paula entendió que acababa de escuchar algo que lo cambiaba todo, aunque no para mejor.