45
Lo llevaron al despacho donde solía verse con Jordi poco después del desayuno. Cuando entró, el abogado ya estaba allí con la carpeta abierta sobre la mesa.
—Ya está.
Jordi asintió despacio.
—Sí. El juez ha dictado la prisión preventiva esta mañana.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¿Dónde?
—Puig de les Basses, Figueres. Vendrán a buscarte por la mañana para el traslado. Cuando llegues, pasarás primero por ingresos: identificación, valoración médica y esas cosas. Lo más probable es que estés allí unos días antes de ir al módulo de preventivos.
Jac seguía mirando un punto fijo del suelo.
—Te llamaré en cuanto pueda hablar contigo, ¿vale?
Aceptó con un movimiento casi imperceptible.
—No tienes que procesarlo todo hoy.
—Ya. Pero mañana me meten en una cárcel, Jordi. Creo que el margen para dosificar esto se ha reducido un poco.
No había ironía real, solo cansancio.
Cuando Jordi salió del despacho vio a Paula al otro lado del pasillo.
Ella levantó la vista.
No hizo falta decir nada.
Jordi inclinó apenas la cabeza. Fue suficiente.
Durante la mañana, Paula decidió no intervenir. Lo vio desde la ventana en varios momentos. Jac paseaba por el jardín sin rumbo aparente, con las manos en los bolsillos, deteniéndose a ratos para anclarse en algo concreto: el suelo, un banco o cualquier punto fijo que le sirviera de referencia.
En uno de esos recorridos se encontró con Pilar.
Paula la reconoció enseguida.
Pilar hablaba con él con la misma naturalidad de antes, tratándolo todavía como a su médico.
Desde la distancia no podía oír las palabras, pero sí leer la actitud de ambos.
Jac la escuchaba con paciencia, acompañando sin corregir de forma evidente, y en algún momento incluso sonrió.
Pilar también se rio, con esa risa desajustada que no necesitaba un motivo para existir.
Más tarde lo vio sentado en un banco, con el cuaderno apoyado sobre las rodillas, dibujando. La postura era estable, concentrada, casi ajena a todo lo demás; durante ese rato, el mundo se reducía a la línea que avanzaba sobre el papel.
Y luego desapareció hacia su habitación.
Paula sabía que lo que estaba ocurriendo era un proceso interno, silencioso, donde él intentaba ordenar lo que había emergido el día anterior y, al mismo tiempo, integrar una realidad nueva que ya no era hipotética: le esperaba la prisión preventiva al día siguiente y, después, un juicio.
Jac pasó la mayor parte de ese tiempo intentando reconstruir el sentido de lo que recordaba. La secuencia de los hechos seguía fragmentada. La frase de Lara no admitía reinterpretación: «No la quiero. Tenemos que deshacernos de ella».
Esas palabras no eran simbólicas, eran reales.
A partir de ahí, todo cambiaba. Las discusiones, la insistencia de ella, la idea de que él era el problema.
Y su propia respuesta: «Yo me encargo».
No lo había dicho como aceptación, sino como estrategia, como forma de ganar tiempo.
El recuerdo era importante, a pesar de que no explicaba nada: ¿Qué había pasado con Emma? ¿Qué había hecho en el coche? ¿Y en casa?
Porque, si había estado sedado, no existía recuerdo, no había nada que recuperar. No había archivo oculto al que acceder más adelante; solo vacío. Y en ese vacío cabía todo. También la posibilidad de que hubiera hecho lo que le imputaban.
Seguía sin recordarlo, y por eso le parecía posible.
La idea no apareció de golpe; se fue haciendo más nítida según pasaban las horas: si en algún momento había pensado que Lara podía hacer daño a Emma, aunque fuera una percepción distorsionada, si lo había creído y estaba bajo los efectos de la droga, entonces cabía la posibilidad de que hubiera reaccionado.
No era una certeza. Quizá nunca lo sería, porque no tenía forma de confirmarla ni de descartarla.
Al final, todo convergía en el mismo punto: la memoria. O, mejor dicho, la falta de ella.
La cárcel, el juicio y todo lo que pudiera venir después eran consecuencias graves, reales e inevitables. No eran el núcleo.
Lo insoportable era no saber.
Daba igual dónde estuviera. Si no resolvía esa incertidumbre, estaría encerrado en cualquier parte.
Después del mediodía, Paula había programado la terapia, como era habitual.
Llegó unos minutos tarde. Odiaba la impuntualidad. Aquel día, sin embargo, no estaba seguro ni siquiera de seguir siendo él.
—Llegas tarde —dijo ella, sin reproche.
—Venga ya... ¿En serio quieres hacer una sesión hoy?
—¿Por qué no?
—Porque mañana me voy.
—Mañana —asintió ella—. Hoy estás aquí. Ayer tuviste un episodio. Afloró un recuerdo, uno que en ese momento no podías ordenar. ¿Puedes hacerlo ahora?
Jac le mantuvo la mirada unos segundos.
—Sí, puedo, pero no quiero.
No había desafío en el tono, era cansancio.
—Esa resistencia no nos conviene en este momento.
—No creas que lo que ha aparecido soluciona algo. Aporta datos, sí. No respuestas. Sigo igual. Sigo sin saber qué pasó el día del accidente.
—Recordaste algo importante —insistió ella—. Si no lo fuera, no habría provocado esa reacción.
—Lo es. Empeora las cosas.
—Hablar de ello puede ayudarte a integrarlo.
Jac respiró hondo.
—Vale, te lo cuento. Me da pereza, pero discutir aún más.