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Después de lo ocurrido con el limón, Paula dejó algo claro.

No fue una medida excepcional; era protocolo.

Paula lo estaba aplicando con precisión.

Indicó al personal de enfermería que cualquier petición de Jac que se saliera de lo habitual, aunque pareciera inofensiva, debía pasar antes por ella.

No importaba si era un té, una infusión o cualquier otra cosa que, en otro paciente, se habría entregado sin más.

Si no formaba parte de su patrón, quería saberlo.

A la mañana siguiente, cuando llegó al pabellón, una de las enfermeras se acercó a ella antes de que entrara en la consulta.

—Buenos días, Paula. Por cierto, Jac ha pedido algo. Como nos dijiste que te avisáramos...

Paula se detuvo.

—¿Qué ha pedido?

—Un saquito aromático de flores blancas. Dice que ayer estuvo en el jardín y que le gustaría que la habitación oliera así mientras esté aquí. No se lo hemos dado.

Paula asintió sin cambiar la expresión.

—Bien. Voy a hablar con él.

Llamó a la puerta y entró sin esperar.

Jac estaba dentro, demasiado tranquilo para cómo se había mostrado los últimos días.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

Él levantó la vista.

—¿Ahora mismo?

—No —cortó Paula—. Ahora mismo está claro lo que haces. ¿En serio has pedido un saquito de flores blancas?

—Sí.

—¿Qué tipo de aroma quieres? ¿Dama de noche?

Jac hizo una mueca inmediata de rechazo.

—No, por favor. Ya sabes que no lo soporto. Pensaba en algo más suave: jazmín, quizá.

—¿A qué estás jugando?

—Pues a algo que esperaba que fuese más divertido. Solo que me ha durado poco.

—Explícate.

—Desde el momento en que pasó lo del limón sabía que ibas a dar la orden de que no me entregaran nada sin consultarlo contigo.

—Y aquí estás, porque he pedido un ambientador.

—Es protocolo, Jac, y lo sabes.

—Sí —concedió—, pero tiene gracia anticipar tu siguiente movimiento con tanta precisión.

—En realidad no es eso lo que has hecho. Has previsto una medida bastante básica, doctor Masferrer.

—Es posible. Mira, Paula, me aburro, con algo tendré que entretenerme. Ayer intenté hacer origami con papel higiénico; ya te adelanto que no funciona.

—El ambientador no te lo van a dar.

—Tampoco lo esperaba. No iba por ahí. He pedido dos cosas. Y lo que necesitaba de verdad, eso sí me lo han dado.

Paula se tensó.

—¿Qué te han dado?

—Si te lo digo, pierde la gracia.

—Jac.

—No. Yo también tengo mis protocolos.

—Decirle a un paciente «a veces no te soporto» se considera fuera de lugar, ¿no?

—Sí, aunque no es lo más inadecuado que hemos hecho, así que, en este caso, no tiene importancia.

La frase le devolvió un fogonazo del pabellón: no solo el deseo, sino el peso de Jac contra ella después, la cabeza apoyada en su cuello, aquella vulnerabilidad que él casi nunca dejaba ver.

Paula necesitó más fuerza de voluntad que otras veces para apartar esas sensaciones. Cada día le resultaba más difícil hacerlo.

Se giró sin responder. Fue directa al control de enfermería.

—Además del saquito aromático, ¿qué más ha pedido Jac?

La enfermera dudó un segundo.

—Nada fuera de lo normal... Ha pedido toallas. Dijo que quería ducharse otra vez y las que tenía estaban húmedas.

—Bien. ¿Es lo único que le habéis entregado?

La enfermera asintió.

Paula no añadió nada más.

Entendió el juego y decidió no volver.

Siguió con su jornada. Hasta que, ya por la tarde, alguien llamó a la puerta de su despacho con urgencia contenida.

—Paula. Jac no está bien.

—¿Qué pasa?

—Está en la ducha. Sentado con el agua abierta. Lo llamo y no responde. No me mira... No está aquí.

Paula ya se estaba levantando.

—Vamos.

Cuando llegó al baño, el sonido del agua llenaba el espacio con una insistencia casi opresiva. Empujó la puerta con rapidez y lo encontró sentado en el suelo de la ducha, bajo el chorro abierto, completamente empapado. Llevaba una toalla a la cintura y otra en la mano.

—Jac.

No hubo respuesta.

Se acercó despacio.

La mirada de él no enfocaba a ningún sitio concreto.

Paula cerró el grifo con un movimiento firme. Se agachó frente a él y apoyó la mano en su antebrazo.

—Jac, mírame.

Esperó. Parpadeó más despacio Después, otra vez.  La mirada empezó a moverse sin fijarse todavía en nada.

—Eso es. Vuelve.

La respiración comenzó a acompasarse poco a poco. Parpadeó otra vez, más rápido, y la mirada terminó encontrando la suya, aún desorientada, pero presente. Abrió la boca y no salió nada.

—No hables aún. Estás aquí.

Jac tragó saliva, se llevó la mano a la cara y, cuando consiguió hablar, lo hizo con dificultad.

—Yo...

La frase se quebró.

—Yo estaba en el sofá. Eso lo recuerdo. Ella salió de la ducha, con la toalla, el pelo mojado... y otra alrededor del cuerpo. Se quedó quieta delante de mí y dijo: «No la quiero. Tenemos que deshacernos de ella».

Se detuvo un instante, atenazado por el recuerdo.

—Y... ahí... ya no... —Se llevó la mano a la frente—.

Todo lo demás deja de estar claro. Sé que se puso a gritar.

O que ya estaba gritando. No estoy seguro.

Yo me fui a la cocina. El cuchillo... no era una amenaza.

Quería que parara. Después... me quedé en el sofá.

Creo, no lo tengo claro. Recuerdo entrar en la habitación.

Lara estaba durmiendo. Y yo no podía entenderlo.

Cómo podía decir eso... y dormirse. Se despertó.

Me preguntó qué hacía. Y yo no supe qué decir y me fui. A la mañana siguiente le dije...

Se cubrió la cara y luego la miró.

—«De acuerdo. Yo me encargaré de ella. Dame tiempo. Déjame hacerlo a mi manera».

El silencio que siguió fue denso.

Estaba allí, cansado, hundido y aún algo desorientado; sin embargo, resultaba coherente.

Aquello no explicaba la muerte de Lara. Pero cambiaba la forma de mirar todo lo anterior. Porque, real o no, Jac había vivido ese miedo como algo auténtico.