43
Al día siguiente, Jac llegó a la sesión más cerrado que de costumbre.
La tensión ya no intentaba disimularse: se le notaba en la forma de sentarse, en cómo evitaba mirarla más de unos segundos y en ese gesto repetido de pasarse la mano por la cara como si intentara despejar algo que no terminaba de irse.
No tardó en hablar.
—Estoy desarrollando un problema olfativo cada vez más extraño —dijo, con una exhalación que no llegaba a ser risa—.
Es cierto que no es nada nuevo; solo se está acentuando.
Yo diría que tengo hiperosmia, aunque como el autodiagnóstico no cuenta, dejémoslo en que soy maniático con los olores.
Es más impreciso, lo curioso es que os funciona mejor.
Se inclinó hacia delante.
—Ahora es el de las flores. La dama de noche. Ya sé lo que me vas a decir. Que eso lo tengo ubicado, que viene de la cabaña. Y sí, pero no. Porque cuando aparece en casa, a pesar de que sé que no existe, significa algo. No paro de darle vueltas.
Se pasó la mano por la nuca.
—Estoy bastante saturado. He comprobado el jardín, le he preguntado al jardinero... No hay de eso por aquí. —La miró un segundo—. No iba a ponerme a oler nada. Solo quería saberlo.
Se dejó caer hacia atrás.
—No tengo muchas ganas de hablar, solo que tampoco consigo quedarme callado.
El silencio se instaló entre los dos con una densidad extraña, sin llegar a resultar incómodo.
—De todas formas... da igual —añadió—. Estoy esperando a que dicten la preventiva, que me trasladen y ya está. Esta espera es lo peor.
Paula lo observó unos segundos antes de intervenir.
—Vamos a hacer una cosa. Vamos fuera.
—¿Fuera?
—Sí. Buscamos un sitio tranquilo y hacemos la sesión allí.
—Hay un cenador detrás. Está medio caído; aun así, está bien. Nadie va por esa zona.
Paula asintió.
—Vamos.
Caminaron hacia la parte trasera del recinto, alejándose de las zonas más transitadas. El jardín se volvía menos preciso a medida que avanzaban: la hierba más irregular y los caminos menos definidos. Daba la sensación de que el mantenimiento llegaba hasta cierto punto y después se relajaba.
El cenador apareció entre los árboles como una estructura detenida en el tiempo, con la madera vencida y los huecos abiertos donde antes habría habido celosías. No estaba en ruinas, aunque tampoco conservado.
Paula se detuvo un segundo.
—Es bonito.
Jac no respondió. Solo inclinó apenas la cabeza.
Se alejaron un poco de la estructura, hacia una zona más abierta. El sol caía sin obstáculos y el aire se movía con suavidad.
Jac se dejó caer sobre la hierba sin pensarlo y se quedó boca arriba, con los brazos abiertos.
—Hazlo.
Paula lo miró.
—Ni de broma.
—En serio.
—No me voy a tumbar así, tal cual.
—¿Tal cual qué?
—En la hierba. Sin nada.
Jac frunció el ceño, desconcertado.
—¿Y por qué no?
—Porque hay tierra. Y bichos.
—¿Bichos?
—Sí. Bichos.
Él dejó escapar una risa.
—Ay, madre.
—¿Qué pasa?
—Que si eso te parece un problema...
—Si se me mete algo en el pelo, sí.
Jac sonrió.
—Claro. Porque a mí no me puede pasar eso.
—Tú lo tienes corto. No es lo mismo.
—Ah, vale.
—No me gusta nada esa sonrisa.
—Por eso sonrío poco.
—Tienes una sonrisa muy bonita. El problema es cuando parece que te estás riendo de mí.
—No me estoy riendo de ti. Me parece gracioso. Eres muy señorita de ciudad.
—¿Perdona?
—Y yo soy muy chaval de pueblo. Se nota.
Volvió a mirar al cielo.
—De verdad. Pruébalo. Apoya la cabeza aquí. —Señaló hacia su vientre—. Problema resuelto.
Paula dudó un segundo más y acabó cediendo. Se inclinó con cautela y apoyó la cabeza sobre él. Al principio se quedó rígida, aunque poco a poco se acomodó.
El cielo se abría limpio sobre los dos. Pasó un minuto sin palabras.
—Vale —murmuró al final—. Es relajante.
—Te lo dije.
—No te acostumbres.
—Tarde.
Ella dejó escapar una risa baja.
—Cuéntame algo sobre ti.
Jac tardó unos segundos.
—Cuando era un niño me pasaba horas subido a una higuera en el huerto de mi padre.
No iba para ayudar, odiaba trabajar en el campo, pero me encantaba estar allí arriba.
Me imaginaba que estaba en el mástil de un galeón pirata vigilando algo importante y, si alguien me llamaba, me molestaba de verdad.
Paula sonrió.
—Eso te pega.
—Tenía claro que desde allí veía más cosas que nadie. Venga, ahora tú.
—Yo no tengo nada tan interesante.
—Seguro que sí. Me apuesto algo a que subrayabas los apuntes con tres colores distintos.
—Cuatro. Uno para cada idea.
Jac soltó una risa.
—Joder, cuántas ideas. Es peor de lo que pensaba.
—Mejor organizado.
—¿Organizado lleno de colorines? Venga ya.
—Tus apuntes debían de ser aburridísimos, Masferrer.
—El material de estudio no tiene que ser divertido, Allende.
La broma quedó ahí. Jac miró un momento hacia el cielo, buscando la forma de ordenar la pregunta antes de formularla.
—Hablando en serio, ¿cómo acaba alguien como tú en un sitio como Vallclosa?
La sonrisa de Paula se le fue apagando despacio. Durante unos segundos miró hacia arriba, entre las ramas, en busca del punto exacto desde el que empezar.
—Tenía una vida perfecta —dijo al final—. O eso parecía desde fuera. Una familia perfecta, amigas perfectas y un novio perfecto. Todo estaba colocado en el sitio en el que se suponía que tenía que estar.
Jac no la interrumpió.
—Y yo me ahogaba —continuó ella—. Eso era lo peor. Que no tenía ningún motivo razonable para sentirme así. Debería haberme dado seguridad. Nadie desconfía de lo perfecto.
—A mí no hay nada que me alarme más.
Paula giró la cabeza hacia él.
—Ya. Eso dice mucho a tu favor.
Jac aceptó la respuesta con una suave inclinación de cabeza.
—¿Y qué hiciste?
—Rompí con todo. No de golpe, aunque desde fuera lo pareciera.
Faltaba poco para la boda y un día me imaginé el resto de mi vida con una claridad horrible.
Los domingos en La Alamedilla, mi marido, mis hijos, nuestros amigos, los hijos de nuestros amigos...
Todo correcto, todo agradable, todo previsto.
Y pensé que, si no salía de allí en ese momento, no iba a volver a respirar nunca.
Jac no dijo nada. La escuchaba con una atención tranquila, sin sombra de juicio.
—Perdí a casi todo el mundo. A día de hoy, solo conservo relación con mi padre. Fue el único que entendió que no estaba haciendo aquello por capricho.
—Y así llegaste aquí.
—Sí. No fue una huida convencional, no buscaba solo irme lejos. Buscaba lo opuesto a todo lo que tenía.
Jac miró alrededor, hacia el pabellón antiguo, los árboles, la extensión irregular del jardín.
—Desde luego, lo encontraste.
Paula dejó escapar una risa suave.
—Sí. Quizá fui un poco radical.
—Lo bueno es que me conociste a mí.
Ella volvió a mirarlo. Había algo en la forma en que lo decía, tan seco y tan serio, que la hizo sonreír antes de poder evitarlo.
—Yo creo que tú entrarías dentro de la categoría de lo opuesto.
Jac frunció apenas el ceño.
—¿Me estás diciendo que no soy perfecto?
—Estoy diciendo que, por suerte para ti, no lo eres.
—Me siento ofendidísimo.
—No. Te sentirías alarmado —enfatizó la palabra— si lo fueras.
Jac se rio.
—Cierto.
Paula sonrió. Durante un momento no dijo nada más.
Él seguía tumbado sobre la hierba, con una calma que rara vez le veía dentro del edificio.
Allí parecía menos vigilante, menos encerrado en sí mismo.
No era el hombre frío del que hablaban en los informes ni el posible asesino que el pueblo había construido a base de miedo, rencor y medias verdades.
Tampoco era solo su paciente. En ese instante, Paula veía al niño que se subía a una higuera y se imaginaba que era un gran pirata; al adolescente que había aprendido a desaparecer dentro de sí mismo; al hombre extraño y difícil que decía cosas incómodas con una precisión que a otros podía resultarles áspera y que, a ella, cada vez más le costaba ignorar. Y esa era la parte peligrosa.
Paula se movió despacio, con una cautela que intentó hacer pasar por incomodidad postural, aunque sabía que no era eso.
El calor de su cuerpo le llegaba a través de la ropa.
También el movimiento lento de su respiración y el latido regular bajo la mejilla, una proximidad que habría sido impensable unos meses antes y que ahora resultaba preocupante precisamente porque ya no era desconocida.
Con cualquier otro paciente, aquella familiaridad habría sido inadmisible; con Jac también debería haberlo sido, pero esa frontera ya no estaba intacta, y ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer con lo que había quedado al otro lado.
Cerró los ojos un instante. Le gustaba demasiado la cercanía.
Le gustaba la voz de Jac sonando desde tan cerca, con esa mezcla suya de calma y decisión.
Durante unos segundos, pensó en lo que le habían contado de él.
El chico violento, el niño extraño, el hombre frío, el posible asesino...
Todo aquello seguía existiendo en alguna parte, en los informes, en las voces del pueblo, en la mirada de quienes habían decidido qué clase de persona era antes de entender nada.
Allí, tumbada en el jardín con la cabeza apoyada sobre él, Paula no veía eso.
Y lo supo con una claridad incómoda: si lo hubiera conocido en otro momento, de otra manera, sin aquella institución alrededor y sin la palabra paciente colocada entre los dos, habría habido algo entre ellos.
No lo pensó como una fantasía, sino con la certeza indeseada de quien reconoce algo que habría preferido no mirar de frente.
Jac siguió mirando hacia el cielo sin moverse.
El peso de Paula contra él era ligero, aun así, su cuerpo lo sentía con una nitidez perturbadora.
El aroma de su pelo le llegó de pronto y le erizó la piel antes de que pudiera evitarlo.
Eso no lo sorprendió. A esas alturas, el deseo era la parte menos confusa de todo aquello.
Lo difícil era lo demás: la necesidad impropia de rodearla con un brazo y quedarse así, de sentirla cerca y que ella no se moviera, de que no existiera el pabellón, ni la consulta, ni las sesiones, ni la obligación de volver a colocar cada sensación en su sitio después.
Quiso que ella lo abrazara, y ese deseo, mucho más que el recuerdo de lo que ya había pasado entre ellos, lo dejó sin aire.
Se obligó a no moverse, a no bajar la mano hacia su hombro ni los dedos hacia su pelo. Nada. No podía convertir aquel gesto en otra cosa. Lo sabía. Y por una vez, saberlo no lo hacía más sencillo.
Más tarde, cuando ya habían regresado al pabellón y Paula estaba sola en el despacho, volvió a pensar en él.
La embargó de nuevo esa sensación de haber estado con alguien de una forma natural.
Esa cercanía no le aclaró nada, o quizá sí, aunque no del modo en que debería, porque entonces apareció un pensamiento que no pudo apartar.
«No ha sido él».
No tenía una prueba ni una explicación lógica.
Solo una convicción que no terminaba de corresponder con el relato oficial.
Intentó ordenarla. Pensó en la botella de agua con limón y en la posibilidad de que contuviera zolpidem y Jac lo recordara de forma fragmentaria.
Ni siquiera eso podía darse por seguro. La caja había aparecido abierta y faltaba un blíster.
Jac insistía en que no recordaba haberla abierto.
Y ese era el problema: con Jac, la ausencia de recuerdo no demostraba nada.
Bajo los efectos de un hipnótico podía existir un margen en el que alguien actuara de forma casi automática. Podía moverse, hacer cosas habituales e incluso realizar acciones sin registrarlas ni recordarlas después. Agredir así a otra persona... Eso ya entraba en un terreno mucho menos probable.
Podía estar viendo lo que quería ver. Lo sabía.
Cuanto más pensaba en ello, más le costaba aceptar una versión tan cerrada de lo ocurrido.
No sabía qué había pasado en ese coche, ni qué parte del recuerdo de Jac era real, deformada o incompleta.
Había demasiadas cosas que todavía podían tener otra explicación.
Los indicios seguían ahí, pero no eran pruebas.
¿Y si lo que Jac no conseguía recordar pudiera cambiarlo todo?