Recuérdame 42
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La sesión terminó con esa sensación extraña de haber rozado algo importante sin llegar a atraparlo del todo.

Jac salió del despacho más callado que de costumbre. No porque estuviera cerrado, sino porque no podía dejar de buscar la pieza que le faltaba. Cruzó el pasillo sin mirar a nadie, todavía en ese lugar donde algo había empezado a aparecer y se le había escapado antes de poder fijarlo.

Paula se quedó sentada unos segundos. Miró las tres cajitas metálicas perfectamente alineadas y entendió que aquella mañana el problema de orden no estaba en las cajitas, sino en un recuerdo que había emergido para desordenarle la realidad demasiado deprisa.

Lo importante había llegado después: no conducía.

No era un matiz. Era una pieza nueva, sólida, que alteraba la lógica completa de lo que él mismo había estado creyendo.

Si no conducía, no podía haber disociación al volante.

Y, sin embargo, había despertado en el asiento del conductor, con el cinturón puesto y con el impacto en la frente.

En algún momento había vuelto a esa posición sin recordarlo.

Paula registró la incongruencia, pero no se detuvo ahí.

El limón.

Lo había mencionado en la cocina. Lo había vuelto a mencionar en el coche. No como un detalle más, sino como algo que no terminaba de encajar.

La siguiente vez que tuvo noticias de él fue ya al anochecer.

Coincidió con una enfermera que había estado en ese turno mientras revisaban unas hojas.

Le comentó que lo había visto pensativo, que no había salido de la habitación en toda la tarde, aunque había hecho un avance en el comportamiento extraño que tenía con la alimentación.

—¿Sí? Eso es bueno, ¿qué ha pasado?

—A media mañana nos ha pedido un té. Es la primera vez que acepta algo que no venga cerrado o precintado.

Paula levantó la vista.

—¿Un té?

—Sí. Con limón. Y tostadas.

Se detuvo un segundo.

—¿Pidió el limón aparte?

La enfermera frunció el ceño, recordando.

—Sí... Dijo que prefería ponerlo cuando la infusión se hubiera enfriado.

Paula no respondió.

Fue directa a su habitación. Tocó a la puerta, pero no obtuvo respuesta.

Abrió sin brusquedad y se detuvo en el umbral. Estaba sentado en la cama, inclinado hacia delante, con una mano apoyada en el colchón y la otra cerrada alrededor de la servilleta arrugada.

Era evidente que llevaba horas atrapado en el mismo pensamiento.

Levantó la cabeza muy despacio.

—No era solo limón.

El enfado se le deshizo a Paula antes de acabar de tomar forma.

Cerró la puerta.

—¿Qué has hecho?

—Lo que sabías que iba a hacer.

No había ironía, tampoco defensa.

—Te dije que no lo intentaríamos así.

—Ya.

Bajó un segundo la vista.

—Lo noté enseguida. Le di dos sorbos y pensé que sabía raro. La aparté. Perdió los nervios. Me gritó que me la bebiera. Y yo pensé que no tenía sentido discutir también por eso. Así que terminé de bebérmela.

Se pasó la mano por la cara.

—Y lo peor es que lo tenía delante. Algo en mí sabía que había algo raro en todo aquello y aun así no lo entendí.

—¿Qué recuerdas exactamente?

—El olor a limón, aunque no solo eso. El sabor extraño. Recuerdo apartar la botella, ella gritando, yo bebiéndomela de un trago... También recuerdo estar detrás con Emma. Lara conducía mal. Y luego sé que estaba mareado. Después nada. Hasta despertar delante.

—¿Y lo demás que has dicho?

—No es certeza. Es deducción y lo sé.

—¿Qué deduces?

—Que quería dejarme fuera de juego.

La frase salió sin dramatismo.

—Quería hacer algo. Tenía demasiada prisa. Nunca he podido recordar por qué. Quizá había quedado con alguien... No podía ser Marc; él estaba en Japón. Yo qué sé. No tengo una buena explicación y, sin embargo, creo que no estoy tan lejos de la realidad.

—¿Crees que quería marcharse? Tu vecina dijo que iba a hacerlo.

—No lo sé. Siempre he dicho que no, pero ahora no estoy seguro.

—Le dijo a Marc que quería irse a Japón con él. Rectificó cuando se negó y le aseguró que estaba enamorada de ti.

—¿Cómo sabes eso? ¿Te lo dijo Cruz?

—Da igual. Lo sé.

—Vale... Pero él ya se había ido, la policía lo comprobó.

Quizá quedaron en encontrarse allí. O pudo haber hablado con alguien que fuera a ayudarla a marcharse.

No lo sé... Pero entonces, ¿Emma qué? ¿Qué pasó con ella?

¿Por qué hay sangre en el asiento trasero?

Pudo haber alguien más en el coche, aunque no dejara huellas.

Se pasó la mano por la cara.

—¿Ahora mismo parezco más Sherlock o un paranoico en pleno brote?

Paula lo miró en silencio un instante.

—Si estuviera de humor te diría que las dos cosas a la vez. Pero lo que has hecho es grave. Y lo que estás recordando también.

Jac dejó caer la cabeza hacia atrás un momento.

—¿Y que te pongas en modo adulta funcional sin sentido del humor va a ayudarme?

—No me haces gracia.

—Lo sé.

—Si tuvieras que comprobar una sola cosa —dijo Paula—, ¿cuál sería?

Jac respondió sin dudar.

—El inventario.

—¿Qué?

—Había una caja de zolpidem en casa. Sin abrir, creo que estaba entera, sí.

Era para Lara, de antes del embarazo. Quiero saber si seguía allí cuando la policía registró la casa y si estaba precintada.

Yo no recuerdo haberla abierto. Y el botiquín estaba cerrado con llave. Lara no tenía acceso... O eso creía.

Paula lo observó un segundo y sacó el teléfono.

—Voy a llamar a Cruz.

—¿Ahora?

—Sí, porque si te dejo solo con esto toda la noche, mañana vas a estar construyendo teorías cada vez peores.

Marcó.

Cruz tardó poco en responder.

—Dime.

—Necesito comprobar una cosa del inventario de la casa de Jacob Masferrer.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿En serio?

—Sí. Por favor, Cruz. Necesito saber si en el botiquín encontrasteis una caja de zolpidem y si estaba entera o empezada.

—Vale. Dame un momento.

Paula activó el manos libres y dejó el teléfono sobre la mesa.

Jac no apartó la mirada del móvil en ningún momento.

Pasaron unos segundos.

Papeles.

Teclas.

Después la voz de Cruz volvió a sonar.

—Sí. La caja estaba abierta. Faltaban pastillas.

Paula cerró los ojos un instante.

—Gracias.

Colgó.

El silencio que quedó después fue más pesado.

Jac no reaccionó de inmediato.

—Yo recuerdo una caja cerrada, aunque no puedo asegurar nada; nunca puedo. El agua sabía mal. Y ella quería que me la bebiera.

Entonces sí negó, con una rabia contenida que esta vez no logró disimular del todo.

—Joder. Qué imbécil fui.

—Te voy a ayudar, Jac. Pero ahora mismo estás funcionando desde la urgencia.

—Ya, no puedo pararlo.

—No tienes que pararlo. Lo que no puedes seguir haciendo es empujar. Escúchame. Lo que has hecho hoy ha sido arriesgado y no puedes repetirlo.

—Lo sé.

—Descansa. Regúlate. Aléjate de ese borde. Déjame a mí pensar cómo avanzar.

Jac no respondió enseguida. Se quedó unos segundos en silencio, evaluando.

—Vale. Pero no me frenes.

—No quiero hacerlo. Aunque no estás haciendo muchos méritos para evitarlo.

Jac no respondió.

Paula se acercó a la puerta.

—Cuando dijiste que no eras un kamikaze, te creí.