Recuérdame 41
55%

41

Jac entró sin decir buenos días. No era algo habitual; incluso sus silencios respondían a un patrón reconocible, y aquel día no. Tampoco la miró al entrar. Fue directo a la mesa.

Cruzó el despacho, dejó caer la mirada sobre las tres cajitas metálicas y alargó la mano hacia ellas. Las tocó una por una y las desplazó milimétricamente hasta alinearlas, ajustando la distancia con precisión.

Paula esperó.

Él mantuvo la vista en las cajas unos segundos más antes de levantarla.

—Hay una cosa que hace mucho tiempo que te quiero preguntar. No sé por qué no lo había hecho antes. ¿Puedo?

—Claro. ¿Qué quieres saber?

—¿Por qué coño las mueves todos los días?

—¿Cómo tendrían que estar?

—Como ahora. Alineadas. Sin desviaciones.

—¿Y por qué esa es la forma correcta?

—Sé desde dónde haces esa pregunta. Pero da igual. Te contesto. Solo hay una forma aceptable de colocar las cajas. Y es esta. Si no están así, molestan, distraen. Y además no sirven para nada, no guardan nada importante. Su única función es decorativa; si ni siquiera cumplen eso, estorban.

Paula lo observó.

—La primera vez que entraste estaban desalineadas. Las colocaste así y seguiste hablando. La segunda pasó lo mismo. La tercera las moví yo. Quería ver qué hacías. Era casi imperceptible, pero lo notaste y las volviste a colocar igual. Desde entonces las he movido cada día.

—¿Para qué?

—Al principio era una evaluación. Quería ver si dejaba de molestarte con el tiempo. No fue así. Y luego entendí que ese ritual te regula. Entras, colocas las cajas, ajustas el espacio y tomas un pequeño control del entorno. Y, a partir de ahí, te resulta más fácil estar aquí.

—¿En serio?

—Todo lo que he aprendido observándote lo utilizo para ayudarte.

—Supongo que eso es lo extraño. A veces me pregunto si vale la pena.

No lo digo en plan melodramático. Lo digo en serio.

Quizá nunca recuerde lo que pasó, quizá todo esto sea una pérdida de tiempo para ti y para mí.

Igual me quedo con imágenes absurdas: pájaros saliendo de un vestido, paredes que sangran... Cosas sin sentido y ya está.

—Ayer por la noche no parecía que pensaras eso.

—Ayer por la noche no estábamos aquí. Estábamos en el pabellón antiguo. Allí es distinto. Me siento yo; aquí no.

—¿De dónde sacaste el preservativo?

—¿En serio quieres hablar de eso ahora?

—Anoche no era el momento; ahora sí.

—No te lo voy a contar. Pero ya te dije una vez que, si quiero conseguir algo, lo consigo.

Paula mantuvo la mirada. No insistió.

—¿Hay algo nuevo?

Jac se quedó quieto.

—Sí.

La forma en que lo dijo hizo que Paula dejara de pensar en las cajas, en el preservativo y en todo lo demás.

—He recordado algo importante.

Levantó por fin la vista y la miró de frente.

—Yo no conducía.

Paula tardó un segundo en reaccionar.

—¿Cómo que no conducías? Jac, eso cambia muchas cosas.

—No tantas.

—Necesito que me expliques de forma exacta qué has recordado.

Jac apoyó las manos sobre la mesa.

—Recuerdo que discutíamos. Era una discusión seria y Emma lloraba.

No podía dejarla llorar, así que paré el coche...

O eso creo. Tengo la sensación de haber querido parar.

Me veo haciéndolo y subiendo detrás. Quería calmarla.

Pero esto no es un recuerdo claro... Es algo intermedio. No estoy seguro de que todo sea real.

—Está bien. Sigue.

—Entonces Lara arrancó. Recuerdo el coche moviéndose.

Pensé: «¿Qué haces?». Conducía mal, hacía años que no cogía el coche y estaba nerviosa.

Durante unos segundos no reaccioné. Luego le pedí que parara.

Iba a trompicones y demasiado rápido a la vez; me dio miedo.

Creo que conseguí que Emma dejara de llorar.

Entonces noté ese olor... Olía a limón y a algo más pesado, dulce y desagradable.

No sé qué era, pero el coche no tendría que haber olido así.

Se pasó la mano por el pelo.

—Nada de esto es coherente. Pero es lo que veo y lo que siento. No hay más, por eso no creo que esto sea tan significativo.

—Lo es, aunque tú hoy no lo veas.

—Ya... ¿Te puedo pedir una cosa?

—Claro.

—¿Podrías darme un limón?

—¿Para qué?

—Porque estoy a punto de recordar algo, algo que sí podría valer la pena. Lo noto. Y sé que el limón es importante. Recuerdo ese olor en varios momentos. Sé que está conectado con lo que pasó.

Negó, frustrado.

—Es como tener una palabra en la punta de la lengua. Está ahí, pero no sale. Si tuviera el estímulo real, creo que saldría.

—Eso no es ayudar, es forzar.

—¿Y?

—No funciona así. Y lo sabes. Si fuerzas el acceso, no recuperas mejor el recuerdo.

Te saltas los mecanismos que lo están conteniendo y puedes acabar mezclando cosas, forzando asociaciones o haciéndote más daño.

No se trata de empujar, sino de poder enfrentarte a él cuando aparezca. Así que no, no puedo darte un limón.

—Vale. Lo sabía, pero tenía que intentarlo.

No hubo insistencia.