40
Paula entró en su despacho; la guardia estaba siendo tranquila.
Se quedó un momento mirando su reflejo en el cristal, pero su atención enseguida se desvió hacia él: el pabellón antiguo.
Con el tiempo había dejado de percibir su presencia como una amenaza velada.
De día era una construcción abandonada dentro del recinto, integrada en la rutina como un elemento más, sin embargo, de noche el lugar cambiaba.
Entonces lo vio. No era una luz evidente, solo un resplandor mínimo que alteró un instante la oscuridad. Lo supo sin pensarlo. Nadie iba allí, y menos a esas horas. Nadie salvo él.
Durante un segundo no se movió. El día había dejado demasiadas imágenes abiertas: Jac esposado, arrodillado en el suelo de la habitación verde, diciendo: «He sido yo», fingiendo después que todavía podía funcionar...
Y ahora aquella luz mínima en el pabellón antiguo era su forma de buscar ayuda sin pedirla.
Salió y caminó por el sendero que llevaba al viejo edificio con menos seguridad de la que intentaba aparentar. Cuando empujó la puerta, el sonido se expandió más de lo que debería. Se detuvo un segundo en el umbral antes de avanzar.
Lo vio de pie cerca de una de las columnas, inmóvil, con ese gesto que lo hacía parecer parte del lugar.
Se detuvo sin decir nada.
Jac levantó la vista. Durante unos segundos no hubo nada más que una mirada directa, desnuda.
Paula avanzó despacio, reduciendo el espacio entre los dos.
—No deberías estar aquí —dijo él al final, con la voz más baja de lo que pretendía.
—No. Tú eres el que no debería estar aquí. Estás en un pabellón cerrado. No puedes salir cuando te da la gana.
—No salgo cuando me da la gana.
—La última vez me pediste ayuda. Dijiste que no podías hacerlo solo.
—Y era verdad, aquella vez te necesitaba.
—¿Te han dicho si te trasladarán a preventiva?
—No. Sé que lo harán, es lo lógico. Estoy internado para evaluación y seguimiento. Cuando la instrucción se cierre, ya no habrá nada más que evaluar. ¿Qué sentido tendría mantenerme aquí?
—¿Cómo lo llevas?
—No demasiado bien, pero no pasa nada. Me acostumbraré.
La respuesta la sorprendió. No esperaba que se expusiera con tanta claridad.
No intentaba ser dramático. En realidad, era su manera de aceptar lo insoportable, mostrar que solo necesitaba tiempo para aprender a vivir con ello.
Paula pensó en la cárcel, en la posibilidad terrible y real de que aquella fuera una de las últimas noches en que pudiera verlo así, sin un cristal, sin un horario de visitas, sin nadie controlando el intercambio al otro lado.
Cuando volvió a mirarlo, algo en él había cambiado.
Jac dio un paso mínimo. No invadió su espacio; solo redujo la distancia lo indispensable. Apartarse seguía siendo posible, pero él ya no parecía dispuesto a hacerlo.
Paula no retrocedió.
El primer contacto fue apenas un roce, pero el cuerpo lo reconoció de inmediato.
No solo el deseo, también el cansancio, el miedo, la ternura mal controlada, la necesidad de quedarse en algún lugar donde el mundo no pudiera alcanzarlos durante unos minutos.
Jac apoyó la frente contra la de ella y el calor contrastó con el frío húmedo del lugar.
—Esto no debería estar pasando —murmuró Paula.
—Lo sé.
Ninguno se apartó.
El beso no llegó de golpe. Empezó en la cercanía, en la respiración compartida, en ese momento en el que todavía no habían unido los labios y, sin embargo, ya era demasiado tarde para detenerse.
El abrazo se estrechó sin urgencia, con una naturalidad sorprendente. No había prisa, solo la sensación cada vez más clara de que estaban cruzando un límite que los dos habían decidido ignorar.
El beso cambió cuando Paula rompió la poca distancia que aún conservaban.
La cercanía dejó de sentirse incierta. Los cuerpos se buscaron con más necesidad, los suspiros se hicieron más profundos y el tiempo pareció alterarse alrededor de ellos, reducido al roce constante de las bocas, la piel y el calor compartido.
Ninguno de los dos habría sabido decir si habían pasado unos segundos o varias horas, tampoco les importaba.
El pabellón crujió en algún punto.
Jac se separó lo indispensable, sacó un pequeño paquete del bolsillo y lo dejó sobre la mesa de piedra. No lo hizo con seguridad ni con arrogancia. Lo hizo como quien aparta, al menos, una de las formas posibles de hacer daño.
—La primera vez paramos por mi situación personal, eso no ha cambiado, o sí, a peor.
Ya sabes dónde estoy y lo que viene. No sé si tú pensaste o no en protección; yo lo hice.
Y ese fue otro motivo para detenerme. Esta vez la protección física está ahí encima.
La emocional no depende de mí, y la decisión es toda tuya.
—¿Solo decido yo?
—Desde el momento en que lo he puesto ahí, dejo claro cuál es mi postura.
El beso cambió, se hizo más íntimo. Su mano fue hacia la mesa, cogió el paquete y dudó apenas un instante antes de abrirlo.
—Vas a tener que ayudarme... Nunca he sabido poner esto.
—Pues yo no sé si me voy a acordar...
—No seas idiota.
—No me pidas que no sea yo mismo.
—Somos un desastre.
—Habla por ti. Yo tengo fallos concretos, aunque en general soy bastante solvente.
—La confianza con la que dices: «Soy bastante solvente» después de admitir que no sabes ponerte un preservativo es impresionante.
—Podría responder, pero paso.
Volvió a besarla antes de darle oportunidad de contestar. El momento iba a ser demasiado corto para perder un minuto más.
El contacto volvió sin freno, con una intensidad honda. La respiración no terminaba de acompasarse, las manos dudaban antes de decidirse, y en esa mínima descoordinación había algo más honesto que en cualquier ritmo aprendido.
Jac cerró los ojos y no fue solo el cuerpo lo que cedió, sino todo lo demás: el control constante, la vigilancia y la necesidad de entender lo que pasaba dentro de su cabeza. Durante unos segundos dejó de soportar el peso de todo.
Ella percibió el punto exacto en el que él dejó de contenerse y ya no intentó entender lo que estaba sucediendo.
No era consuelo, no era deseo simple, no era amor de una forma que pudieran permitirse nombrar.
Era un refugio mínimo y real en medio de algo que los estaba arrasando de distintas maneras.
Para Paula no fue un impulso, sino una claridad inesperada: dejar de resistirse no era una rendición.
El frío del pabellón seguía ahí, pero todo quedó amortiguado por la cercanía, por el calor que se imponía poco a poco, por la sensación de que, durante ese instante, nada tenía acceso a ellos.
Fue una caída suave, inevitable. No se sintieron arrastrados, tan solo envueltos por un momento que no se midió en tiempo, sino en sensaciones. Terminó como había empezado, marcado por la naturalidad.
Jac no se apartó enseguida. Se inclinó hacia ella y apoyó la cabeza en el hueco de su cuello, dejándose caer sin defensa.
Paula lo rodeó sin apretarlo, sin invadir, pero sin permitir que ese gesto se deshiciera.
Sabían que no había un después, que aquello no abría ninguna puerta y, por eso, el momento tenía más valor.
Cuando él se recompuso, lo hizo despacio, recuperando el control por capas.
—Creo que... creo que llevo demasiado rato fuera. Deberíamos volver antes de que alguien nos eche en falta.
Salieron juntos, atravesando el pabellón en silencio. La humedad y el eco volvieron a ocupar su sitio.
Al cruzar al exterior, el aire frío les dio de frente. Jac soltó su mano.
Caminaron uno al lado del otro. Paula lo miró una vez, luego otra, buscando esa distancia clara que había visto en él tantas veces, y no la encontró.
Jac caminaba contenido, aunque había una ligera descoordinación en el ritmo. La mirada no estaba fija en ningún punto concreto. La sensación que transmitía no era distancia, sino vulnerabilidad. Y eso fue lo que la dejó sin defensa.
Cuando llegaron al pabellón nuevo, se detuvieron. Jac tardó un segundo en hablar. Quería cerrar aquel momento sin dañarlo y no sabía cómo hacer algo así. Al final recurrió a lo único que tenía: la frase más simple.
—Buenas noches. Mañana hablamos.
No había frialdad en el tono, solo límite. Y una torpeza emocional que Paula reconoció enseguida: no se estaba alejando por indiferencia, sino porque aquella cercanía lo había desarmado y no tenía recursos para afrontarlo.
—Está bien, Jac —dijo ella—. Mañana hablamos.
Él marcó el código y entró.
Paula se quedó fuera unos instantes, inmóvil, con la sensación todavía en el cuerpo.
Lo que acababa de pasar no se parecía a nada que hubiera vivido antes. No por lo físico, sino por lo real que había sido todo allí dentro.
Y justo por eso dolía. Porque en el pabellón antiguo habían sido él y ella, sin embargo, fuera volvían a ser el acusado de homicidio y la psiquiatra responsable de su tratamiento.
Había sido una burbuja necesaria, inevitable y real . Y ya había estallado.