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El abogado entró en el módulo sin prisa, con la carpeta bajo el brazo. Cerró la puerta, se sentó frente a él y la dejó sobre la mesa.
—Se está cerrando la instrucción. El juez va a dictar auto de apertura de procedimiento. La Fiscalía va a formular escrito de acusación. Es inminente.
—¿De qué me van a acusar exactamente?
—Homicidio doloso. No pueden ir por el asesinato porque no tienen base para alevosía ni ensañamiento. Eso sí, mantienen que la muerte fue intencionada.
—¿Cuánto?
—Entre diez y quince años. Con la agravante de parentesco. Es tu esposa.
—Y con jurado popular.
—Sí. Nueve ciudadanos y un magistrado presidente.
—Nueve personas que han visto mi cara en televisión.
El abogado no entró ahí.
—La Fiscalía va a sostener que hubo discusión previa, que existían amenazas anteriores y que el patrón de sangre indica agresión directa y posterior traslado del cuerpo.
—No hay cuerpo.
—No lo necesitan si convencen al jurado de que está muerta.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
—Nuestra estrategia no va a ser negar los hechos sin más. No es creíble con lo que hay. Vamos a centrar la defensa en tu estado mental en el momento de los hechos.
—Disociación.
—Sí. Eximente completa si conseguimos acreditarla con contundencia. Y, si no, eximente incompleta muy cualificada.
—¿Y eso en qué se traduce?
—Si prospera la eximente completa, no habría pena de prisión. Habría internamiento en centro psiquiátrico penitenciario. Si no, intentaremos reducir la pena.
—Sabes tan bien como yo que la eximente completa no se consigue solo con disociación y amnesia.
—Por eso vamos a trabajar una alteración psíquica grave bien sustentada.
—¿Y si el jurado decide que estoy fingiendo?
—Entonces hablaríamos de quince años.
—Así que todo depende de si creen que estoy loco o que soy un monstruo.
—Depende de si creen que en ese momento estabas en pleno dominio de tus facultades.
Jac esbozó una sonrisa cansada.
—Tendremos que decidir si declaras.
—Si declaro, no voy a mentir.
—Eso se da por hecho.
—No. No se da por hecho. Si no recuerdo algo, diré que no lo recuerdo. Si no lo sé, diré que no lo sé. Y si lo que me preguntan puede perjudicarme, me acogeré a mi derecho a no responder.
—Habrá que cuidar cómo te perciben.
—¿Por qué importa?
—Porque importa.
—Pues te lo ahorro. Me van a percibir como frío, distante y sin emociones. Un psicópata.
—Entonces tendremos que trabajar cómo explicas lo que te pasa.
—Tampoco voy a hacer teatro.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
—Se trata de no ponértelos en contra en el primer minuto.
—Jordi, no encajo en los moldes sociales que se consideran correctos; nunca lo he hecho. Y mi credibilidad no va a mejorar si intento actuar.
—La forma en que te expresas importa. Y eso se puede trabajar.
—No voy a ensayar emociones.
El abogado cerró la carpeta.
—No tenemos que decidirlo hoy.
Se levantó y salió.
Dio dos pasos por el pasillo antes de verla. Paula estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados.
—¿Ya está?
—Sí. Le he notificado que el cierre de la instrucción es inminente.
—¿Cómo lo has visto?
—Si se muestra así delante del jurado, lo tendrá difícil.
—Entiendo por qué lo dices. No es que no quiera mostrarse cercano, es que no sabe hacerlo. Y si intenta forzarlo parecerá inseguro y artificial.
—Entonces tendremos que encontrar otra manera de que se le entienda.
—Puedo trabajar con él para que modere o suavice un poco las formas.
—Más nos vale. Haz lo que puedas.
Cuando Jordi se marchó, Paula se quedó unos segundos en el pasillo: quince años, internamiento, jurado popular, preventiva...
Palabras simples para nombrar algo brutal: que podían llevárselo en cualquier momento y que quizá, cuando eso ocurriera, todo lo que aún quedaba suspendido entre ellos se quedaría allí, sin un lugar donde caer.