38
La puerta sonó dos veces antes de abrirse. Jac levantó la vista desde la cama. Seguía sentado contra el cabecero, todavía con la sensación de estar en un cuerpo que no era suyo. Cuando vio asomar a Víctor, lo primero que pensó fue que ya no llevaba el uniforme.
—¿Se puede? —preguntó, mostrando solo media sonrisa.
Jac lo miró un segundo.
—Ya estás fuera de turno.
—Sí —respondió Víctor, entrando igual—. Pero me había dejado una cosa.
Cerró la puerta con el pie y se sentó en la silla, al revés, apoyando los brazos en el respaldo. Se quedó mirándolo un momento y al final negó con la cabeza.
—Joder, tío.
Jac arqueó apenas una ceja.
—Eso suena fatal.
—Ya. Es que... vaya movida.
Hubo un silencio corto.
—¿He hecho o dicho algo muy comprometido? —preguntó Jac.
Víctor soltó aire por la nariz.
—Sabes que yo no te puedo contar nada. La doctora me capa, tío. Y me queda mucha vida por delante.
—No te estoy pidiendo detalles. Solo quiero saber si me tengo que preocupar.
Víctor se rascó la nuca.
—Pff... Yo diría que no. O sea, creo que no. Pero te digo una cosa: yo nunca había visto una disociación en directo.
—¿Y?
—Acojona. En las pelis siempre tiene como un aura, yo qué sé, como de cosa fuerte, intensa, casi guay.
En la vida real, no. Solo impacta. Es raro de cojones.
Tienes a alguien sufriendo en tu cara y ni siquiera puedes llegar a él.
Ya sé que me estoy explicando mal —añadió enseguida—.
Bueno, tú eres psiquiatra, ya sabes lo que quiero decir.
—¿Quieres que te cuente un secreto médico?
—Dale.
—Eso de que los psiquiatras entendemos siempre todo lo que nos cuentan no es verdad. Hay muchas veces que no entendemos una mierda. Lo que pasa es que ponemos cara de que sí, soltamos una frase que suena profesional y el otro piensa que le hemos descifrado el alma.
Víctor soltó una carcajada.
—Qué cabrones sois.
—Bastante.
El silencio que siguió fue más ligero. Víctor se incorporó y abrió la sudadera con una teatralidad exagerada y sospechosa.
—Bueno. El caso es que yo no debía subir a verte y, en realidad, tampoco debía traer esto.
Sacó una bolsa de papel doblada y la dejó sobre la cama.
Jac la miró sin tocarla.
—¿Qué has hecho?
—Nada grave —dijo Víctor, sacando cosas—. Bocadillo de jamón ibérico. Refresco. Tarta de queso. Y esto...
Le tendió un vaso térmico.
— Chai latte . Para después. Todo cerrado, todo recién comprado.
Jac lo miró con incredulidad.
—¿Tú te quieres quedar sin trabajo?
—En principio me vendría fatal, así que no.
—Sabes que te estás pasando las normas por el forro de...
—Totalmente.
—Víctor...
—¿Se va a enterar alguien?
Jac alzó la vista.
—No.
—Pues ya está.
Se encogió de hombros.
—Tío, no te vas a comer otro trozo de pollo lavado bajo el grifo esta noche. Bastante tienes ya.
Jac desvió la vista hacia la bolsa.
—Gracias. No solo por la comida —añadió—. Por todo.
Levantó los ojos.
—Pero no vuelvas a hacer algo así.
Víctor alzó las manos.
—Recibido.
Se puso en pie y caminó hacia la puerta. Ya con la mano en el pomo, se giró.
—Y oye. No has hecho nada malo. Lo de antes.
Víctor salió y cerró la puerta con suavidad.
Jac se quedó un momento mirando la bolsa antes de abrirla. El olor le llegó primero: pan caliente, jamón y aceite.
Le dio un mordisco.
El pan crujió de verdad. El jamón estaba tibio, salado, con esa grasa fina que se deshacía al masticar. Cerró los ojos un instante.
—Joder...
Llevaba meses comiendo solo lo que podía controlar, desconfiando de todo lo demás.
No había un motivo razonable para creer que podían ponerle algún tipo de medicación en la comida, tampoco existía ninguno para poder descartarlo del todo.
No se fiaba de Josep y necesitaba tener la seguridad absoluta de que no entraba en su cuerpo nada que pudiera alterar su percepción de la realidad.
Le dio otro mordisco. El aceite le manchó los dedos. No le importó.
«Se ha jugado el trabajo por mí», pensó.
Apoyó un momento el bocadillo sobre el papel y tragó despacio.
Cuando lo dejó un instante para abrir el chai latte , se llevó la mano al hombro izquierdo por pura inercia. Esta vez, al apretárselo, notó algo distinto.
Sabía que era solo una tregua y no duraría. Sin embargo, durante unos minutos, mientras cenaba en aquella habitación cerrada, no se sintió solo.
Llamaron a la puerta una vez, suave.
—¿Se puede?
Paula abrió lo justo para asomarse y, al verlo, terminó de entrar.
Se detuvo un segundo al percibir el olor.
—Vaya —dijo—. Hoy has subido de nivel.
—Víctor.
Ella asintió, sin sorpresa.
—Ya. ¿Le has dicho que no vuelva a hacerlo?
—Sí.
—Bien.
Paula se apoyó un momento en el respaldo de la butaca, sin llegar a sentarse.
—¿Cómo estás?
—He cenado mejor que... —dejó la frase a medias—. No recuerdo la última vez.
Paula asintió, apenas.
—Hay algo que no he dicho delante de Cruz porque no necesito darle más motivos para pensar que estoy fingiendo. Pensaba contártelo en otro momento, pero no puedo quitármelo de la cabeza. Y tú y yo sabemos, doctora Allende, que la rumiación persistente es una mierda del tamaño de Alabama.
—¿Alabama? No había escuchado esa expresión en mi vida. Lo normal es Texas, ¿no?
—Depende del tamaño de la mierda que estés nombrando. La rumiación es mala, aun así, no es lo peor. Es Alabama, pero no llega a Texas.
Paula negó, con una sonrisa.
—Perdona. No quería desviar el tema. Háblame de eso en lo que no puedes dejar de pensar.
—Suena un poco a peli de terror de serie B. Lo sé. Voy a contarte lo que hay, sin más. No es el jardín —añadió—. Eso... sé que es simbólico y me hago una idea de lo que significa. Esto viene después.
—No intentes explicarlo —dijo al final—. Quédate en lo que ves.
Jac asintió. La mirada volvió a perderse, aunque no del todo. Seguía allí. Cuando habló, lo hizo más despacio.
—Estoy en el comedor de casa. La foto en la que salíamos con Emma no está... Hay una mancha, no es de contacto, la pared está sangrando, desde dentro, la sangre brota a borbotones del lugar donde debería estar la niña.
Se llevó la mano al esternón sin darse cuenta. La presión le tensó la respiración.
—Aparto la vista y la sangre no se va. No lo estoy imaginando —añadió más bajo—. Está ahí. Y entonces... No hay nada. Pero lo sé.
—¿Qué sabes?
Jac levantó los ojos. Esta vez sí la miró.
—Que está muerta. Mi hija está muerta y he sido yo.
El silencio se cerró un poco más.
Un segundo después negó.
—No porque la haya matado, sino porque no lo evité.
Se pasó la mano por la cara.
—Voy a la habitación, ahí no encuentro nada.
No puedo verlo. Aun así, sé que está delante de mí.
Mi mente y sus putas puertas. Mi cabeza ha cerrado el acceso a la verdad.
Busco algo más. Tengo que conseguir entrar en el recuerdo.
Entonces... noto ese olor. La barrera no puede pararlo, se me pega a la garganta y no puedo respirar.
—¿Dama de noche?
Jac asintió.
—Siento frío. Mucho. Todo se congela dentro de mí.
—¿Y luego?
—Vuelve.
—¿El qué?
—La certeza. Emma está muerta y es culpa mía. Soy responsable de todo lo que ha pasado porque he fallado, porque no la protegí.
—Lo que estás viendo no es real; son imágenes simbólicas. Y esto es tu interpretación. Podrían significar muchas otras cosas.
—Lo sé, Paula. No puedes matar a alguien que no llegó a nacer.
Soy consciente de cómo se ve todo esto desde fuera.
No intento que me creas, solo necesitaba decirlo en voz alta para ver si sonaba más razonable y...
no, para nada, suena aún peor. Regularé esta sensación, solo necesito un poco de tiempo.
Sonó cansado. Se frotó las manos, necesitaba anclarse a algo físico.
Paula se levantó despacio.
—Descansa.
Jac asintió.
Cuando Paula salió, el pasillo estaba en silencio.
Se quedó un segundo allí, sin avanzar, con la mano todavía cerca del pomo.
Soltó el aire despacio, cerró los ojos, inspiró hondo y se recompuso.
Cuando echó a andar, ya no quedaba ninguna huella de dolor ni frustración en su expresión. Solo la máscara de calma profesional que había aprendido a ponerse cuando no podía permitirse otra cosa.