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Cuando fueron a buscarlo, Jac ya estaba preparado. Paula abrió la puerta de la sala donde esperaba, él estaba de pie. Parecía tranquilo; no relajado, sino decidido.

Al ver a los agentes en el pasillo comprendió de inmediato lo que iba a pasar. Durante un segundo miró las esposas que uno de los guardias llevaba en la mano y después adelantó las muñecas. El clic metálico resonó en el pasillo con una claridad incómoda.

Paula sintió un golpe seco en el estómago. No era la primera vez que veía a alguien esposado, pero sí la primera que lo veía a él, y no era fácil.

Jac avanzó entre los agentes. Ya no era el paciente que se sentaba frente a ella en consulta, sino un hombre investigado por homicidio y escoltado por la policía.

—Está todo bien. Está perfecto —dijo Jac con una sonrisa amarga —. A ver, no mola tanto como la camilla con la máscara de Hannibal Lecter, pero las esposas también tienen su punto.

Caminaba al lado de Paula sin mirarla. No estaba enfadado ni desafiante; no obstante, había algo duro en su expresión, una quietud cerrada que ella conocía bien.

Al salir del edificio, el aire de la mañana les dio de frente. No hacía frío, aun así, el contraste con el interior se sintió como una bofetada limpia.

El coche policial esperaba junto a la puerta lateral, sobrio, evidente. Le abrieron la puerta trasera.

Jac se inclinó para entrar y, por primera vez desde que le habían puesto las esposas, Paula vio una fisura.

Fue mínima: en cuanto el coche arrancó y la verja del psiquiátrico quedó atrás, sus hombros descendieron, una caída casi imperceptible, aunque real.

Bajó la cabeza, juntó las manos esposadas a la altura del pecho y apoyó la frente en los nudillos.

Luego se masajeó el puente de la nariz, despacio, sin dramatismo.

Víctor esperó un momento antes de hablar.

—¿Estás bien?

Jac no respondió enseguida. Respiró una vez, hondo, controlado. Cuando alzó la cabeza, la mirada seguía firme, a pesar de que tenía menos dureza.

—Sí. Vamos allá.

No añadió ninguna broma. No hacía falta. Víctor entendió: no estaba bien y aun así estaba decidido.

Paula iba en el vehículo que los seguía. Agradeció no ir en el mismo coche que Jac. Verlo de cerca le habría hecho la mañana más cuesta arriba.

La reconstrucción empezó en la casa.

No entraron todos de golpe. Cruz dio primero unas instrucciones al equipo y luego se volvió hacia Jac.

—Explica qué hiciste esa mañana antes de salir.

Jac miró la fachada unos segundos. La casa no había cambiado y, sin embargo, todo en ella le resultaba ajeno. Cuando habló, lo hizo sin precipitación.

—Desayunamos. Después salimos. Lara tenía mucha prisa. No recuerdo adónde íbamos ni qué se suponía que no podía esperar, eso sí, la urgencia era suya, no mía. Yo pensaba que daba igual salir diez minutos más tarde.

Cruz asintió para que continuara.

—Emma ya estaba vestida. La había preparado yo. Fui a buscarla, la saqué de la cuna, la puse en la sillita del coche y salimos.

Volvieron a subir a los coches.

Utilizaron el de Jac para la parte importante de la reconstrucción. El vehículo había sido intervenido, analizado y conservado, pero seguía siendo el escenario físico del caso.

Cuando abrió la puerta y miró el interior, sus ojos fueron directamente al asiento trasero, al lugar exacto donde iba la sillita de la niña.

Ahí se detuvo un segundo.

No dijo nada, pero cogió aire antes de entrar.

Una vez en carretera, Jac fue indicando la ruta con precisión tranquila.

—Salimos por allí. Cogimos esa secundaria. Íbamos en dirección al pueblo para enlazar con la nacional.

El recorrido era sencillo, pero lo señaló con la necesidad de fijarlo.

Durante varios minutos no pasó nada. Hasta que llegaron a una zona donde la carretera se abría y dejaba junto al arcén una especie de ensanche de tierra, un apeadero improvisado entre el guardarraíl y el bosque.

Jac se incorporó.

—Un momento. ¿Pueden parar aquí?

El coche se detuvo. También el de detrás.

Cruz se volvió hacia él.

—¿Aquí?

Jac tardó un segundo en responder. Miraba fuera.

—Sí. Aquí pasó algo.

Lo ayudaron a bajar. Se quedó quieto junto al borde del arcén, observando el lugar.

—Íbamos discutiendo. Discutíamos desde que salimos de casa y aquí...

Se quedó un instante concentrado.

—Recuerdo haber cambiado de marcha de una forma brusca. Muy brusca, con rabia. Y recuerdo que ella gritaba. Y Emma lloraba mucho.

La última frase salió más baja.

—No sé si llegué a parar o si solo pensé en hacerlo. Sé que este punto importa.

Buscó a Paula con la mirada. Ella asintió sin intervenir.

Subieron de nuevo al coche y siguieron avanzando. Unos minutos después, Jac señaló la abertura por la que, según él, debió de haberse salido de la carretera.

—Creo que fue por aquí. Lo digo por lógica, no porque lo recuerde. El coche estaba abajo, así que debí de salir por este punto.

Bajaron hasta la zona donde, según su versión, había quedado el coche. Allí el terreno se abría en una pequeña explanada irregular antes de volverse bosque. Jac miró alrededor, orientándose, y señaló el lugar.

—El coche estaba aquí, lateral y un poco inclinado hacia ese lado. Los árboles rozaban la puerta del copiloto.

Cruz lo dejó hablar.

—Cuando me desperté no entendí nada al principio.

Solo recuerdo una sensación de pesadez, como si me costara terminar de situarme.

Estaba mareado, aturdido. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron mis manos, las tenía manchadas de sangre.

Luego me miré en el retrovisor y vi que también tenía sangre en la cara.

Se pasó la lengua por el labio seco.

—Entonces entendí que nos habíamos salido de la carretera.

Miré al asiento del copiloto. Lara no estaba.

Intenté quitarme el cinturón y me costó.

Se me resbalaban las manos y, además, parecía atascado.

Tiré más fuerte y al final lo solté. Al salir, me dio la impresión de que no iba a aguantarme en pie.

Cuando me dio el aire, me despejé un poco.

Cruz intervino sin elevar la voz.

—¿Miró atrás?

Jac giró la cabeza muy despacio hacia la parte trasera del coche, con la necesidad de comprobar algo que ya sabía que no iba a encontrar. Miró el espacio donde había estado la sillita y apartó la vista.

—No lo sé. De hecho, es como si la parte de atrás del coche no existiera. Sé que debería haber mirado. Lo lógico es que lo hiciera. Con sinceridad, no tengo ese recuerdo. En mi memoria solo aparecen el asiento del conductor y el del copiloto. Lo demás está en blanco.

Cruz lo miró perplejo, aunque no lo contradijo.

Jac siguió.

—Llamé a Lara. No contestaba. Entonces fui hacia el bosque... Tuve la certeza de que tenía que irme. No sé de dónde salió esa idea. No sé por qué era tan urgente. Solo sé que pensé eso: «Tienes que volver a casa».

Caminó unos metros entre los árboles, sin internarse demasiado. Avanzó, miró alrededor y se quedó quieto. Durante unos segundos permaneció allí, con la vista fija en un punto que parecía existir solo para él.

Respiró una vez, despacio, y se giró.

—No sé. No recuerdo nada más.

Se dirigió hacia el vehículo.

—El coche arrancó sin problemas. Lo apagué.

Pensé: «Tienes un golpe fuerte en la cabeza, estás desorientado, ¿estás seguro de que puedes conducir?

». Y me respondí que, si era capaz de hacerme esa pregunta, era capaz de conducir hasta casa.

No digo que fuese una buena conclusión, fue la que hice.

Así que arranqué de nuevo y me fui. Eso es todo lo que recuerdo en este lugar.

Cruz no dijo nada de inmediato, observó el entorno y acabó rompiendo el silencio.

—Volvamos a la casa.

Paula observó a Jac con toda la atención puesta en su respiración, en sus hombros y en la tensión de la mandíbula.

Aún aguantaba.

Subió de nuevo al coche.

Minutos después, entraron en la casa.

Nada más cruzar el umbral, Jac se detuvo de golpe.

Avanzó unos pasos.

—Masferrer, ¿qué hiciste cuando entraste aquí? —empujó un poco Cruz.

—No estoy seguro. Diría que fui a la cocina. Y... creo que de la cocina fui a nuestra habitación.

Hizo una ligera mueca.

—No tiene sentido. Lo lógico habría sido ir al salón primero.

Cruz indicó.

—Adelante.

Jac caminó hacia la habitación principal, abrió la puerta y entró. Miró alrededor sin detenerse en nada.

—Esto ya os lo expliqué. Nada más entrar noté un pinchazo en la frente. Me toqué y la herida sangraba otra vez. Llamé a Lara. Me salió que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Me mareé, por eso me apoyé en la pared. Llamé a todos los hospitales cercanos. No constaba en ninguno.

Entró en el baño y se colocó frente al espejo.

—Vi la herida. Pensé en poner tiras, supe enseguida que no iba a servir, necesitaba sutura. Así que me duché.

—¿Seguro? —preguntó Cruz.

—Sí. Me duché y me cambié de ropa.

Después salió y volvió a la cocina.

Abrió el grifo. El agua corrió con un sonido claro. Metió las manos bajo el chorro.

De pronto se quedó quieto.

—Hay... sangre.

Paula dio un paso en su dirección.

—Hay mucha sangre.

Se miró las manos.

—¿Por qué hay tanta? No tengo... no tengo nada.

Se giró hacia el salón y avanzó sin esperar respuesta. Paula lo siguió con la mirada.

Él fijó la vista en la pared hasta que, de pronto, se volvió hacia la cristalera y se quedó inmóvil frente al vidrio.

No era una simple mirada. Toda su atención parecía haberse quedado atrapada al otro lado del cristal.

—Jac.

La voz de Paula fue suave y al mismo tiempo firme.

No respondió.

—¿Qué estás haciendo? —insistió Cruz.

—Jac —repitió Paula, acercándose un poco—. Escúchame.

Él no reaccionó.

—Jac, estoy aquí. No te vayas.

Víctor se tensó a su lado.

—Mierda... ¿Qué hago?

—Nada. Espera.

Paula no apartó los ojos de Jac.

—Jac, respira. Vuelve.

Silencio. Un segundo. Dos. Y entendió que ya no podía llegar a él.

—No va a contestarte, Cruz.

—¿Por qué no? ¿Qué coño le pasa?

—Porque ahora no puede. Dame un momento.

Dentro de Jac, el jardín estaba oscuro.

Junto al árbol apreció un movimiento. Observó con atención y distinguió a una mujer con un vestido de verano claro, con un estampado de flores que al principio le pareció normal.

Pero no lo era.

Las flores no estaban quietas, se movían en la tela.

Jac tardó un segundo en entenderlo.

No eran flores.

Eran jilgueros.

Y en cuanto los descubrió, dejaron de fingir. Uno se desprendió, luego otro, después varios... Hasta que todos empezaron a salir del tejido, batiendo las alas, llenando el aire de golpe.

El sonido llegó después, demasiado alto, demasiado cerca.

El pecho se le cerró.

La mujer avanzó hacia el centro del jardín, la luz la seguía de una forma extraña.

Jac lo supo antes de verla bien.

Lara.

Abrió los brazos. Sostenían un peso, envuelto, inerte.

Emma.

Colgaba de sus brazos sin tono. Jac intentó moverse. No pudo.

Los jilgueros seguían cantando, cada vez más cerca, cada vez más dentro, hasta que el sonido dejó de ser un canto.

Se volvió madera.

Aire forzado por una boquilla.

El silbato.

El mismo timbre. La misma altura. La misma cadencia imperfecta.

Y entonces ya no estaba en el jardín.

El pasillo apareció antes que el resto de la casa, con la puerta al fondo, cerrada. Nunca la dejaba así, se quedaba abierta, como mucho entornada. Se ahogaba si cerraban las puertas.

Intentó avanzar.

No pudo.

Y entonces el jardín se rompió.

No desapareció de golpe. Se deshizo, aunque no lo suficiente.

El aire se espesó.

Durante un segundo todo siguió ahí, los pájaros, el sonido, el peso en los brazos de Lara...

Jac apoyó la mano contra la pared sin saber qué estaba tocando. No lo trajo de vuelta y, sin embargo, bastó para que el cuerpo reaccionara.

El aire entró de golpe, se dobló hacia delante y entonces avanzó. No pensó. Corrió.

—¡Eh! ¿Dónde va? —dijo Cruz.

—Déjalo.

Jac cruzó el salón sin ver, siguiendo una orden que no pertenecía al presente. Llegó al pasillo y lo recorrió con una urgencia torpe. El espacio no parecía coincidir con lo que esperaba encontrar.

La puerta.

Se quedó parado en el umbral, un segundo, dos...

Avanzó hasta el centro de la habitación y se quedó unos segundos mirando a un punto indefinido. Alargó el brazo hacia algo impreciso y miró sus dedos, extrañado, sin parecer reconocerlos.

Las piernas le cedieron y cayó de rodillas.

Fue un desplome: apoyó las palmas con fuerza sobre el parqué, dejó caer la cabeza hacia el pecho.

En el silencio, solo se oía su respiración entrecortada, hasta que la palabra lo rompió.

—No... —la voz le salió rota y sin fuerza—. Lo siento...

El cuerpo le tembló un poco.

—He sido yo.

Paula se agachó frente a él sin tocarlo.

—Jac. Mírame.

Esperó.

—Jac.

Nada.

Entonces hubo un pequeño cambio en la respiración y levantó los ojos vidriosos, todavía perdidos en algún lugar lejano.

Ella le mantuvo la mirada, firme.

—Dime tu nombre.

—Jac... Jacob Masferrer.

—Bien. ¿Dónde estás?

—En... mi casa.

—Exacto. Quédate aquí. Respira conmigo.

Jac obedeció al segundo intento y el aire empezó a entrar de verdad.

Se llevó una mano a la cara.

—¿Qué ha pasado?

—Eso mismo queremos saber nosotros —dijo Cruz.

—Ahora no —cortó Paula.

Jac bajó la vista hacia sus manos. No había nada, aun así, el gesto se mantuvo un segundo más.

—Estabas en la cocina —dijo Paula—. Has venido aquí.

Jac asintió, aún desfasado, y respiró otra vez.

—Vale...

Cruz negó con la cabeza.

—¿Esto ha sido una especie de trance? ¿Es lo que vosotros llamáis disociación?

Paula se tomó un segundo.

—Sí, es disociación. Un trance implica cierto control. Esto no.

En el coche de vuelta, Jac habló de pronto, sin apartar la vista de la ventanilla.

—Se enfadó muchísimo conmigo por las estrellas.

—¿Qué estrellas? —preguntó Cruz.

—Las de la habitación de Emma. Las fluorescentes. Las pegué dos días antes del accidente. Constelaciones: Capricornio, Piscis, Aries. La de la niña en medio y las nuestras a los lados.

Se encogió de hombros.

—Me pareció bonito... Yo qué sé. No lo recordaba así. Me ha venido ahora, de golpe.

Más tarde, en el módulo, Paula lo acompañó hasta su habitación.

Cuando la puerta se cerró, el silencio se impuso.

Jac se sentó en el borde de la cama.

—¿Qué quieres preguntarme?

—Ahora no.

Paula se acercó y le apoyó la mano en el hombro un instante.

—Has hecho algo muy difícil. Descansa, come algo, hablaremos cuando estés mejor.

Cuando Paula retiró la mano, él se tocó el hombro con sus propios dedos. Paula lo vio, no dijo nada. Le hubiera gustado abrazarlo, aunque no podía. No era la primera vez que el cuerpo le pedía acercarse a él cuando lo prudente era mantener la distancia, y justo por eso salió de la habitación.