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Paula llevaba días con esa frase clavada en la memoria.
La fiscal quería una segunda reconstrucción.
No lo había planteado como una sugerencia, sino como una decisión pendiente, esperando el momento en que le dieran el visto bueno.
Cuando se lo comunicaron, Paula había respondido lo único que podía responder entonces: «Cuando esté en condiciones de soportarlo».
Y lo había mantenido. No por protegerlo ni por una debilidad que no quisiera reconocer, sino porque hacerlo antes no hubiera sido prudente.
Jac no era un detenido cualquiera. Era su paciente, un paciente psiquiátrico ingresado, con una memoria fragmentada y un historial claro de disociación.
Sacarlo del entorno controlado de la consulta y exponerlo a los escenarios reales no era solo una diligencia judicial; era una intervención directa sobre un sistema nervioso que ya había demostrado que podía quebrarse en silencio.
Hasta ese momento no había dado el visto bueno porque no podía hacerlo. Venía de una escalada demasiado dura: la declaración de la vecina, las fotos, Marc, el golpe de Emma... y después el jilguero y la puerta verde abriéndose a la fuerza, sin preparación.
Se recostó en la silla y dejó que la mirada se perdiera un instante en el despacho. Todavía podía oír su propia voz anclándolo al presente mientras el cuerpo ya no distinguía dónde estaba.
La fiscal no pedía aquella reconstrucción por salud mental. La pedía por el caso, por la posibilidad de encontrar una grieta bajo presión. Paula lo entendía, sin embargo, su trabajo no era provocar esa tensión, sino evitar que lo rompiera.
Ahí estaba el problema.
Si decía que no, la fiscal y el juez insistirían. Jac acabaría intentando recuperar la memoria por su cuenta. Y eso sí era peligroso.
Si aceptaba, podía abrir una vía útil o empujarlo demasiado lejos.
Se imaginó la escena: la carretera, la casa, la policía alrededor, las preguntas y los silencios. Y a Jac aguantando hasta que un detalle cualquiera, un olor, una luz o un sonido tirara de él demasiado fuerte.
Así no.
Reformuló la pregunta.
¿Qué podía aportarle aquella reconstrucción en el mejor de los casos? Un acceso. Una asociación. Algo que luego pudiera trabajarse en consulta.
¿Y en el peor? Una disociación delante de la fiscal. Un cierre completo. Perder todavía más terreno.
Aun así, había una verdad imposible de ignorar: si no lo acompañaba ella, eso no impediría que ocurriera. Lo dejaría solo frente a ello.
No se trataba de decidir si exponerse o no. Se trataba de decidir cómo hacerlo.
Sí, con las condiciones adecuadas.
Cogió el teléfono, lo dejó sobre la mesa y tardó unos segundos en marcar.
El coche y la casa eran escenarios delicados.
Ahí estaba el verdadero riesgo. No porque Jac fuera débil, sino porque estaba decidido a recordar.
—Cruz, si hablamos de una reconstrucción in situ , necesito ser muy clara.
—Adelante.
—Jac podría hacerla, aunque no en cualquier condición. Yo tendría que estar presente todo el tiempo.
—Eso no siempre depende de nosotros.
—Entonces lo dejaré por escrito. Si no estoy, no puedo avalarla clínicamente.
Hizo una pausa.
—Además, debe poder detenerse en cualquier momento, sin dar explicaciones. No se le puede presionar para avanzar. Y si aparecen indicios de disociación, por leves que sean, se suspende.
—Suspenderla no es decisión tuya —dijo Cruz.
—No, pero sí es mi obligación advertirlo. Si se rompe allí, no vais a obtener información y el cuadro va a empeorar. Y eso también lo reflejaré en el informe.
—Necesito algo más que advertencias.
—No son advertencias, son condiciones clínicas mínimas. Si queréis que yo esté y que el proceso sea útil, tiene que hacerse así. Si no, tendré que informar en contra.
Cruz exhaló despacio.
—Lo trasladaré.
Cuando colgó, se quedó un momento reflexionando. No era una decisión segura y, aun así, era la única coherente. Jac ya no estaba huyendo del trauma; estaba avanzando hacia él. Y en ese punto, su trabajo no era cerrar puertas, sino acompañarlo.
Paula fue a verlo, comprobó que estaba más tranquilo y entonces le contó lo que había hablado con Cruz.
—La fiscal ha vuelto a pedir una reconstrucción.
Jac alzó la vista al instante, no con sorpresa, sino con algo más inquietante: alivio.
—Quiero hacerlo —afirmó sin rodeos.
La facilidad de la respuesta la puso en guardia.
—No hay control del entorno ni del ritmo. Es volver al coche y a la casa.
—Lo sé, Paula. La parte emocional está bastante jodida, pero la racional funciona sin problemas.
—La primera reconstrucción no sirvió para nada. Cruz dice que fue como sacar a pasear una estatua de mármol. Es probable que no fuera porque no quisieras colaborar, sino porque era demasiado pronto.
Jac negó despacio.
—Cruz tiene razón. Pero no fue disociación, ni despersonalización, ni desrealización—dijo—. Fue control.
Paula no lo interrumpió.
—No me fiaba de nadie —continuó—. Estaba Salvat y la policía, y sabía que si algo se activaba iban a querer respuestas inmediatas. Así que no podía permitírmelo. Me cerré. Nada entraba y nada salía. Seguí el recorrido como quien sigue un plano técnico.
—Ahora no estás ahí.
—No —respondió él—. Ahora es posible que se active algo. No sé si allí o después, pero puede pasar.
—Y también puede pasar que no puedas aguantarlo —replicó Paula.
—Lo sé —respondió él—. Pero mi mente tiene una forma espectacular de gestionar estas cosas. Si algo es insoportable, esconde la cabeza bajo tierra y decide que nunca pasó.
—Jac...
—Paula, trae una de tus redes y confía un poco en mí. Tengo urgencia y necesidad, pero no soy un kamikaze.
—Siempre con red. —Ella esbozó una pequeña sonrisa.
—La otra vez me cerré porque no me sentía seguro —añadió—. Esta vez no voy a hacerlo. Confío en ti.
Paula no respondió. Lo observó caminar hacia la puerta y entendió que esta reconstrucción no iba a parecerse en nada a la anterior.
Paula encontró a Víctor en el pasillo del pabellón nuevo, apoyado en la pared mientras revisaba el móvil, esperando a que acabara un cambio de turno. Al verla, lo guardó y levantó la cabeza.
—¿Tienes un minuto?
—Claro. Dime.
—La policía quiere repetir la reconstrucción.
Víctor frunció el ceño.
—¿Otra vez? Joder... Si no se acuerda, no se acuerda. No puedes sacarle información a alguien a base de pasearlo por los sitios. Tiene que ser durísimo revivir el peor día de tu vida mientras un grupo de personas espera que de repente digas: “Ah, sí, ahora me acuerdo”. Es una putada.
Paula asintió.
—Lo es. Y muy grande. Pero esta vez él quiere hacerlo.
—Joder... Es valiente.
—O temerario.
Hubo un instante de silencio.
—Quiero que vengas tú.
Víctor levantó un poco las cejas.
—¿Yo? Hace seis meses aún era celador. Soy enfermero en rodaje.
—Y el más joven del equipo, lo sé —dijo Paula sin dejarle avanzar—, pero contigo es más fácil. Lo conoces, sabes cómo reacciona y vas a detectar antes que nadie si empieza a descompensarse. Y, si eso pasa, es mucho más probable que te escuche a ti que a cualquier otro.
Víctor la miró, valorándolo.
Paula le puso la mano en el hombro.
—No necesito a alguien con más experiencia. Necesito a alguien que, llegado el momento, lo vea como una persona.
Víctor bajó la vista un segundo y asintió para sí.
—A mí me gustaría ir —dijo al final con una media sonrisa—. Me cae bien. La gente dice que es raro, que es borde, pero el tío no finge nada. Dice las cosas tal y como son. Si es sí, es sí. Si es no, es no. A la mayoría eso le sienta fatal, a mí me parece bueno. Con él sabes siempre dónde estás.
—Por eso te lo pido a ti.
—Vale. Cuenta conmigo. A tope.
—Gracias.
Se separaron ahí, sin necesidad de añadir nada más.
Mientras se alejaba por el pasillo, Paula pensó que había tomado la decisión correcta. Si hacía falta, Víctor no iba a intentar contenerlo, iba a regularlo.