Recuérdame ​​35
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Un par de días después, Jac se sentó frente a ella y habló. No del momento. Nunca del momento. Habló de antes, de cómo lo había conocido en el bosque, de los pájaros y del silbato de madera que sonaba casi igual que los jilgueros.

—Apareció un día en el pueblo, sin más, y empezó a vivir en una cabaña en el bosque. Tendría veintitantos o treinta años como mucho. Caía bien. Era abierto, hablaba con todo el mundo, también con los niños.

»Yo iba al bosque por las tardes, solo, y un día nos encontramos. Empezó a hablar conmigo de los árboles y de los pájaros. A mí me gustaban mucho. Me dijo que hacía silbatos que sonaban como jilgueros y que, si los tocabas, venían.

»Al día siguiente me trajo uno. Estuvimos un rato haciéndolo sonar y aparecieron pájaros de verdad. Después eso empezó a repetirse. Yo iba al bosque y él aparecía. Hablábamos y me enseñaba cosas. Se convirtió en alguien en quien confiaba.

»Me dijo que no se lo contara a nadie, que los adultos a veces estropeaban ciertas cosas. Yo no entendía muy bien qué quería decir, pero le hice caso.

»Un día me explicó que había hecho un silbato mejor y que quería enseñármelo. Cuando fue a buscarlo dijo que se lo había dejado en la cabaña y me pidió que fuera con él. Dudé, aunque al final fui.

»Cuando llegamos supe que no tenía que entrar. No sabía por qué, solo lo sentía. Aun así, entré.

—No te equivoques ahí. No cometiste ningún error. Tenías ocho años. Era un adulto. Confiabas en él. Nada de lo que pasó fue culpa tuya.

Jac apretó los labios y continuó.

—Sacó el silbato. Lo tocó. Sonaba bien. Me dijo que era especial.

No me parecía tan distinto, aunque no quise decirlo.

Cuando me lo dio se acercó demasiado, me sentí invadido.

Quise echarme atrás, no me dejó. Me dijo que lo hiciera sonar, que si tenía miedo soplara fuerte, que el sonido haría que el miedo, la incomodidad y el dolor se fueran.

Que cuanto más fuerte soplara, menos sentiría.

Y le hice caso. ¿Qué otra cosa podía hacer? No sirvió. Nunca sirvió.

Guardó silencio un momento antes de seguir.

—Cuando salimos de allí recuerdo poco. Caminé con él hasta donde ya se veía mi casa y allí me dejó.

Antes de irse me dijo que la primera vez nunca era perfecta, que luego mejoraba.

Y pensé que iba a volver a pasar. Eso fue lo que más miedo me dio, no lo que ya había pasado, sino lo que venía después.

»Cuando llegué a casa actué como si no hubiera pasado nada. No sabía cómo explicarlo ni cómo llamarlo.

»Intenté decírselo a mi madre. Empecé a hablar con ella y no supe cómo seguir. Me dio vergüenza.

Respiró hondo antes de continuar.

—Mi madre llevaba tiempo sin encontrarse bien.

Al día siguiente estaba peor y a partir de ahí todo fue a más: médicos, pruebas e ingresos.

Hasta que nos dijeron que era grave, que no iba a mejorar.

En casa todo cambió y lo mío dejó de ser prioritario, o eso pensé.

No podía cargarla con algo así y no tenía a nadie más.

Con mi padre no hablaba. No sabía ni cómo empezar una conversación de este tipo con él. Así que me callé.

Se quedó un instante mirando la mesa.

—Dejé de ir al bosque; no sirvió de nada.

Me esperaba en el camino cuando volvía del colegio.

No había otra ruta. Yo lo veía y me quedaba paralizado.

Me cogía de la mano y yo lo seguía. No era capaz de hacer otra cosa.

Se lo decía siempre: que no quería, que me dejara irme.

Por supuesto, nunca me hizo caso. Pasamos casi un año así. Siempre igual.

»Luego mi madre murió. Cuando volví al colegio seguía teniendo miedo de encontrármelo. No volvió a aparecer. No sé por qué. Y durante mucho tiempo preferí no preguntármelo.

Hizo una pausa más larga.

—Y después, no sé cuándo, lo olvidé. Todo: la cabaña, el silbato, él. Como si no hubiera pasado nunca. Solo quedó el cuerpo: el miedo al canto de los jilgueros, a los silbatos y las náuseas cuando olía aquellas flores.

El silencio se instaló entre los dos.

Jac no levantó la mirada de inmediato y, cuando lo hizo, ya no estaba allí.

—Vale —dijo al fin—. Ya está. Eso es lo que había detrás de la puerta verde.

Se quedó en silencio un instante antes de continuar.

—Sé que esto no termina aquí. Sé que voy a tener que volver ahí y que va a ser una puta pesadilla hacerlo.

Solo que ahora mismo no puedo quedarme en esto.

Necesito recordar qué pasó el día del accidente, qué pasó en la casa, qué pasó con Lara y qué pasó con Emma.

Se me acaba el tiempo, Paula. El trauma puedo trabajarlo en la cárcel, lo demás no, no puedo volver a empezar de cero.

Si no recuerdo antes de que me trasladen, es posible que jamás lo haga.

Y tengo que saberlo. De verdad, lo necesito.

—Entiendo la urgencia y vamos a volver al coche, a la casa y a ese día, pero no así.

No después de lo que acabas de hacer aquí.

No podemos pasar de abrir esto a forzar la memoria como si fuera un archivo.

No funciona así. Si lo intentamos ahora, no vas a recordar, vas a disociar, y eso no te acerca a nada.

Así que sí, vamos a trabajar el accidente, pero despacio y con red.

Jac se quedó unos segundos en silencio, midiendo algo, y luego se recostó ligeramente en la silla.

—Algún día voy a hacer un dibujo tuyo.

Se mordió el labio por dentro para aguantar la sonrisa.

Paula alzó una ceja.

—Te veo clarísimo en mi cabeza, en un entorno lleno de redes. Redes por todas partes. No atrapada, sino cómoda, en tu hábitat natural. Siempre con red: «Baja, pero con red». «Recuerda, pero con red». «Avanza, pero con red».

Paula negó con la cabeza.

—No sé si me haces gracia.

—Creo que no, aunque sería bastante fiel.

Se levantó despacio.

—De acuerdo, doctora. Lo haremos así: con red.

—Te voy a echar.

—Vaya, ¿así, sin más?

—Así, sin más.

Jac dio un paso hacia la puerta, se detuvo. La miró un instante y sonrió.

—Voy a pedir papel y lápiz. Autorízalo.

—Fuera, Jac. Ahora.

Él abrió y salió.

Paula se quedó mirando la puerta cerrada, se pasó una mano por la cara y pensó: «Esto no puede ser normal».

Entonces se dio cuenta de que también estaba sonriendo. Acababan de salir de una sesión durísima y había sido él quien la había hecho sonreír. Y eso, justo eso, era lo que cada vez le resultaba más difícil de controlar.