34
El despacho estaba en silencio. Jac seguía en el primer escalón. Siete. Respiraba despacio, con los pies firmes en el suelo real y los hombros algo menos tensos. Paula lo observaba sin intervenir.
Entonces ocurrió.
Desde fuera, desde el jardín del pabellón, llegó un sonido breve, claro, casi alegre. Un canto. Un jilguero. Dos, quizá tres.
El trino atravesó el aire de la habitación como una cuchilla.
Jac no tuvo tiempo de anticiparlo. No subió el miedo, no escaló, no avisó. Fue inmediato.
El aire se le quedó atrapado en el pecho, sus hombros se tensaron de golpe y la espalda se arqueó apenas un centímetro, lo justo para que Paula lo viera.
—Jac... —empezó ella.
Pero ya no estaba allí.
El sonido no era un pájaro, no era un canto. Era madera, era aire forzado por un agujero tallado a pulso. Era el silbato.
El mismo timbre. La misma altura. La misma cadencia imperfecta.
«Si tienes miedo, hazlo sonar».
«Si duele, hazlo sonar».
«Cuanto más fuerte, menos lo sentirás».
El primer escalón desapareció.
No cayó. Lo engulló el abismo. La oscuridad ya no estaba al fondo de la escalera. Estaba encima, alrededor, dentro.
Humedad. Piedra. Madera vieja. El olor intenso y pegajoso de la dama de noche.
Fogonazos.
El silbato entre los dedos.
Un rostro demasiado cerca.
Arcadas.
La aspereza de la piel.
Un sofá.
Jac cerró los ojos. No fue un acto consciente, sino una retirada. Se llevó la mano al pecho y apretó el jersey con los dedos, arrugándolo contra el esternón. El movimiento fue torpe, repetitivo y automático.
—No... —murmuró—. No, no, no.
La respiración se le desacompasó. No llegó a hiperventilar. Era peor: el aire no sabía por dónde entrar.
Dentro, el niño obedecía.
Soplaba. Soplaba más fuerte.
No gritaba. No se movía. No pedía ayuda.
Soplaba.
El dolor era tan denso que no podía estallar, y eso lo hacía todavía más insoportable.
Paula no se movió.
Lo vio encogerse un poco más en la silla, la mano clavada en el pecho, los hombros hundidos. No había pánico en su expresión, había desolación, la certeza de algo irrevocable.
Las lágrimas le brotaron de golpe, sin sollozo, sin aviso. Un llanto mudo, corporal y enquistado.
—Jac —dijo, más cerca—. Jac, estás en el despacho. Mírame, ahora.
Pero el cuerpo no distinguía, el cuerpo recordaba.
El silbato seguía sonando mientras la realidad se imponía y la mente huía del cuerpo.
«Ya lo sabe», pensó Paula, «no porque lo recuerde todo, sino porque lo siente».
Se arrodilló frente a él.
—Mírame. Estoy aquí.
Su respiración se volvió más rápida, superficial.
—Para —dijo ella firme, más urgente—. Para. Sal. Sal ahora.
No gritó. No suplicó. Ordenó.
Porque ya no había escala numérica capaz de contener aquello.
Paula apoyó una mano abierta en su antebrazo, con presión real, constante.
—Estás aquí. Estás a salvo. No estás solo. Vuelve.
Jac parpadeó.
Una vez. Dos.
El canto se apagó de pronto; los pájaros alzaron el vuelo.
El silencio inundó la habitación.
Jac inhaló de golpe.
—Estoy... —intentó decir.
No pudo.
Se llevó una mano al pecho.
Paula no lo soltó.
—No ha sido culpa tuya. No has forzado nada.
Jac negó despacio.
—No... —susurró—. No quería seguir.
—Lo sé.
—No he bajado —susurró entonces, con una certeza que dolía—. Me han empujado.
Paula cerró los ojos un segundo. Sabía que era verdad.
Jac inhaló otra vez.
—No había escaleras.
La miró por primera vez desde que había vuelto del todo.
—No había escaleras. He visto una ventana. Y un sofá. Y flores.
Su expresión se torció.
—Esas flores... —murmuró—. Esas que trepan por las paredes. Nunca sé si son jazmines o dama de noche. Esas. Estaban por todas partes.
Cerró los ojos un segundo, con asco.
—Las putas flores.
Cuando volvió a mirarla, había algo nuevo en su expresión.
No era pánico.
No era confusión.
Era certeza.
—Esto sí es un recuerdo, ¿verdad? Esto no es una imagen. Esto es real.
Paula apretó un poco más su brazo.
—Sí. Es lo que parece.
No hizo falta decir nada más.
Jac se levantó despacio y caminó hacia la puerta.
—Yo... necesito estar solo.
—Claro. Si te hace falta algo, llámame.
—Sí. Gracias.
Cuando la puerta se cerró tras él, Paula se quedó inmóvil antes de dejarse caer en la silla. Se llevó las manos al rostro.
La angustia le cerró la garganta, porque nadie debería pasar por algo así.