33
Paula sabía que el riesgo no estaba en que Jac quisiera abrir la puerta, sino en cómo pretendía hacerlo.
Había en su planteamiento una urgencia peligrosa, una forma de avanzar sin protección, como si desatar el dolor de golpe fuera preferible a quedarse donde estaba.
Su trabajo no era frenarlo por miedo, sino impedir que confundiera valentía con desbordamiento.
No podía dejar que afrontara aquello solo. Cuando él dijera «quiero ir ahí, quiero abrirla», tendría que distinguir si era una huida o una decisión, y acompañarlo solo en el segundo caso.
Abrir esa puerta daba miedo. Aun así, ya no podían seguir evitándola.
Jac entró en la consulta como siempre. Saludó, se sentó, con la espalda recta y las manos relajadas.
A simple vista, no parecía arrastrar nada de lo ocurrido el día anterior.
Paula lo observó un momento, luego se levantó, fue hasta la mesa auxiliar y cogió un vaso de cartón con tapa.
—He comprado esto esta mañana. La verdad es que no me gusta nada. ¿Lo quieres?
Jac frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es?
Ella se lo tendió sin responder. Él lo cogió, lo giró, leyó la etiqueta y se quedó quieto un instante.
—No me lo puedo creer —dijo al final—. ¿En serio?
Paula se encogió de hombros.
—Quería probarlo. Error.
La excusa era mala y los dos lo sabían. Pero servía para no nombrar lo evidente: que Paula había recordado lo que Jac le había contado, había comprado aquel chai para él y se lo estaba ofreciendo de la única forma en que podía hacerlo sin convertir el gesto en algo demasiado explícito.
Jac abrió la tapa, olió el vapor especiado y negó con la cabeza, casi divertido.
—¿Cómo puede no gustarte esto?
—¿Cómo puede gustarte eso? —respondió ella, ya sentándose.
Él soltó una exhalación que rozaba la risa. No añadió nada más. Bebió.
Luego hizo justo lo que ella esperaba: se giró hacia la ventana. Sostuvo el vaso con ambas manos y dio un sorbo lento.
El cambio fue casi instantáneo: los hombros bajaron y la mandíbula dejó de tensarse.
Durante unos minutos pareció completamente absorbido por lo que veía fuera.
Paula no lo interrumpió. Revisó un par de cosas en el ordenador, sin prisas, sin marcar el tiempo.
Cuando terminó, Jac cerró la tapa con cuidado, dejó el vaso en la papelera y volvió a mirarla.
—Gracias.
—De nada.
Hubo una pausa corta.
—¿Empezamos? —preguntó él.
—Sí —dijo Paula—. Te estaba dando espacio.
Jac asintió.
—Lo sé. Te lo agradezco.
Se recolocó en la silla.
—Ya está. Podemos empezar.
Paula cerró el portátil.
—Antes de nada, quiero que dejemos algo claro. Esto no es una inmersión brusca. No vamos a forzar nada. Si en algún momento notas que te desbordas, paramos.
—No quiero parar —respondió Jac sin dureza—. Quiero entrar.
—Entrar no significa perder el control —replicó ella—. Significa mantener un pie aquí.
Jac la miró, serio.
—Lo entiendo. Por eso quiero hacerlo contigo.
Ese «contigo» no tenía carga emocional explícita; era funcional. Aun así, algo en Paula respondió antes de que pudiera evitarlo.
—Vale. Entonces vamos paso a paso, Jac.
Esperó a que él se acomodara.
—Cierra los ojos —indicó—. No imagines todavía. Primero sitúate en el cuerpo. Dime dónde estás apoyado.
—En la espalda. En los pies.
—Respira. No cambies el ritmo. Solo obsérvalo.
Jac obedeció.
—Ahora dime: ¿es de día o de noche?
—De día.
—¿Qué estación?
—Verano.
Paula asintió, aunque él no podía verla.
—Quédate en el entorno. ¿Qué oyes?
—Viento. Pájaros.
—¿El aire es frío o cálido?
—Cálido.
—Ahora sí —indicó ella—. Cuando quieras, empieza a caminar.
—Estoy entrando en el bosque.
Paula bajó aún más la voz.
—Descríbelo. No interpretes, solo dime lo que ves.
—Árboles. Mucha sombra. El suelo está húmedo.
—¿Hay alguien contigo?
—No.
—Sigue.
—Veo una construcción: una cabaña.
Paula notó cómo algo se tensaba en él.
—No te acerques aún, Jac. Quédate donde estás. Dime qué sientes en el cuerpo.
—Presión en el pecho.
—¿Puedes aguantarla?
—Sí.
—Bien. Entonces, cuando estés listo, acércate a la puerta.
Jac frunció el ceño.
—Es verde.
—Pon la mano en el picaporte —indicó Paula—. No la abras todavía, solo dime qué notas.
—Miedo.
—¿Cuánto, del uno al diez?
—Ocho.
—Respira. El miedo no manda. Tú decides.
—Quiero abrirla —dijo él.
—Cuando tú quieras.
Y Jac, por primera vez desde que había empezado todo aquello, empujó la puerta.
Paula no apartó la mirada de él en ningún momento.
—Está abierta —dijo él.
Su voz sonó más tensa que antes.
—¿Qué hay detrás?
Jac resopló, molesto.
—Lo mismo que la otra vez.
Abrió los ojos un instante y volvió a cerrarlos.
—Unas escaleras de piedra que bajan hacia... —respiró hondo— un agujero excavado en la roca.
—Descríbelo —indicó.
—Es estrecho y empinado. Sé que las paredes están mojadas, aunque no las vea. No hay luz abajo. No hay ventanas. Es una trampa. Lo sé.
—¿Eso lo sabes ahora o lo sabías entonces, cuando ocurrió de verdad? —preguntó ella.
—Ahora. Entonces solo... bajé.
—La primera vez que intentaste recordar no abriste la puerta, veías a través de ella.
—Esta vez la he abierto.
—Eso es un cambio importante.
—Paula, voy a bajar.
—Espera.
Jac no protestó. Sin embargo, la tensión en su cuello aumentó.
—Jac, escúchame bien. Eso que estás viendo no es el recuerdo. Es una imagen que tu cerebro utiliza para representar una sensación.
—Lo sé. Ya hablamos de eso.
—Bien. Entonces sabes también que no se baja a una sensación como quien baja una escalera real.
—No quiero quedarme aquí mirando.
—No te estoy pidiendo que te quedes. Te estoy pidiendo que no bajes solo.
—¿Qué propones? —preguntó él al final.
—Primero: anclaje. Nota la silla, el respaldo y el suelo bajo tus pies.
Jac obedeció.
—Dime dónde estás ahora mismo.
—En tu despacho. Vallclosa.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y cinco.
Paula asintió.
—Bien. Ese es el presente. No lo pierdas. Vuelve a la puerta.
Jac lo hizo.
—Las escaleras siguen ahí.
—No bajes todavía —indicó ella—. Antes dime algo: ¿qué es lo que más miedo te da del descenso?
—Que no pueda salir.
—Esta vez no estás solo. Y no vamos a llegar hasta el final hoy.
Él abrió los ojos.
—¿Entonces?
—Entonces vas a poner un pie en el primer escalón. Solo uno. Y me vas a decir qué pasa en tu cuerpo. Nada más. Si el miedo sube demasiado, paramos; si empiezas a desconectarte, paramos; y si notas que te vas, paramos.
—Vale. He puesto el pie —confirmó Jac.
—¿Qué notas?
—Frío. Y... —su voz se tensó— presión en el pecho otra vez.
—¿Cuánto?
—Nueve.
—Respira, Jac, y mírame cuando lo necesites.
Él abrió los ojos un segundo, la miró y volvió a cerrarlos.
—Sigue ahí, la presión —murmuró—. No se ha ido.
—Entonces quédate —ordenó ella—. No bajes más hoy.
—Quiero hacerlo.
—Y lo haremos —respondió Paula—. Pero no hoy. Hoy ya has hecho algo que no habías hecho nunca: has abierto la puerta y no has salido corriendo.
Él se quedó quieto.
—Vale —dijo al final, con voz ronca—. Vale.
Jac respiró hondo.
—Déjame quedarme un momento más aquí. En el primer escalón —añadió él—.
Solo aquí. No voy a bajar más, lo prometo.
Déjame controlar esto un poco. Déjame bajarlo.
—Se llevó una mano al pecho—. Está en nueve.
Si pudiera llevarlo a siete, estaría bien.
Siete es manejable. Me permitiría volver la próxima vez y bajar hasta abajo sin que... sin que esto me arrase.
—De acuerdo —aceptó Paula—. Quédate ahí, con una condición muy clara: si el miedo sube, paras y sales.
—Sí. Sí, lo he entendido.
—No es una negociación —remarcó Paula—. Es un límite.
—Lo sé, y es un buen límite.
Cerró los ojos con más calma.
—Estoy aquí —dijo al cabo de unos segundos—. Sigue siendo fuerte, aunque ya no me empuja. No siento que me desequilibre.
—Respira —le indicó ella—. No intentes bajar el miedo. Deja que baje solo.
Jac obedeció.
Un minuto.
Dos.
—Ocho. Está bajando. Siete y medio... —Cogió aire—. Siete.
Abrió los ojos despacio y la miró.
—Siete está bien —dijo—. Siete me permite quedarme.
—Entonces quédate —respondió—. Solo recuerda: hoy no bajamos más.
—No. Hoy no.
Se recostó un poco en la silla, todavía con los pies firmes en el suelo.
—Gracias —dijo al cabo de un momento—. Por confiar en mí y por no sacarme de golpe.
Paula tardó un segundo en responder.
—Esto lo has hecho tú. Yo solo he mantenido el marco.
—¿Solo? Sin ese marco, esto sería una temeridad. Y no serviría de nada.
Jac cerró los ojos otra vez.
Y se quedó allí. En el primer escalón.
Por primera vez sin huir.