32
Al principio no pasó nada. Eso fue lo primero que notó: la decepción mínima de que el cuerpo siguiera igual de tenso, igual de despierto, igual de preparado para aguantar lo que viniera.
Se tumbó de espaldas, con las manos cruzadas sobre el abdomen, contando respiraciones sin darse cuenta.
El pecho seguía subiendo demasiado rápido.
Y entonces, sin aviso, algo empezó a aflojarse. La cabeza seguía acelerada, pero la tensión comenzó a ceder. Los músculos dejaron de contenerse con rabia y se fueron apoyando en el colchón.
El ruido del pasillo se volvió lejano. Las voces seguían allí, los pasos, el carrito metálico... La diferencia era que dejaron de importarle. Ya no entraban en su cabeza, ahora rebotaban fuera.
Respiró hondo y entonces notó la pesadez. No era agotamiento, se parecía más a la sensación de que la gravedad hubiera aumentado y el cuerpo le pesara cada vez más.
Pensó, vagamente, que eso era lo que se debía sentir cuando dejabas de huir.
Los pensamientos se ralentizaron. La imagen de Emma intentó emerger... y se quedó a medio camino. Ya no dolía igual. Eso le devolvió un poco de aire y, al mismo tiempo, lo asustó.
Antes de quedarse dormido, tuvo una última sensación clara: el cuerpo seguía allí y, a pesar de ello, el mundo ya no estaba sobre su espalda.
Al principio no supo que estaba soñando. Estaba allí.
El suelo bajo los pies era firme y tibio, como tierra calentada por el sol. El aire no pesaba. No había ruido de fondo. Solo una luz suave, sin un origen claro, que no deslumbraba.
Entonces oyó una risa.
Se giró por pura intuición, no porque alguien lo llamara, y la vio correr hacia él.
No tenía aspecto de recién nacida. Era una niña de unos tres o cuatro años, con el pelo fino, revuelto por el movimiento, y los brazos abiertos mientras corría. Llevaba un vestido claro que ondeaba con el aire.
Jac se agachó y la recogió sin pensar. El gesto fue automático, como si lo hubiera hecho mil veces.
La levantó en el aire y ella rio más fuerte. El sonido se le clavó dentro, aunque no dolía. Al contrario, era cálido.
La niña no tenía una consistencia del todo real. Cuando la tenía en brazos, notaba su peso ligero y, al mismo tiempo, algo se le escapaba entre las manos, su cuerpo parecía estar hecho de luz y agua a la vez.
No lo sintió extraño.
Jugaron.
No sabía cuánto tiempo pasó, allí eso no importaba.
A veces estaban en la montaña, caminando entre árboles altos; ella saltando de piedra en piedra, mirándolo para asegurarse de que él la seguía.
Otras veces estaban en una playa amplia, sin gente; ella corriendo hacia el agua y volviendo empapada, dejándole las manos mojadas cuando se las cogía.
Comían sentados en el suelo con la sensación de estar haciendo algo normal, algo que se repite, que pertenece a una vida.
Ella hablaba poco. Se comunicaban con esa complicidad tranquila que no necesita nada más que ser compartida. Jac sabía cuándo tenía hambre, cuándo estaba cansada, cuándo quería que la cogiera en brazos y cuándo prefería caminar sola.
Y él estaba bien. No había tensión en los hombros. No había pensamientos en bucle. No había miedo a perder el control. Estaba presente, allí.
Entonces, sin previo aviso, algo cambió.
Jac se agachó para volver a cogerla, y sus manos atravesaron el aire.
La niña seguía allí, frente a él, ahora era más translúcida. El contorno seguía definido, pero el interior se volvía ligero, casi transparente.
—Espera —dijo él.
Ella no retrocedió. No parecía triste ni asustada. Mantuvo los ojos en él con una seriedad suave, impropia de su edad, y entonces habló.
Solo una palabra.
—Recuérdame.
Jac sintió el golpe físico de esa palabra.
Intentó avanzar, abrazarla... No pudo. La niña empezó a deshacerse como una imagen que se diluye despacio.
—Claro que te voy a recordar —dijo él con urgencia—. Siempre, te lo prometo.
Ella sonrió y desapareció.
En ese mismo instante, Jac se despertó.
Lo hizo con una sacudida brusca, con el pecho subiendo demasiado rápido y el corazón desbocado. Durante un segundo no supo dónde estaba. La habitación le era extraña. Luego respiró y la calma química del diazepam lo alcanzó de nuevo.
El recuerdo del sueño permaneció grabado, nítido e intacto. Recordó las risas, la sensación de plenitud y de estar donde le correspondía. Eso lo calmó hasta que pensó en la palabra.
«Recuérdame».
Y entonces lo entendió.
Si él olvidaba, ella dejaba de existir. Si cerraba una puerta, como había hecho antes, ella quedaba al otro lado. Si disociaba y no volvía, si se iba con ella en lugar de quedarse aquí, era lo mismo que borrarla.
No podía permitirse eso. Tenía que quedarse, mantener los pies en este lado, aunque doliera. Porque mientras él la recordara, ella habría existido, y eso era lo que importaba.
Al día siguiente, se despertó tranquilo. Abrió los ojos y supo perfectamente quién era, dónde estaba y qué había soñado.
Se levantó despacio y se duchó sin prisas, dejando que el agua caliente le golpeara la nuca. Se vistió y desayunó lo de siempre: las tostaditas precintadas y la margarina en envase individual. Nada nuevo, nada improvisado.
Comió, aunque no tenía hambre, porque era parte del ritual, y el ritual lo mantenía en pie.
Volvió a rechazar la medicación. No había cambiado de opinión en ese aspecto: la noche anterior había necesitado escapar del mundo, sin más.
Y entonces, sí, se recompuso y salió.
Entró puntual, saludó y se sentó.
—Buenos días, Jac. ¿Cómo estás?
—Bien —respondió él sin dudar—. Estoy bien.
Y no era del todo mentira.
—Ayer lo de Marc fue un golpe. No voy a negarlo. Aun así, no estoy peor de lo que estaba antes de que aparecieran las fotos. Antes de esas imágenes ya estaba solo en esto. Yo era el único que hablaba de Emma, el único que la nombraba, el único que estaba convencido de que existía.
—Y las fotos te dieron una esperanza.
—Durante un tiempo, sí. Y también pensé que tú me creías. Ahora, con un poco de distancia, veo que eso fue algo que yo necesitaba. Tú nunca lo dijiste, me dejabas hablar. Y eso es exactamente lo que hacemos los profesionales, yo también lo he hecho muchas veces.
—¿Te sientes engañado?
—No. Que yo interpretara eso como «me cree» fue cosa mía.
No pasa nada, ahora lo sé. Luego apareció Marc.
Por primera vez había alguien que tenía que saberlo y, durante un tiempo, pensé que quizá todo podía aclararse.
Tú crees que me aferro a eso porque necesito creer que Emma fue real —continuó—.
Yo creo que todos mienten porque sé que Emma existió.
—¿Y qué necesitas ahora?
—Podemos seguir tratándolo como hasta ahora.
No voy a convencerte y tampoco lo pretendo.
Lo importante es lo que significa para mí.
Necesito saber qué pasó con ella, así que tengo que abrir todas las puertas.
No puedo seguir dejando que mi mente se cierre para protegerme.
Porque, si sigo haciéndolo, algún día podría cerrar esa también.
—¿La que te separaría de Emma?
—Sí. Tengo que enfrentarme al dolor sin bloquearlo, no saber hacerlo es lo que me ha traído hasta aquí. No tengo tiempo para sentirme mal, tengo que hacer esto. Porque... se lo he prometido.
—¿A ella?
—Bueno. Es igual. Me lo he prometido a mí mismo.
Cuando Jac se fue, ella permaneció sentada unos segundos más.
Había escuchado un discurso demasiado coherente.
No era mejoría, sino una barrera levantada a toda prisa para aislar el golpe de ayer.
El Jac que pidió diazepam reconocía su vulnerabilidad; el de hoy no.
Había encapsulado el dolor y lo había convertido en un plan.
No había ido a pedir ayuda, sino a anunciar una decisión y, clínicamente, eso era arriesgado.
Al escucharlo decir que había querido convencerse de que ella lo creía, algo se le cerró por dentro. No era un reproche; quizá por eso dolía más.
Ahora, sola, podía pensar con claridad, Marc no tenía motivo para mentir.
La explicación más sólida era también la más dolorosa: Emma existía para Jac. Para el mundo, no.