31
Paula cerró la puerta del despacho tras ellos. Apenas habían avanzado unos pasos por el pasillo cuando Jac se detuvo. Negó con la cabeza y dejó escapar una risa amarga.
—Él sabe que Lara estaba embarazada. La vio durante meses; la última vez fue después del parto. Lo sabe. Lo único que se me ocurre es que siga enfadado por lo de aquella noche, porque no dije lo que esperaba, por la agresión... Joder, han pasado dieciocho años y esto no tiene nada que ver.
Paula habló con cuidado.
—Jac, las personas a veces se quedan atrapadas en ciertas heridas durante mucho tiempo.
—No hasta este punto. Podría entender que no quisiera ayudarme en otra cosa, pero decir que Lara no estaba embarazada... ¿Para qué?
Jac cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, estaban húmedos. Aun así, siguió sin decir nada.
—Jac... —dijo Paula con suavidad—. Que no fuera real no significa que no fuera importante para ti.
Él levantó la mirada de golpe.
—Gracias —dijo, con una media sonrisa sin fuerza—.
Gracias por validarme. De verdad, entiendo lo que intentas hacer.
Solo que Marc miente. Igual que el resto.
Mienten todos. Emma es real. Lara estuvo embarazada.
Yo estuve ahí, estuve durante el embarazo y estuve cuando nació.
Yo la saqué, la cogí en brazos, la puse sobre mi pecho para que no perdiera calor y corté el cordón.
Sé lo que pesaba. Parece poco y no lo es.
No era solo el cuerpo: era la responsabilidad y el miedo a no saber hacerlo bien.
Y entonces esos tres kilos pesan mucho más.
Sé cómo huele. Sé cómo suena su llanto...
Y me da igual que digáis que eso no es posible, porque yo lo sé.
Paula dio un paso hacia él.
—Jac...
Él alzó la mano.
—Déjame.
No había dureza ni tampoco margen. Se giró y fue directo a su habitación.
Cuando llegó, cerró la puerta con cuidado y se quedó un segundo apoyado contra la madera.
Durante un instante pensó en Paula. Había creído que, cuando seguía buscando, cuando hacía preguntas y cuando se saltaba límites que no se habría saltado por cualquiera, era porque lo que él sentía que había entre los dos también existía para ella, aunque ninguno pudiera decirlo.
Ahora veía que quizá también eso lo había construido él para no sentirse tan solo.
Porque, al final, Paula había dicho lo mismo que todos: Emma no era real. Podía haber sido importante para él, eso sí, solo dentro de su cabeza.
Eso fue lo que terminó de romperlo.
Pulsó el timbre. No tardaron en venir.
—¿Jac? —dijo Marga, una de las enfermeras del turno de noche—. ¿Todo bien?
Él levantó la vista. Tenía la cara pálida y los ojos enrojecidos, aun así, la voz era firme.
—Marga, necesito un ansiolítico.
—Lo tienes pautado. Cinco miligramos cada doce horas.
—Quiero diez. Ahora.
—No puedo saltarme la pauta.
—Escúchame un segundo —pidió—. Necesito desconectar.
Necesito dormir. Necesito apagar el cerebro un rato.
O lo apagamos ahora con un interruptor limpio o se va a apagar solo, a lo bestia, haciendo saltar el sistema.
Me conozco, sé cómo funciona mi cabeza. Ahora mismo necesito que me paréis.
Quiero diazepam, oral, diez miligramos. Es básico, es seguro.
Y sé perfectamente lo que estoy haciendo, soy médico.
—Jac, yo no puedo darte algo que no está pautado. Y tú no puedes autorrecetarte. Tengo que hablar con la doctora.
—Sabes que no quiero medicación. Nunca la quiero. A pesar de ello, hoy me la voy a tomar sin mirarla, sin preguntar qué es. Créeme, eso significa que es urgente.
—Tengo que hablar con la doctora.
—Hazlo —asintió él—. Rápido y dile que no quiero charlas. Ahora no puedo con eso.
Cuando salió, Jac se sentó en la cama, apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre las manos. No lloró. Siguió manteniendo un control férreo y esperó.
Marga llamó a la puerta del despacho.
—Pasa —dijo Paula.
—Es Jac. Pide diazepam, diez miligramos.
—¿Cómo está?
—Muy al límite. No grita ni amenaza, aunque es evidente que está conteniendo demasiado.
—¿Lo ves cerca de perder el control?
—Todavía no. Está aguantando.
—¿Te ha pedido hablar conmigo?
—No. Ha sido muy claro. No quiere hablar con nadie ahora.
—Vale. Diez miligramos de diazepam, vía oral, dosis única. Lo registras como rescate puntual por desregulación. Yo lo firmo.
—¿Seguro?
—Sí. Y escucha: dáselos tú y quédate con él. Observación estándar. En cuanto empiece a hacer efecto, avísame.
—De acuerdo.
Marga se detuvo antes de salir.
—Paula, está muy roto.
—Lo sé.
Cuando Marga se fue, Paula se quedó sola en el despacho. El silencio se cerró alrededor.
En el momento en que Marga dijo «está muy roto», algo dentro de ella se encogió. Entendió al instante qué era lo que se había hecho añicos: Emma. Para Jac no era una construcción delirante, era el único anclaje emocional real que le quedaba, y ella acababa de retirarle eso.
No se lo había quitado por error ni por negligencia, sino por sinceridad.
«He hecho lo que debía».
Entonces apareció la otra pregunta: «Si no existieran límites, si no fuera su psiquiatra, ¿lo dejaría solo ahora mismo?».
La respuesta fue inmediata: «No».
Había cruzado demasiadas líneas intentando darle una oportunidad de demostrar su verdad, y aun así no había podido evitar que se derrumbara delante de ella.
Entonces entendió que había cosas que, con él, ya no podía vivir con distancia.