Recuérdame 30
41%

30

Al día siguiente, en cuanto tuvo un momento libre, Paula llamó a Jordi.

No para pedir permiso, porque sabía cuál sería la respuesta formal, sino para medir el alcance real del riesgo.

Si autorizaba aquella visita, necesitaba saber qué podía complicarse, qué podía defenderse y hasta dónde podía proteger a Jac si alguien lo cuestionaba después.

Cuando colgó, se quedó inmóvil un instante antes de salir a buscar a Mateo, el enfermero en quien más confiaba y que también apreciaba a Jac. Lo encontró revisando medicación en el control de enfermería.

—Voy a autorizar una visita para Jac y necesito pedirte un favor.

—¿Quién?

—Marc Miralles.

Mateo soltó aire despacio.

—Paula...

—Lo sé. He hablado con Jordi. Técnicamente no debería hacerlo. A pesar de eso, mientras quede dentro del centro y esté supervisado, lo más probable es que no pase nada. Necesito que estés presente durante toda la conversación.

—¿De verdad crees que es buena idea?

—No. Creo que es una idea terrible y también creo que Jac necesita hacerlo.

Mateo cerró el cajón.

—Vale. Entonces procuraré que la idea terrible no termine todavía peor.

Paula fue a buscar a Jac poco antes de que acabara su turno.

Él estaba sentado junto a la ventana de la habitación, leyendo uno de los libros de arquitectura que había pedido esa semana.

Levantó la vista al verla entrar.

—¿Ha pasado algo?

Paula cerró la puerta tras ella.

—Marc quiere hablar contigo.

No pareció sorprendido. Solo dejó el libro sobre las piernas.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí. Bastante mejor eso que seguir preguntándole a Cruz qué dijo sobre el embarazo.

La miró unos segundos.

—¿Cuándo?

—Pasado mañana. Mateo y yo estaremos en la sala.

—Me parece razonable.

Se levantó sin añadir nada más.

Y entonces Paula entendió que llevaba días esperando exactamente aquello.

La puerta se cerró a la espalda de Marc con un sonido amortiguado.

Se quedó quieto un instante, notando cómo el pulso se le aceleraba antes de levantar la vista.

Jac estaba sentado frente a la mesa y no le pareció distinto a como lo había imaginado durante años. Quizá más delgado, más seguro, pero seguía siendo el mismo.

Marc avanzó sin pensarlo, sin apartar los ojos de él. Cuando llegó a su altura, se inclinó y lo abrazó.

Fue un impulso torpe, cargado de algo que llevaba demasiado tiempo encerrado, acumulándose. Le rodeó los hombros con los brazos y apretó con fuerza, parecía que necesitaba comprobar que era real.

—Joder —dijo con la voz rota—. ¡Cuánto te he echado de menos todos estos años!

Jac tardó en reaccionar. La cercanía pareció tensarlo más que emocionarlo. Levantó una mano con cierta torpeza y le dio un par de golpes suaves en la espalda, como alguien que no sabía qué hacer con algo así después de tanto tiempo.

Marc esperó un segundo, luego otro. Aflojó un poco la presión y separó la cabeza lo justo para mirarlo a la cara, todavía muy cerca. Jac seguía rígido, incómodo por la invasión repentina de su espacio.

—Marc... —dijo alguien en voz baja.

Fue suficiente.

Marc se apartó con una torpeza contenida, sin saber dónde colocar las manos. Dio un paso atrás y se aclaró la garganta.

Desde el otro lado de la sala, Paula intercambió una mirada rápida con Mateo, aunque ninguno intervino. Miralles acababa de desbordarse. Había entrado desde la emoción pura, y Jac no había sabido cómo corresponder a aquello.

—Bueno, supongo que te han contado que vine a Vallclosa porque necesitaba hablar contigo. Esas fotos que has visto con tu mujer...

Jac levantó la mano.

—Marc. Vamos al grano.

El silencio se volvió más denso.

—No quiero una explicación sobre eso. Ahora no hay espacio para eso, esta visita tiene un tiempo muy limitado. Vamos directamente a lo esencial. Han pasado dieciocho años, si decidiste presentarte aquí después de tanto tiempo, lo que querías tiene que ser importante. Dímelo.

—Necesito saber qué pasó con el artesano.

—¿El hombre que vivía en el bosque?

—Sí.

Jac soltó una exhalación corta.

—¿Y esperas que yo tenga una respuesta a esa pregunta?

—La tienes —dijo Marc, sin vacilar—. Sé que la tienes.

—Hostia puta... —murmuró—. Ya empezamos. Mira, Marc. Me gustaría tener paciencia para aguantar esto. Lo siento, no la tengo. Así que no tires por ahí.

—Me has preguntado qué quería —respondió Marc—. Y eso es lo que quiero. No te voy a pedir que hables de la última vez que nos vimos ni que digas nada más. Solo quiero saber qué fue de él.

—Pues te voy a dar la única respuesta que tengo: no lo sé. Sé lo mismo que el resto del pueblo. Un día apareció, estuvo viviendo allí durante un tiempo y luego desapareció. No se volvió a saber nada más de él. ¿Yo qué sé? Tampoco me importa. Te dije mil veces que ese hombre no me gustaba.

—También decías que no lo conocías, que nunca habías hablado con él.

—Exacto. Él se movía por el pueblo; mi padre y yo no lo hacíamos. No teníamos relación con él. No tengo ni puta idea de por qué se marchó ni de adónde fue. ¿Por qué crees que lo sé? No lo entiendo.

—¿Crees que podría volver? —insistió, como probando otra vía—. No sé, cansarse de ir de un lado a otro, jubilarse y decidir volver al pueblo. Quedarse allí de forma definitiva.

Jac lo miró entre crispado y desconcertado.

—¿A Valliure? ¿Por qué coño alguien iba a querer establecerse en ese pueblo de mierda? No tengo ni puta idea de si ese tío querría volver algún día. No entiendo qué me estás preguntando, Marc.

—¿Esa es tu última respuesta, Jac?

—Es mi única respuesta. No lo sé.

—Está bien. ¿Qué quieres saber tú?

—Cuando conociste a Lara, ella estaba embarazada de más de cinco meses. La viste varias veces, la última fue nueve días después de dar a luz. Necesito que expliques eso, porque a mí no me creen.

Paula percibió el cambio. Algo se cerró en él. Cuando volvió a levantar la vista, parecía cansado.

—No puedo hacer eso, Jac.

—¿Por qué?

—Porque no sería verdad.

Jac parpadeó, desconcertado.

—¿Qué?

—Tu mujer no estaba embarazada.

—No... Tú la viste.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué me haces esto?

—Porque estoy diciendo lo que vi.

Jac lo observó y algo se apagó. La ansiedad inicial desapareció.

—Vale. Dime solo una cosa más. ¿Qué te debo? Esa verdad que me pedías que contara... sigo sin saber cuál es. No lo entiendo. Han pasado dieciocho años.

—Ya te lo dije. Lo entendiste aquella noche.

Jac soltó una pequeña risa sin humor.

—Pues entonces estamos jodidos los dos. Porque yo no recuerdo una mierda de aquella noche.

—Es verdad, tú sueles olvidar cosas.

—Por desgracia, así es.

—Pues yo sí recuerdo y tu mujer no estaba embarazada. Creo que nos acercamos porque los dos sabíamos lo que es buscar el calor de alguien que ni siquiera se da cuenta de que lo necesitas. Eso fue todo. No puedo ayudarte.

Jac guardó silencio unos segundos.

—Por mi parte, esta reunión se ha terminado.

—¿No tienes nada más que decirme, Jac?

—No. Sigues diciendo que sé cosas que no sé, sigues preguntándome cosas que no entiendo. No tengo energía para esto. Aquí lo dejamos. Quiero volver a la habitación.

Marc abrió la boca como si quisiera decir algo más, aunque se detuvo.

Mateo se puso en pie, abrió la puerta y acompañó a Marc fuera.

Jac se quedó de pie, con la mirada fija en un punto indefinido, la habitación se había vaciado de golpe tras la salida del que había sido su único amigo.