29
Habían pasado diez días desde que Jac identificó a Marc Miralles en las fotografías.
Durante ese tiempo no había habido ninguna novedad relevante.
Marc había declarado ante la policía y Jac había insistido en que le preguntaran por el embarazo de Lara, pero ni Cruz ni el abogado le trasladaron ninguna información concreta sobre eso.
Aquella tarde, al sonar el teléfono, Paula pensó por un instante que podía ser Cruz, hasta que vio en la pantalla un número desconocido.
—¿Sí?
Hubo un pequeño silencio antes de la respuesta.
—¿Doctora Paula Allende?
—Sí, soy yo.
—Soy Marc Miralles.
Paula tardó un segundo en reaccionar. El nombre bastó para tensarle el cuerpo.
—He hablado con mi primo. Me dijo que estuvo en Valliure y que quería hablar conmigo. Le dejó su número por si alguna vez volvía.
—Sí.
—Bueno, ya estoy aquí. Vine hace unos días porque me necesitaban para declarar y, no sé, pensé que quizá seguía interesándole que me pusiera en contacto con usted.
—Sí. Me gustaría comentar algunas cosas.
—Si puedo ayudar en algo, lo haré.
—Dígame cuándo y dónde le va bien.
Quedaron la tarde siguiente en una cafetería discreta cerca del río.
Marc llegó puntual.
Paula supo que era él antes incluso de que terminara de entrar. Le pareció mayor que Jac, a pesar de que sabía que tenían la misma edad. Había algo en Marc Miralles que lo hacía parecer cansado, daba la impresión de que cargaba un peso enorme sobre sus hombros.
Se acercó a la mesa.
—¿Doctora Allende?
—Paula está bien. Siéntese, por favor, señor Miralles.
—Entonces tú llámame Marc.
Tomó asiento frente a ella. Pidieron un par de cafés.
Durante unos segundos ninguno habló. La camarera dejó las tazas sobre la mesa y volvió a alejarse.
Fue Paula quien rompió el silencio.
—¿Qué pasó entre vosotros?
Marc dejó escapar una pequeña exhalación nasal.
—Depende de a quién le preguntes.
—Por eso te lo estoy preguntando a ti. Quiero conocer tu versión.
Marc bajó la vista hacia la taza unos segundos antes de responder.
—Jac y yo éramos amigos. Si fuiste a preguntar al pueblo, seguro que te contaron otras cosas. Siempre decían lo mismo: que éramos pareja o que había algo raro entre nosotros. No había nada más. Solo amistad.
Paula recordó la insistencia de la vecina. También las frases de Cruz y las del profesor.
—Tú le pedías muchas veces que dijera la verdad, que dejara de esconderse.
—Sí.
—¿Y eso no tenía nada que ver con una relación entre vosotros?
—No, en absoluto. Era algo nuestro y no estaba relacionado con nada de lo que dijeron. No voy a hablar de eso, Paula.
—¿Por qué?
—Porque nunca lo he hecho. Jac no quiso hablar de ello. Yo lo respeté y voy a seguir haciéndolo. Si algún día decide contarlo, entonces no tendré problema en explicarte mi versión. No voy a hacerlo antes que él.
Paula dudó apenas un segundo.
—El problema es que él no lo recuerda.
—Ah. Sigue diciendo lo mismo.
—No es que lo diga. Tiene episodios disociativos y problemas de memoria asociados a situaciones traumáticas. Hay lagunas reales.
Marc se recostó un poco en la silla.
—Supongo que desde la psiquiatría tenéis una explicación para eso. Pero lo que yo le pedía que dijera no era algo que pudiera haber olvidado.
—Jac sigue hablando de ti con cariño.
—¿Sí?
—Y te agradece mucho que le dieras la confianza para salir del pueblo.
La expresión de Marc cambió.
—Me alegro de que me digas eso. Él nunca me lo dijo. Jac también me ayudó mucho a mí.
Se quedaron en silencio hasta que Paula preguntó:
—¿Cómo conociste a Lara?
Marc tardó un momento en responder.
—Vine a Vallclosa porque sabía que Jac vivía aquí. Habían pasado muchos años y, no sé, quería hablar una vez con él.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Fui a su casa y él no estaba. Me abrió Lara. Le expliqué quién era y también le dije que no sabía cómo iba a reaccionar Jac si aparecía allí de golpe después de dieciocho años. Nunca le han gustado las sorpresas, ni siquiera las buenas.
Paula pensó que aquello sonaba exactamente a él.
—Ella me dijo más o menos lo mismo. Que llevaba un tiempo más encerrado en sí mismo de lo habitual y no sabía cómo se tomaría verme aparecer así.
—¿Y entonces?
—Se ofreció a preparar el terreno. A hablar con él antes.
Marc movió un poco la cucharilla entre los dedos.
—Quedamos así, pero fueron pasando los días y parecía no encontrar nunca el momento.
Así que volví a ir. Lara estaba agobiada.
Me di cuenta de que estaba intentando entenderlo y no acababa de conseguirlo.
No comprendía por qué se aislaba, por qué desaparecía en el plano emocional durante días o por qué a veces parecía tan distante.
—Jac es una persona que necesita espacio.
—Eso es. Intenté explicarle que no tenía que ver con ella, que siempre había sido así.
Bajó la mirada hacia el café.
—Cuando éramos adolescentes podía pasar tres días seguidos conmigo y luego desaparecer una semana entera. O quedar conmigo y casi no hablar. Me decía que la gente llena los silencios de palabras porque no saben compartirlos. «No se trata de hablar, se trata de estar».
—Por eso en el pueblo siempre le colgaron la etiqueta de raro. A él y a toda su familia.
Marc la miró directo.
—Si estuviste en Valliure, imagino que Victoria te contó la historia del bosque y del perro.
—Sí.
Marc asintió despacio.
—En fin. Yo le expliqué todo eso a Lara porque sabía que Jac nunca lo haría. Él no habla. Y sin contexto es imposible entender muchas de sus reacciones.
—Entonces le contaste todas esas historias sobre él sin su autorización.
—Sí. No lo hice para perjudicarlo. Lo hice porque pensé que, si su mujer entendía de dónde venían ciertas conductas, dejaría de interpretarlas como algo personal.
—¿Y cómo pasaste de eso a tener una relación con ella?
—Lara y yo nunca tuvimos una relación.
—Os besasteis. Las fotos de Girona muestran mucha cercanía.
—Sí, supongo que los dos confundimos las cosas.
Cuando me di cuenta de hasta qué punto se me había ido de las manos, ella ya hablaba de marcharse de Vallclosa.
Decía que necesitaba salir de allí una temporada y, como yo iba a Japón por trabajo, se le había ocurrido venir conmigo.
Ahí entendí que tenía que cortar aquello de inmediato.
—¿Por eso quedasteis en Girona?
—Sí. Pensé que, si se enfadaba, sería más fácil manejarlo en un sitio público que en privado. Cuando nos vimos en la calle, ella me besó y yo le correspondí. Estábamos en medio de Girona y no quería montar una escena.
Bajó la vista un instante.
—Luego nos sentamos en una cafetería y le aclaré que aquello había sido un error. Yo no estaba buscando una relación con ella. Lo único que había querido desde el principio era hablar con Jac.
—¿Cómo reaccionó?
—Se enfadó. Aunque antes de irse me dijo que, en realidad, no iba a marcharse ni conmigo ni con nadie. Quería a Jac. Solo a él.
Volvió a jugar distraído con la cucharilla entre los dedos.
—Esa fue la última vez que la vi. No volví a saber nada más de ella.
Paula permaneció unos segundos en silencio antes de hablar otra vez.
—Hay algo muy importante que necesito preguntarte.
Marc levantó la vista.
—Cuando conociste a Lara, ¿estaba embarazada?
El silencio cambió.
—Para Jac esto es muy importante. Eres la única persona fuera del entorno de ella que podría confirmar ese embarazo.
Marc levantó la vista sorprendido.
—Pensé que con los años habría mejorado, ya veo que ha sido al contrario.
—Marc, necesita saber si alguien más vio ese embarazo.
Él le mantuvo la mirada unos segundos.
—No voy a contestarte a eso.
—¿Por qué?
—Porque, si quiere saberlo, quiero que me lo pregunte él cara a cara.
—Marc...
—Esto es algo entre Jac y yo.
Paula tardó un instante en responder.
—No es posible.
—¿Por qué?
—Porque formas parte del procedimiento. Si esto llega a juicio, serás testigo. No podéis mantener contacto. Ningún juez autorizaría algo así.
—Por eso no se lo estoy pidiendo a un juez. Te lo estoy pidiendo a ti.
—Sigue siendo imposible.
—¿Imposible o irregular?
Ella no respondió de inmediato.
Marc continuó:
—Está en un psiquiátrico, no en una prisión de máxima seguridad. Puede recibir visitas.
—Sí. Aunque no de alguien relacionado con el caso. Todas las visitas quedan registradas.
—Ya. Ese registro no va directo al juzgado.
Paula apartó un instante la mirada.
—No funciona así, Marc.
—Entonces, ¿cómo funciona?
—Si lo pidieran, tendríamos que entregarlo.
—¿Y qué motivo podrían tener para pedirlo?
Ella tardó un segundo más de la cuenta en responder.
—No lo sé.
—Jac necesita hablar conmigo. Y yo necesito hablar con él. —La miró con frialdad—. Así que no voy a decir nada más si no lo tengo delante.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
—Tendría que ver si existe alguna manera de hacerlo sin que pueda tener consecuencias.
Lo dijo antes de permitirse pensarlo demasiado.
Porque, si lo pensaba con frialdad, la respuesta era sencilla: no debía hacerlo.
Aun así, Paula entendió que no estaba valorando solo una decisión clínica.
Estaba decidiendo qué estaba dispuesta a arriesgar para que Jac pudiera hacer la única pregunta que llevaba días manteniéndolo en pie.
Marc asintió despacio.
—Pues míralo. Y si encuentras una forma, me llamas.
—No sé si debería hacer algo así, Marc.
—Yo tampoco sé si debería pedirlo.
Él se levantó. Dejó unos billetes junto al café prácticamente intacto.
—Pero nosotros tenemos una conversación pendiente.
Se puso la chaqueta.
—Esperaré tu llamada.
Y se marchó.