28
En su habitación, Jac cerró los ojos, pero no durmió. Se quedó boca arriba, inmóvil, atrapado una y otra vez en la misma idea.
No era la infidelidad en sí lo que le inquietaba. Era la incompatibilidad con el patrón de Lara.
Volvió a pensar en ella, no como marido, sino como psiquiatra, intentando ordenar la secuencia y entender dónde fallaba.
Lara no establecía vínculos a medias. Cuando alguien ocupaba el centro, el resto desaparecía alrededor.
Eso era lo extraño: con él no había habido distancia ni frialdad. Al contrario. Cuanto más avanzaba la relación, más necesidad había. Más intensidad. Más miedo a perderlo. Más control.
Y por eso aquellas fotografías seguían resultándole imposibles de procesar.
El pensamiento se fue a la otra pieza: el hombre de la foto. La imagen era demasiado pobre para identificar a nadie, un perfil cerrado, granulado, sin suficiente información visual. Y, aun así, la sensación persistía.
Esa doble certeza: no sé quién es y al mismo tiempo sí.
El cuerpo cedió antes que la mente. Cerca del amanecer se quedó dormido sin darse cuenta. Fue un sueño breve, inestable.
Y entonces ocurrió.
No fue un recuerdo completo, sino un fragmento aislado que emergió con una claridad inesperada: una luz entrando en diagonal por una persiana a medio bajar, proyectando una sombra alargada sobre la pared.
No veía el rostro, veía la postura. La forma de apoyarse en el marco de una puerta, con el hombro un poco adelantado y la cabeza inclinada.
La imagen se mantuvo lo suficiente y lo vio.
Abrió los ojos de golpe. El corazón se aceleró. Se incorporó en la cama con la imagen ocupando su mente. Ya no era una silueta borrosa; era alguien real.
Miró la hora. Era demasiado temprano, aunque no le importó. Se levantó sin dudarlo, sin pasar por la ducha ni detenerse frente al espejo.
Solo había una idea clara: Paula tenía que saberlo.
No para que le creyera, sino porque no podía guardarlo dentro ni un minuto más.
Caminó directo hacia el despacho con el pulso acelerado y la respiración demasiado agitada.
—Ahora no, Jac.
La voz de la enfermera le llegó desde un lado, firme y gastada de repetir lo mismo.
—No tienes sesión. La doctora está ocupada.
—Necesito verla.
—Lo siento, tendrás que esperar.
Se detuvo por primera vez, apenas un instante, lo justo para mirarla.
—No.
Y siguió avanzando.
La enfermera dudó un instante antes de apartarse para pulsar el interfono. Jac ya estaba alargando la mano hacia el pomo cuando alguien lo sujetó del brazo con fuerza.
—Eh. Para.
Oliver.
El agarre era limpio, profesional y firme. Jac bajó la vista hacia la mano, procesó lo que estaba pasando y luego levantó la cabeza.
—Suéltame.
No alzó la voz, no hacía falta, la tensión era evidente.
—No puedes entrar así —respondió Oliver sin aflojar.
Jac intentó avanzar y solo consiguió tensar más el agarre.
—Suéltame o esta vez te voy a dar motivos para que me reduzcas.
La media sonrisa de Oliver fue casi automática.
—No sabes cómo te lo agradecería.
La puerta se abrió en ese momento.
—Basta.
La voz de Paula cortó el aire con precisión.
—Suéltalo.
—Está alterado —replicó Oliver sin girarse.
—He dicho que lo sueltes.
Ahora sí la miró. También Jac. La expresión de Paula no dejaba espacio a negociación.
Hubo un segundo de resistencia, más por reflejo que por decisión. Luego Oliver le soltó el brazo con brusquedad.
Paula no apartó la mirada de Jac.
—Y tú, baja el tono. Así no vas a conseguir nada.
Jac dio medio paso atrás, ajustando el equilibrio, respirando todavía demasiado rápido.
—Tengo que hablar contigo. Ahora.
—Entonces espera y pídelo sin montar un espectáculo.
Jac apretó la mandíbula.
—Es importante.
Se giró hacia la enfermera.
—Lo siento. No iba contra ti.
No miró a Oliver.
Volvió a Paula.
Ella lo observó, valorando.
—Pasa.
Ya dentro, cerraron la puerta.
—Siéntate.
Jac obedeció. Se quedó al borde de la silla, inclinado hacia delante, con las manos tensas entre las rodillas.
—Antes de hablar vas a respirar.
—No tengo tiempo.
—Sí lo tienes. Y lo necesitas.
Paula no elevó la voz. No invadió el espacio.
—Inhala. Aguanta. Suelta lento.
Jac la miró un segundo y acabó cerrando los ojos. Al principio la respiración fue irregular, cortada, pero poco a poco empezó a acompasarse. Los hombros bajaron un poco. La mandíbula dejó de estar completamente rígida.
Paula esperó.
Cuando volvió a abrir los ojos, seguía en tensión, aunque ya no estaba al límite.
—Ahora —dijo ella—. Te escucho.
Jac se pasó una mano por la cara.
—Ya sé quién es.
Paula no reaccionó.
—El hombre de las fotos, ya sé quién es.
Jac negó despacio, sentía que ordenar eso en palabras no era suficiente.
—No podía relacionarlo. Las imágenes son malas, parciales, solo un perfil... y ha pasado demasiado tiempo. Además —no pudo reprimir una risa seca—, es la última persona que esperaba encontrar ahí. No tiene sentido. Nada de esto lo tiene. Aun así, la sensación estaba... y no se iba.
Se detuvo un segundo, buscando cómo explicarlo.
—Me quedé con esa imagen en la cabeza. Intenté reconstruirla y no pude. Y al final, durmiendo... apareció. Lo vi de frente. Ya no era un perfil. Y entonces sí. —Le tembló la voz—. Ahí lo supe.
—Dímelo —pidió Paula.
Jac la miró a los ojos.
—Marc Miralles.
El nombre quedó suspendido entre los dos.
Paula no reaccionó de inmediato. No porque no lo hubiera entendido, sino porque estaba evaluando.
—¿El de tu pueblo?
—Sí.
—¿El mismo Marc Miralles?
—El mismo.
Paula lo miró unos segundos más.
—¿Y no puede ser sugestión? Hace dos días estábamos hablando de él.
—No. No es eso. Si fuera sugestión no tendría esta sensación.
Se llevó una mano al pecho, no para dramatizar, sino para señalar algo concreto.
—Es él.
—¿Estás seguro?
—No al cien por cien —admitió—. Lo suficiente como para no poder ignorarlo.
—De acuerdo.
—Hay que decírselo a Cruz. Tienen que localizarlo y preguntarle. —Hablaba más rápido ahora—. Marc Miralles no es un desconocido. Si estaba con Lara, había relación. Y eso significa que sabe que estaba embarazada. Tiene que saberlo.
Ahí la voz se le quebró.
—Puede confirmar que Emma existió. Eso es lo único que importa ahora. Todo lo demás me da igual, lo que diga de mí, lo que Lara le contara...
Golpeó con suavidad el brazo de la silla, sin perder el control.
—Si él lo confirma... —asintió—, entonces esto cambia. La buscarán, tendrán que hacerlo.
Paula tomó aire.
—Marc Miralles y Lara... ¿Se te ocurre cómo pudieron conocerse?
—No.
Se pasó la mano por la cara.
—No creo en las casualidades. Aun así, ahora mismo eso no me preocupa. Lo importante es que él puede verificar algo que nadie más puede. Necesito eso.
Paula lo miró unos segundos más. Y entendió que, en ese punto, para Jac no había pasado ni consecuencias posibles. Solo existía una cosa en su mente: Emma.
Cuando Jac salió del despacho, Paula abrió la ventana y llamó a Cruz.
—Jac ha identificado al hombre de las fotos.
—¿Quién es?
—Marc Miralles.
Hubo un silencio breve.
—Venga ya...
—Está bastante seguro.
—¿Qué cojones...? —murmuró Cruz—. Perdón, doctora, pero que Miralles aparezca ahora con la mujer de Masferrer...
Paula cerró los ojos un instante.
—No te disculpes, todos estamos igual.
Se oyó teclear al otro lado.
—Voy a localizarlo.
—Gracias, Cruz.
La llamada terminó.
Paula se quedó inmóvil unos segundos junto a la ventana.
Marc Miralles no resolvía nada. Lo complicaba más.