27
Nadie parecía tener prisa aquella mañana. Jac llevaba varios minutos sentado cuando el juez abrió el expediente.
—Antes de empezar le recuerdo que declara en calidad de investigado. Tiene derecho a no responder a alguna pregunta si así lo considera. ¿Lo entiende?
—Sí.
El juez consultó el expediente unos segundos.
—Cristina García ha ampliado recientemente su declaración. Afirma que su esposa le relató una discusión entre ustedes. Según esa declaración, usted tenía un cuchillo en la mano y dijo algo parecido a: «Es muy mala idea poner nervioso a alguien cuando tiene esto en la mano».
Jac levantó apenas la vista.
—Sí. Discutimos. Tenía un cuchillo en la mano y dije algo parecido.
—¿Con qué intención lo dijo?
—Estaba cocinando, picando cebolla. Lo que quise decir es que, si seguía poniéndome nervioso, podía acabar cortándome. Eso era todo. Ahora entiendo que, visto desde fuera, pudo sonar distinto.
La fiscal tomó una nota concisa.
—Según la declaración de Cristina García, dos noches después su esposa se despertó y lo encontró de pie junto a la cama.
Jac frunció el ceño.
—Recuerdo estar en la habitación. Ella se despertó, se asustó y salí.
—¿Puede describir con exactitud qué estaba haciendo?
—Nada. Solo estaba allí.
La fiscal anotó algo más antes de continuar.
—Según esa misma declaración, la noche siguiente su esposa durmió encerrada en el baño.
—A mí no me consta.
—¿No hablaron de eso después?
—No.
La fiscal consultó una nota.
—La señora Lorente manifestó que le tenía miedo y que quería marcharse del domicilio.
La fiscal volvió a sacar el tema. Jac respondió igual que siempre.
—No me tenía miedo.
—Nadie pasa la noche encerrado en un baño si no tiene miedo.
Jac aguantó la mirada de la fiscal.
—No me tenía miedo a mí. Tenía miedo de que me fuera.
Ella levantó la vista.
—Eso es una interpretación.
—La suya también.
Hubo un silencio corto. El juez dejó el expediente entornado.
—Hay otra cuestión.
Sacó un sobre transparente y lo dejó sobre la mesa.
—Observe estas fotografías, por favor.
Jac bajó la vista.
Las cejas se le elevaron un poco.
—¿Esto qué es?
Sacó las fotos del sobre.
—¿En serio?
Las imágenes mostraban a Lara con un hombre. En una se saludaban. En otra se besaban.
—¿De cuándo son estas imágenes?
—Dos días antes de la desaparición de su esposa.
Jac volvió a mirarlas.
—No me lo puedo creer...
No sonaba herido, sino más bien desconcertado.
—¿Lara tenía un amante?
Nadie respondió. Jac negó con la cabeza.
—No me cuadra.
—¿A qué se refiere? —preguntó el juez.
Jac tardó un segundo en responder.
—Su actitud conmigo no había cambiado. No estaba distante. No estaba fría. Esto no encaja con lo que yo viví.
El juez señaló entonces la fotografía.
—¿Reconoce al hombre que aparece aquí?
Jac cogió la imagen del saludo y la acercó un poco más.
—Está demasiado borrosa...
Levantó la vista hacia Cruz.
—¿No podéis mejorar esto?
Cruz dejó escapar aire por la nariz.
—No somos el CSI.
El abogado lanzó una mirada hacia Cruz, molesto por la intervención, pero no dijo nada.
Jac volvió a bajar la vista hacia la fotografía.
—Con esta resolución es complicado identificar a nadie.
—Entonces, ¿lo reconoce o no? —preguntó el juez.
El abogado intervino por primera vez.
—Mi cliente ya ha dicho que no puede identificarlo con claridad.
Jac sostuvo todavía la imagen unos segundos más.
—Diría que no. Así, no.
El juez empezó a recoger las fotografías.
—Espere.
Jac señaló una de ellas.
—La del saludo, ¿me la deja ver otra vez?
El juez deslizó la fotografía hacia él.
Jac la sostuvo ahora con ambas manos y la observó durante más tiempo.
—Es raro...
—¿Qué es raro?
—La miro y pienso que no sé quién es. Luego cierro los ojos y me suena.
Abrió los ojos otra vez.
—Y vuelvo a mirarla y no. Pero aparto la vista y vuelve esa sensación.
—¿Puede concretar más?
—No. No sé explicarlo mejor.
Al otro lado del cristal, Paula también lo miraba entre sorprendida y preocupada. No estaba bloqueado, aunque su respuesta emocional era muy plana para el estímulo recibido.
El juez guardó las imágenes, la declaración había terminado.
Jac entró en el despacho más tarde de lo habitual.
Se sentó sin hablar y, casi sin mirar, alineó las cajitas sobre la mesa.
Paula esperó unos segundos.
—¿Me lo explicas?
Él levantó la vista.
—¿El qué?
—Lo que ha pasado en el interrogatorio. Ese no eras tú. A ti no te da igual todo. No lo entiendo, Jac. ¿Por qué no has intentado aclarar mejor lo que sucedió?
Jac apoyó los antebrazos sobre las rodillas y respiró hondo.
—Porque hay cosas que sí puedo explicar y otras no. Y no pienso sentarme delante de un juez a hablar de algo que ni yo entiendo.
Jac bajó la vista un instante antes de continuar.
—Lo del cuchillo era fácil de explicar. Lo recuerdo.
Se pasó una mano por la nuca.
—No recuerdo qué discutíamos. Solo la sensación de saturación y la necesidad de salir de ahí.
La miró un momento.
—Y luego está lo demás. Lo de la habitación sí pasó.
Recuerdo estar allí. Recuerdo que ella se despertó y me preguntó qué hacía.
No recuerdo cuándo me levanté ni por qué lo hice ni en qué estaba pensando allí plantado.
Tampoco sé muy bien qué hice cuando salí de la habitación.
Lo que hay antes y después es bruma. Y eso no puedo explicárselo a un juez.
Porque suena exactamente igual que una mala mentira.
Jac guardó silencio un segundo, no había nada más que añadir. Luego se levantó sin prisa. No buscó su mirada al hacerlo. Se limitó a colocar la silla en su sitio, con la misma precisión con la que había ordenado las cajitas al empezar, y caminó hacia la puerta.
Se detuvo un instante con la mano en el pomo.
—A ti te lo digo porque todavía estás intentando entenderme. Ellos hace tiempo que decidieron quién soy.
Paula sintió el peso de aquella frase. No le estaba pidiendo nada, aun así, la colocaba en un lugar que le exigía actuar con cautela.
Él no esperó respuesta. Abrió y salió. La puerta se cerró con un clic suave.
Paula no se movió.
Había oído amenazas veladas antes. También justificaciones e incluso manipulaciones muy elaboradas. Aquello era distinto, y ahí residía lo inquietante.
Lo del cuchillo seguía pesando. Podía entender la saturación y la torpeza verbal bajo presión, pero eso no cambiaba el hecho básico: seguía siendo un hombre girándose con un cuchillo en la mano.
Y lo de la cama...
La imagen se imponía con demasiada claridad: él de pie, mirando a su mujer dormida, sin saber por qué estaba allí. Sí, encajaba con un episodio disociativo.
Sin embargo, Jac no era un paciente cualquiera. Era psiquiatra. Y, además, especialista en ese tipo de trastornos. Tenía un doctorado cum laude sobre el tema. Si alguien tenía los conocimientos necesarios para describir un episodio real con precisión, también los tenía para fingirlo.
Y ahí estaba el problema: podía estar diciendo la verdad o podía estar construyendo una versión imposible de desmontar. Y ambas posibilidades daban miedo.