26
Paula está dentro de una casa, o quizá no es una casa. Huele a madera húmeda, a tierra, a algo añejo. Sabe que hay paredes, pero también árboles, y el suelo cruje como parqué, aunque, al bajar la mirada, lo que ve son hojas secas acumuladas bajo sus pies.
La luz es azulada, como de luna, y aun así hay algo extraño en las sombras, una densidad que no corresponde del todo con esa calma aparente.
Lo ve antes de entender dónde está.
Jac.
De pie.
Inmóvil.
Tiene un cuchillo en la mano, no hay movimiento, no hay violencia, solo la hoja suspendida, reflejando una luz fría.
Cuando se gira despacio hacia ella, Paula siente que lo importante no es el cuchillo, sino sus ojos.
No hay ira, no hay rabia, no hay intención reconocible.
Es como mirar dentro de un túnel oscuro, parece que detrás de esa mirada no hay nadie.
Intenta moverse y no puede.
La escena cambia de golpe. Está a los pies de una cama en una habitación blanca, demasiado blanca, con la luz de la luna filtrándose por una ventana alta.
Él sigue allí, de pie, quieto, mirando a alguien que duerme.
Paula no ve el rostro, no le hace falta, sabe que es Lara.
Quiere hablar, advertir, ayudar de alguna manera y, a pesar de ello, el cuerpo no responde.
Él no se mueve. No dice nada. Solo mira.
La sensación vuelve: la impresión insoportable de que él está delante de ella... y al mismo tiempo no está del todo ahí.
Intenta correr.
No puede.
El cuerpo está anclado al suelo. La desazón le retuerce el estómago. Mira de nuevo esos ojos inertes.
Y, aun así, algo en ella la empuja hacia él.
Quiere acercarse, acortar la distancia.
Hasta tocarlo.
Hasta besarlo.
Paula se despertó con un sobresalto. Tenía la camiseta pegada al cuerpo y el corazón desbocado.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
La oscuridad de la habitación le resultó demasiado densa.
Se incorporó, respiró hondo varias veces y caminó hasta el baño para mojarse la cara.
El reflejo tardó un instante en parecerle suyo.
Se quedó mirándose un segundo más de la cuenta.
—Puto Jac Masferrer...
Lo dijo en voz baja, casi culpándolo por haberse metido en su cabeza de aquella forma, mezclando miedo, deseo y sospecha, todo en la misma imagen.
Se secó con la toalla sin terminar de recuperar el pulso.
—Y puto Freud.
Negó, atajando el pensamiento.
Salió de casa y condujo. No intentó analizar el sueño. No quiso hacerlo, pero la imagen volvió de forma insistente: la mirada vacía. Cuando el semáforo se puso en rojo, apretó el volante con más fuerza de la cuenta antes de soltarlo.
Arrancó.
Cuando llegó a consulta, la sensación seguía ahí, pegada a la piel.
Jac entró como siempre, saludó con un simple «buenos días» y se sentó. Sin levantar la vista, acercó la mano a las tres cajitas sobre la mesa y las ordenó con la precisión habitual: misma distancia, misma línea, mismo gesto automático que marcaba el inicio real de la sesión.
Paula lo observó un instante.
—¿Qué piensas sobre el análisis de los sueños de Freud?
Él alzó los ojos, sorprendido.
—Hostia... ¿quieres una respuesta rápida o una que te deje más tranquila?
—La rápida.
—Ni puto caso.
—Algo un poco más elaborado.
Él suspiró.
—Freud fue un genio. Solo que tenía la costumbre de convertir cualquier cosa en un símbolo sexual o en un trauma reprimido.
—Pueden ser las dos cosas al mismo tiempo. Esto no me ha ayudado nada.
Una sombra de sonrisa cruzó la cara de Jac.
—Me pediste la respuesta corta, no la tranquilizadora.
Ella asintió despacio.
—Hace un par de días mencionaste a Marc. Quiero que volvamos ahí.
Él se pasó la mano por la nuca antes de hablar.
—Fue la única amistad real que tuve en el pueblo. Nos conocíamos de toda la vida, aunque empezamos a ser amigos con trece años, en el instituto. Nos tocó hacer un trabajo en grupo. Lo típico. Él hizo el esfuerzo de acercarse, yo no.
—¿Tú no?
—No porque no quisiera, porque no sabía. Marc entendió algo que los demás no. Si me dabas espacio y luego volvías... fun cionaba. No hacía falta forzar nada. Quedábamos cuando coincidía: a veces dos días seguidos, a veces ninguno en una semana. No había exigencias y eso a mí me iba bien.
—¿Y a él?
—También. No había esa idea de «si no vienes es porque no te intereso» o «si no me cuentas esto es porque no confías en mí». Nada de eso. Para mí eso es respeto. Durante un tiempo... eso lo fue todo.
—Es muy importante. ¿Puedes explicarlo un poco más?
—Por primera vez pensé que quizá no todo estaba mal en mí.
Si alguien como Marc quería estar conmigo, igual no era tan malo como decían.
O no de la forma en que lo decían. Y eso cambió cosas.
Me hizo pensar que quizá fuera de Valliure había más gente así, gente que no me miraría como si fuera un bicho raro.
El silencio se mantuvo un momento.
—Fue la primera vez que tuve una idea clara de futuro y supe algo muy concreto: que no me iba a quedar allí, que en cuanto pudiera me iba a ir, que no iba a hacer lo que habían hecho todos los miembros de mi familia antes que yo. Si no hubiera sido por Marc, yo seguiría anclado a ese sitio.
Se encogió de hombros.
—Puede parecer que ahora no estoy mucho mejor, pero eso es otra historia. Al menos tuve la oportunidad. Y eso se lo debo a él.
—¿Qué pasó? ¿Cuándo empezaron a torcerse las cosas?
—No lo recuerdo con exactitud. Marc empezó a hacer preguntas.
Preguntas que a veces entendía... y a veces no.
Al principio eran directas: «¿Por qué dejaste de ir al bosque cuando murió tu madre?
». Yo respondía lo más literal posible: «No lo sé.
Dejó de apetecerme». No le decía que me daba miedo. Eso era íntimo, era mío.
Hizo una pausa.
—Insistía dentro de lo razonable. Hasta que dejó de serlo.
Le pedí que parara. «No me agobies. No voy a hablar de esto».
Durante un tiempo lo respetó, luego cambió la forma.
Las preguntas dejaron de ser claras. Eran insinuaciones, frases a medias, cosas que no sabía interpretar.
Y eso es peor. Porque no entiendes qué quieren de ti.
No sabes qué está pasando. Le pedí que hablara claro, que dijera lo que quería decir. No lo hacía. Nunca.
El silencio se tensó apenas antes de que continuara.
—Y entonces empezó con una frase: «tienes que contar la verdad».
Se detuvo un segundo.
—Así. Sin más. Yo no tenía ni idea de a qué se refería. Ni entonces ni ahora.
—¿Se lo preguntaste?
—De todas las formas posibles: «¿Qué verdad? ¿De qué hablas? ¿Qué se supone que tengo que decir?». Y siempre lo mismo: «Claro que lo sabes».
Negó.
—No lo sabía. Y eso es importante. Porque cuando no entiendes lo que te piden, no puedes responder ni aunque quieras.
Ahí empezó el desgaste. Él insistía, yo me agobiaba, y cuando me agobio...
me aparto. Así que empezamos a vernos menos.
No de golpe, poco a poco. Ese verano se fue a Bilbao con unos tíos suyos.
Más adelante volvimos a acercarnos y a ratos parecía que todo estaba bien otra vez, pero volvía a lo mismo.
Se recostó en el respaldo de la silla.
—No puedo tolerar los bucles sin salida, me agotan. Al final le dije que se acabó, que no iba a seguir ahí. Corté. Y cuando yo corto, corto.
—En el pueblo no solo hablaban de amistad —dijo Paula—. Algunos daban a entender que tú eras una mala influencia para él, que lo estabas arrastrando a algo.
—Marc era un buen chico, caía bien. Yo no. La narrativa salía sola.
—Otros decían que ocultabais una relación sentimental.
Esta vez sí apareció una sombra de ironía.
—Claro. Cuando algo no se entiende, se le añade sexo; siempre parece más interesante.
Paula no dijo nada.
—No era eso —añadió él al cabo de un momento—.
Si hubiéramos sido pareja, no lo habría ocultado.
¿Para qué? Tampoco había nada turbio en nuestro vínculo.
No lo manipulaba ni lo obligaba a pasar tiempo conmigo.
Solo éramos dos chavales que no encajaban en aquel lugar y que, por algún motivo, se entendían.
Marc no era tan normal como el pueblo creía y, quizá, yo era menos raro de lo que pensaban.
Nuestra amistad se acabó por lo que te he dicho.
No escondo ningún secreto sórdido, no soy tan interesante.
Paula ignoró la ironía ácida.
—¿Qué pasó la noche de la fiesta, Jac?
—Fui con mi padre porque le pidieron combustible. Se habían quedado cortos y, cuando el monstruo tiene algo que necesitas, por lo visto se te olvida que lo es. Lo acompañé a llevarlo. No iba a quedarme. Entonces apareció Marc.
Sus dedos se tensaron apenas sobre la mesa.
—Me cogió del brazo y me dijo que teníamos que hablar.
No era propio de él. Había bebido más de la cuenta; no estaba borracho, aunque el alcohol lo envalentonó.
Mi primera reacción fue soltarme, decirle que no.
Pero no quería montar una escena delante de todo el pueblo.
Me quedaban dos días para irme a la facultad y no volver a pisar ese agujero.
Así que lo seguí, detrás del escenario, a un sitio apartado. Y ahí...
Buscó la palabra, sin encontrarla del todo.
—No recuerdo bien lo que pasó. Recuerdo la sensación: presión. Sentía que no podía salir de allí.
Se llevó la mano al esternón.
—No era enfado. Era urgencia. Necesitaba irme.
Y en algún momento lo conseguí. Creo que le dije algo brusco y salí.
Él vino detrás... y ahí se corta. A partir de ese momento no recuerdo nada.
Lo siguiente fue despertarme en casa, verme los nudillos y saber que lo había vuelto a hacer. Y que esta vez había sido peor.
Bajó la vista a sus manos de forma inconsciente.
—Lo que sé es lo que me contaron: que me tiré encima de él, que le pegué una paliza, que no se defendió, que seguía diciendo lo mismo: que no le importaba que le pegara, solo que dijera la verdad y dejara de esconderme.
Tuvieron que apartarme. Todos aseguraron que podría haberlo matado. Supongo que aún lo dicen.
Alzó la cabeza.
—Yo no recuerdo la violencia. Pero sé que pasó. No estuve a la altura... Y no es solo por la agresión, es porque él estaba intentando decir algo importante para él, y yo no fui capaz de entenderlo, ni de ayudarlo ni de hacer nada distinto. Eso es lo que no sé si voy a poder perdonarme.
—Lo que hiciste fue grave. Aunque lo relevante aquí no es solo eso, es que hay un punto en el que desapareces. No recuerdas cuándo pasas de querer irte... a atacar.
Él se tocó la sien.
—Estoy... y dejo de estar. Y cuando vuelvo, ya ha pasado.
—Y necesitas a alguien que te detenga.
Él lo entendió.
—Ya lo he pensado. No lo recuerdo. Después del accidente tenía una herida en la frente y un arañazo en la cara.
No tenía ni un rasguño en las manos, no había inflamación.
Sé que eso no significa que no lo hiciera, que pude utilizar algún objeto...
No lo sé. No tengo nada, ni recuerdo ni sensación, solo vacío.