25
La mujer entró con el bolso apretado contra el pecho. No parecía alguien que fuera a contar un chisme, sino alguien que necesitaba quitarse algo de encima. Se sentó y tardó unos segundos en empezar.
—Yo tendría que haberlo dicho antes.
Cruz no la apuró.
—Dígame qué.
—Lo que le voy a contar me lo contó ella.
Cruz asintió y lo anotó: relato indirecto.
—Yo la conozco. Y sé cuándo alguien tiene miedo. Al llegar aquí... era otra cosa. Era luz. Sonriente, educada y cariñosa. Lo contrario que él.
Cruz escribió una palabra: contraste.
—Él ya vivía allí antes. Siempre fue... raro. No hablaba y si le decías algo, respondía lo imprescindible y se metía en casa. A mí no me gustaba. Nunca me gustó.
—¿Por qué?
—No lo sé. Instinto.
Anotó: percepción subjetiva.
—Lara no hablaba mucho de su matrimonio hasta unos meses antes de la desaparición. Entonces empezó a decir que él estaba muy difícil, más cerrado que de costumbre, y que discutían mucho. Yo le dije que se fuera, que volviera con su familia. Ese chico nunca había sido normal.
—¿Presenció usted alguna discusión?
—No, pero una noche vino muy alterada. Me contó que se habían enfadado. Él hacía siempre lo mismo: cuando decidía que la discusión se acababa, se acababa. Se iba y la dejaba hablando sola.
Cruz anotó: patrón de retirada.
—Esa vez ella lo siguió a la cocina. Él estaba preparando la cena. Me confesó que le dijo algo como: «No, esto no se queda así, vamos a hablar». Él no le contestaba, la ignoraba. Ella levantó la voz... y entonces él se giró. Despacio.
—¿Despacio?
—Eso me contó.
—¿Y?
—Tenía un cuchillo. No avanzó ni gritó, le dijo: «Es muy mala idea que pongas nervioso a alguien que tiene esto en la mano».
El despacho quedó en silencio. Cruz anotó la frase de forma literal.
—¿La tocó?
—No.
—¿La amenazó directamente?
—No. Solo eso.
—¿Qué hizo ella?
—Se quedó paralizada, luego salió de la cocina. Él puso los platos en la mesa como si nada y cenaron en silencio. Yo le dije que tenía que denunciarlo, que aquello era abuso.
Cruz no corrigió. Anotó la interpretación.
—Luego me marché a Dublín con mi marido una semana. Le dije a Tomás que era mejor esperar, pero él insistió en que ya teníamos los billetes y nos fuimos.
Bajó la vista un instante.
—Cuando volví, ella me contó que aún no había podido irse, aunque pensaba hacerlo. Dos noches antes se había despertado... y lo había encontrado plantado a los pies de la cama.
—¿A qué hora?
—No lo sabía. De madrugada. Estaba inmóvil, mirándola en la oscuridad.
La mujer se estremeció.
—Lara preguntó: «¿Qué haces ahí?», y él no contestó.
Se dio la vuelta y salió del dormitorio.
Al día siguiente casi no hablaron. Ella no quiso sacar el tema.
Él tampoco. Y esa noche no pudo dormir. Me dijo que no se atrevía.
Que la forma de mirarla... era muy extraña.
Se encerró en el baño. Pasó la noche allí.
Esperó a que él se fuera a correr por la mañana para salir.
Cruz escribió eso despacio.
—¿Usted vio algo de esto?
—No.
—¿Su marido?
—No.
—Todo se lo contó ella.
—Sí. Dos días después, salieron juntos en el coche. Y él volvió solo. Yo nunca me voy a perdonar no haberla sacado de allí cuando pude.
—¿Por qué no contó esto antes?
—Mi marido me dijo que no hablase más de lo necesario. Que nadie nos garantizaba que él fuera a la cárcel. Si volvía, viviría a veinte metros de nuestra casa. Pero ahora... ahora no puedo callármelo.
El silencio se alargó. Cruz cerró el cuaderno.
No creía que mintiera; sin embargo, seguía siendo un relato indirecto, condicionado por años de prejuicios hacia Jac. Aun así, el relato era inquietante.
Cruz llamó a Paula. No podía esperar.
Cuando terminó de relatarle el testimonio, escuchó el silencio al otro lado de la línea. Paula no dijo nada. No hacía falta.
—Escucha, Paula. Ya no son solo las fotos. Ahora tenemos también este testimonio.
—Te pedí cuarenta y ocho horas, Cruz.
—Y te las di. Pero esto ya no puedo frenarlo. Hay que incorporar la declaración y las fotografías al procedimiento y remitirlo al juzgado.
—Necesito que termine el relato del pueblo antes de que vuelvan a tomarle declaración. Si se siente acorralado, se cerrará.
—No van a acorralarlo. Van a hacerle unas preguntas.
—Para él será lo mismo. Es un día más, Cruz.
—Esperaré a mañana. No puedo darte más margen.
Paula aceptó. No había más que decir.