Recuérdame ​​24
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Jac entró sin detenerse en la puerta. Apenas saludó. Al pasar junto a la mesa, su mirada cayó en las cajitas desalineadas y torció el gesto. Las recolocó en silencio, una a una, hasta dejarlas alineadas y a la misma distancia. Solo entonces alzó la vista hacia Paula.

—¿Sabes una de las cosas que más echo de menos de estar fuera?

La pregunta la descolocó un poco. No por el contenido, sino por el momento.

—No.

—Despertarme por la mañana y tomarme un chai latte mirando por la ventana. Sin pensar en nada. Sin hablar con nadie.

Paula lo miró con una sorpresa que no consiguió disimular.

Jac entornó los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

—No es nada. Me estás mirando de una forma rara.

—Es que no te pega.

—¿El qué?

—El chai latte.

—¿Y qué me pega?

Paula dudó apenas un segundo.

—Café solo. Expreso, sin azúcar y muy cargado.

Jac la observó valorando la respuesta.

—Prejuicios.

—¿Por qué? Es lo que suelo desayunar yo. No podría vivir sin café.

—Sí podrías. A mí me gusta el chai y aquí estoy, sobreviviendo sin él.

—Ya lo veo.

—Siento que no todo en mí sea coherente con tu idea dramática de mi personalidad.

—No la definiría así. Intensa, quizá. Fuerte. Como el expreso.

—¿Te estás riendo de mí?

—Un poco. Ahora que sé que eres un hombre chai , no puedo tomarte tan en serio.

Jac la miró un segundo más.

—Paula, ¿qué buscas? Y, sobre todo, ¿qué vas a hacer con ello si lo encuentras?

La sonrisa de Paula no desapareció de inmediato. Sabía que no debía seguirle el juego. El problema era que, por un instante, quiso hacerlo.

—Me encantaría responder a esa pregunta, aunque por desgracia el tiempo manda y tendríamos que empezar la sesión.

Jac bajó la mirada hacia la carpeta y resopló con desgana.

—De acuerdo. Venga. Retrato de un monstruo, segunda parte.

Ella no sonrió.

—No me haces gracia.

—Lo sé.

No hubo defensa. Solo constatación.

Paula abrió la carpeta.

—Me contaron que ibas al bosque con una mochila. Decías que ibas a dibujar, solo que nadie vio nunca un dibujo tuyo.

Él la miró un instante.

—Dame un papel.

—Jac...

—Dámelo. No voy a matar a nadie con eso.

Ella sacó un bloc y se lo tendió junto a un lápiz.

Él los cogió, se levantó y se apoyó en el marco de la ventana. Empezó a dibujar sin apenas mirar el papel, con un trazo directo, seguro y la imagen decidida antes de tocar la hoja.

—Yo no maté a Nobu, el perro de Victoria. Ni a ninguno de los demás animales.

El lápiz no se detuvo.

—De hecho, lo busqué durante cuatro días. Cuando la gente se iba a casa por la noche, yo seguía, con una linterna.

Sombreó una zona, cargando el trazo más de la cuenta.

—Era lo más parecido a un amigo que tenía. Le conté cosas que jamás le he confesado a nadie.

El trazo se ralentizó.

—Cuando lo encontramos muerto... me destrozó. Y cuando ella dijo que había sido yo...

No terminó. Siguió dibujando.

—Hasta ese momento eran tres liebres y dos gatos. Decían que era «un bicho malo» que bajaba de las montañas, algo normal. Después empezaron a cambiar la historia. Más casos, más detalles. Cosas que nadie había mencionado antes.

Añadió una línea fina.

—Primero lo dice una persona, luego otra, después ya son cinco y al final ya es un relato colectivo.

El lápiz se detuvo un segundo en el aire.

—Y lo interesante no es que sea mentira, es que la gente lo recuerda como si fuera verdad.

Volvió al dibujo, ajustando una forma sin borrar la anterior.

—Yo con doce años no entendía nada de eso, solo sabía que me estaban señalando.

Luego entiendes que no eres el primero. Mi bisabuelo tenía hipertricosis y decidieron que era un hombre lobo. De mi abuelo dijeron que hacía rituales satánicos. De mi padre, que estaba loco. A mí me llamaron psicópata. Cada época tiene su forma de nombrar al monstruo.

Añadió otra capa de trazo, más suave.

—Después de lo de mi madre dejé de ir. Me daba miedo.

No el bosque, la idea de estar solo. Entendí que en un lugar así estaba aislado, que si tenía un accidente nadie iba a enterarse.

Con doce años no estaba atravesando un buen momento y recordé que pasar tiempo allí me sentaba bien. Así que decidí volver.

El trazo cambió, más ligero.

—El primer día di cuatro pasos y me fui. Una semana después llegué al río. Al mes podía quedarme.

Se apartó lo justo para ver el conjunto, sin corregir nada.

—Cuando empezó todo esto, pensé en dejarlo otra vez. Pero era el único sitio donde no sentía la tensión de tener que adaptarme a nada. Y no me dio la gana.

Añadió una última línea.

—No iba a renunciar a algo que me hacía sentir bien porque los demás decidieran que estaba mal.

Terminó el dibujo. Dejó el lápiz y el bloc sobre la mesa y colocó la hoja delante de Paula.

No la miró. Ella tardó un segundo en acercarse.

Era el jardín. El mismo que se veía desde la ventana, aunque no era una reproducción, sino algo más personal.

Las líneas no eran limpias. Había zonas más cargadas, repasadas una y otra vez.

Las ramas caían un poco más de lo que correspondía.

Había hojas en el suelo, las suficientes para que el lugar pareciera detenido en otro momento, ajeno al tiempo real.

Paula alzó la vista.Él ya estaba de pie.

—A veces lo que nos define es lo que hacemos cuando nadie nos mira.

La observó un instante. Luego se giró y salió del despacho.

Paula se quedó mirando el dibujo. No era el trazo de alguien que no hubiera dibujado nunca. Tampoco era solo una prueba contra una acusación absurda. Era una forma de mirar. Y eso, de nuevo, la inquietó más de lo que convenía. Aun así, no demostraba nada y ella lo sabía.