Recuérdame 22
30%

22

Paula tardó un momento en hablar. El enfado de Jac era legítimo, aunque no le gustara reconocerlo.

—Fui a Sant Marçal —dijo ella—. Hablé con un profesor tuyo del instituto.

—Puah.

—¿«Puah» qué?

—Que mis profesores no me tenían mucho cariño.

Era de esos alumnos que, si el libro afirmaba algo, querían saber por qué.

Si había otra forma de hacer las cosas, la planteaba.

Si había otra interpretación posible, la ponía encima de la mesa.

Y eso, con un grupo de adolescentes delante y un temario que terminar, suele generar entusiasmo limitado.

—Puedo imaginarlo. Carles Vilà habló de ti con cariño. Dijo que eras bueno en ciencias y en lengua.

Jac no respondió.

—Y que tenías alguna amistad.

—Montse. Y durante un tiempo, Marc.

Paula esperó, él no añadió nada.

—La gente de Valliure marca un punto de inflexión muy claro: la muerte de tu madre.

Jac apoyó la espalda en la silla.

—Mi madre era sociable. Mi padre y yo no. Así que cuando murió, dejamos de obligarnos a hacer cosas que no nos gustaban.

—¿Os aislasteis?

—Mi padre diría que nos quedamos tranquilos. Tú puedes llamarlo como quieras.

—Háblame del colegio.

—No tengo nada que decir.

Paula lo miró firme.

—Algo pasó. A los diez años, en un recreo.

—Sí. De acuerdo. No puedo explicarte el suceso exacto. Eso es la verdad, lo que puedo es decirte qué recuerdo.

Se inclinó hacia delante, respiró hondo y cerró un momento los ojos.

—Veo el patio. Debía de ser primavera, porque no llevábamos chaqueta. Estábamos sentados en el suelo, con los bocadillos, y entonces apareció Nil con un silbato de madera, oscuro, artesanal, de esos de feria.

Tragó saliva.

—Y me bloqueé. Fue inmediato. Le dije que lo guardara. Se rio y lo acercó más. Yo intenté apartarlo, él seguía acercándolo y luego sopló.

Se quedó callado un instante.

—El sonido era horrible: agudo, demasiado fuerte. Me entraba directo aquí.

Se señaló el pecho.

—Y después... empiezo a perder fragmentos. Las voces se van alejando, como si estuviera debajo del agua. Veía el balón golpear la valla antes de escuchar el ruido. El cuerpo no me respondía bien, intentaba moverme y no podía apartarme.

Bajó la mirada.

—Luego ya no hay nada claro. Solo flashes: un profesor sujetándome contra el suelo, Nil sangrando, mis manos manchadas de rojo...

No recuerdo nada más. Solo el antes y el después.

El centro sigue sin estar. Siempre es igual: hago algo...

y desaparece. Y si no está, no puedo entenderlo, no puedo aprender de ello.

Se pasó la mano por la cara con rabia.

—No sé qué ocurre en ese momento. No sé en qué me convierto.

Conozco el resultado. Da igual si lo hago queriendo o no.

Quiero parar. Me da igual cómo lo llaméis: pérdida de control, disociación, lo que sea.

Quiero saber qué pasó, quiero ese momento que falta.

Y después... una solución. La que sea. Si tengo que medicarme, me medicaré.

Si tengo que estar encerrado, lo estaré. Decidid vosotros. Pero paradme.

Paula no respondió de inmediato. La frase la golpeó. Aun así, prefirió seguir adelante.

—¿Qué hicieron después de aquello?

—Mi padre habló conmigo. Me preguntó por qué lo había hecho. Le dije que no lo sabía y me dijo que lo solucionaríamos. Y esa noche pensé: ¿cómo se soluciona algo que ya ha sucedido? No puedes volver atrás, ya está hecho.

—¿No te dijo nada más?

—No. En el colegio lo relacionaron con la muerte de mi madre.

Dijeron que había reprimido emociones y que el silbato había actuado como detonante.

Al parecer, de pequeño tuve uno similar.

Yo no lo recordaba, mi padre sí. Dijeron que me lo había regalado ella.

No tenían una explicación clara, así que aquella les servía.

Se encogió de hombros.

—Lo que cambió fue el pueblo. Dejaron de verme como al raro y empezaron a verme como a alguien peligroso. Y yo aprendí a vivir con miedo, no a lo que dijeran de mí, a la posibilidad de que volviera a pasar.

Respiró hondo.

—Con el tiempo me convencí de que había sido algo puntual. Me equivoqué.

—¿Te refieres al incidente en las fiestas del pueblo?

—Sí. Paula, hoy no puedo seguir.

—No. Tienes que descansar.

Jac se levantó despacio.

—Gracias.

Salió del despacho sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic suave.

Paula se quedó inmóvil unos segundos, con la vista fija en el lugar donde él había estado sentado.

No cuadraban ni la explicación del colegio, ni la forma fragmentada en que lo recordaba, ni todo lo que evitaba.

Faltaban demasiadas piezas. Y, aun así, lo que más la inquietaba no era solo lo que faltaba, sino la forma en que cada pieza nueva parecía hacerlo más vulnerable y más peligroso al mismo tiempo.

Cerró los ojos un instante. La siguiente parte sería peor.