Recuérdame 21
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Se encontraron en el pasillo. Paula acababa de salir de la consulta y se disponía a volver a entrar cuando lo vio acercarse. Jac venía solo, caminando despacio. Se saludaron con una inclinación de cabeza.

Él hizo el ademán automático de dejarla pasar primero y, al alargar la mano, le rozó la espalda. Paula se apartó sin brusquedad, pero con la incomodidad suficiente para que Jac retirara la mano al instante.

No fue solo el roce ni la rapidez con que su cuerpo recordó el banco de piedra antes de que pudiera controlarlo.

Fue que, junto a ese recuerdo, aparecieron también las otras imágenes: las agresiones, Lara sola con él en el coche...

Todo lo que la atraía y todo lo que debía preocuparle se cerró sobre el mismo punto y le cortó el aire.

—Perdón.

Jac se disculpó, bajó el brazo y dio un paso atrás.

Ella asintió sin mirarlo.

Entraron en la consulta. La puerta se cerró detrás de ellos con el mismo sonido seco de siempre.

—¿Qué tal el fin de semana? Sé que te has ido fuera.

Jac intentó que su voz sonara despreocupada. No lo estaba.

—Bien, gracias.

Él esperó, ella no añadió nada.

—¿Y ya? ¿Dónde has ido?

—A la montaña. A descansar.

Sonrió apenas.

—¿A la montaña? Sales de Vallclosa, que es un agujero entre montañas, y te vas a otro pueblo de montaña. Podrías haberte ido a la playa.

Paula lo miró.

—¿Y aquí?

—Aquí, estupendo. Haciendo lo mismo que todos los días. Poco margen para la emoción.

—Bien. Empecemos. Hay algo de lo que necesito hablar contigo. Tiene que ver con el recuerdo que apareció cuando hicimos la reconstrucción sensorial.

—La puerta verde.

—Exacto. ¿Has recordado algo más?

—Sí. Si cierro los ojos, veo la puerta y, en cuanto la veo, empiezo a sentirme mal.

Puedo estar delante, pero no puedo abrirla.

Lo extraño es que, aun así, veo lo que hay detrás.

Hay oscuridad, primero solo oscuridad. Luego aparecen unas escaleras estrechas, empinadas, de piedra, que bajan hacia algo que no sé si es una cueva o un sótano subterráneo.

Es pequeño, profundo y cerrado. Sé que hay paredes de roca mojadas, aunque no las vea.

Todo es negro. Sin ventanas, sin grietas por donde pueda colarse la luz.

Noto la humedad helándome la piel. Al principio estoy aterrado.

Luego cambia, siento que el aire se acaba y las paredes se acercan.

No puedo respirar, no puedo moverme, no puedo salir.

Y entonces dejo de sentir miedo, es desolación.

He intentado situarlo. Pensé que quizá era un lugar real.

Incluso se lo pregunté a mi padre. A él tampoco le sonaba nada, así que no lo sé, puede que no exista.

Lo que hay detrás es simbólico. Eso lo tengo claro. La puerta... me parece real.

Paula anotó algo y volvió a levantar la vista.

—Esa puerta existe.

—¿Cómo que existe?

—Existe. Tal como la describes.

Jac se inclinó hacia delante.

—¿La has visto?

—Sí.

—¿Dónde?

—Eso no es lo importante ahora.

—Para mí sí. Quiero saber dónde está.

—Jac, necesito que mantengas la calma.

—Vale. Te escucho.

—Está en el bosque, cerca de tu casa. En Valliure.

—¿Has ido a preguntar por mí?

—Sí.

—Podrías haberme dicho qué necesitabas.

—Te he dado oportunidades.

—No. Me has dado espacio. No es lo mismo. Nunca me preguntaste.

—Me dijiste que eras de Sant Marçal d’Amunt. Y no lo eres.

Se pasó la mano por la cara.

—No es una mentira. Es una simplificación. Si digo Valliure, nadie sabe dónde está. Siempre tenía que explicar que estaba cerca de Sant Marçal. Al final recorté el proceso.

—Entonces hablemos de la puerta.

—No voy a hablar de nada más hasta que me digas qué te han contado.

—Eso no funciona así.

—Ahora sí. Tú te has saltado las reglas para construir una versión de mí excluyéndome.

—No te estoy juzgando.

—Claro que sí. Desde el momento en que escuchaste la primera historia. Si me hubieras preguntado, podría haber decidido hablar o no hacerlo, habría sido decisión mía. Ahora no pienso hablar sin saber qué tienes ya en la cabeza.

—Eso te perjudica.

—Lo sé y también sé cómo va a acabar esto. Soy capaz de distinguir entre el bien y el mal. El informe dirá que soy responsable. Y si hice algo, quiero saberlo, quiero recordarlo y quiero asumir las consecuencias.

Hizo una breve pausa.

—Me importa lo que tú pienses. No debería, pero me importa. Por eso lo que has hecho cambia las cosas. Ahora ya no vas a mirarme solo a través de tus ojos.

Se detuvo un instante, sopesando lo que iba a decir.

—Siempre es igual. Primero hablan los demás, luego voy yo. Y esta vez no tenía por qué ser así. —Apretó la mandíbula—. Y me jode.

Paula sintió el golpe de aquella frase y tuvo que obligarse a no responder desde el lugar equivocado. No podía pedirle que entendiera por qué había ido a Valliure. Todavía no.

—De acuerdo. Te diré lo que me han contado.

Jac no respondió. Sin embargo, tampoco volvió a cerrarse del todo.