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Cuando volvió hacia el pueblo con la intención de marcharse, pasó delante de una casa con una placa de piedra: «Can Miralles». Se detuvo. Marc Miralles. Le habían dicho que tenía familia allí. Dudó antes de llamar.

Tardaron en abrir. Finalmente apareció un chico de veintipocos años.

—Hola. ¿Te has perdido? ¿Necesitas algo?

—Me llamo Paula Allende. Soy psiquiatra. Atiendo a Jacob Masferrer y estoy intentando recabar información para evaluarlo.

—Ah. Yo soy Pol, el primo de Marc.

—En Abreia me han dicho que Marc fue amigo suyo.

—Sí. Lo fue. Al menos durante la adolescencia. A mí me pilla lejos, soy más joven. Sé que eran amigos y que dejaron de serlo.

—¿Te han hablado de algún incidente?

—Sí. Masferrer le pegó una paliza brutal a Marc en plena fiesta del pueblo, supongo que te refieres a eso.

Yo lo vi. Era muy pequeño, pero esas cosas se quedan.

Nadie sabe por qué fue. Cuentan que Marc le decía a Masferrer que tenía de decir la verdad y dejar de esconderse.

Se dice que tenían una relación. Yo no tengo ni idea, mi primo nunca habla de eso.

Se ve que tiempo atrás le había pegado a un compañero del cole.

Siempre se dijo que lo peor no fueron los golpes.

Era que la mirada estaba vacía, como si no hubiera nadie detrás.

Marc no lo ha explicado nunca, tampoco lo ha negado.

—¿Podría hablar con tu primo?

—Ahora está en Japón. Es empresario, pasa mucho tiempo fuera. No sé cuándo volverá. Déjame tu teléfono y se lo daré cuando regrese.

Paula anotó el número y se despidió.

Se dirigió hacia el coche sin mirar atrás. Mientras se alejaba de Valliure, entendió que había dejado de reunir datos clínicos y que estaba entrando en un territorio donde los hechos y los relatos se mezclaban hasta volverse indistinguibles.

Al principio intentó seguir ordenando lo que había descubierto, no era solo información: era acumulación.

Notó cómo la tensión empezaba a subirle por el cuerpo. Bajó la velocidad sin darse cuenta, necesitaba parar.

Apagó el motor, apoyó la frente un instante en el volante, con los ojos cerrados, e intentó asimilar lo que llevaba dentro.

Las agresiones no eran rumores ni versiones exageradas, eran episodios concretos, repetidos por personas distintas y coincidentes en lo esencial.

No lo definían, pero dibujaban un patrón que no se correspondía con la imagen que tenía de él: pérdidas de control graves.

Al menos en dos ocasiones tuvieron que intervenir para detenerlo.

«Siempre lo frenó alguien. En el coche con Lara estaban solos». El pensamiento apareció con claridad, incómodo y firme. No probaba nada. Sin embargo, abría una posibilidad que prefería no contemplar.

El bosque la inquietaba de otra manera. Convertía a Jac en un psicópata y seguía sin verlo así. Sin embargo, algo había tenido que pasar para que una historia así se mantuviera durante años.

Y luego estaba la puerta verde.

Eso sí era real. Ella la había visto, la había tocado, y él no sabía de dónde venía.

Cuando volviera, empezaría por eso, no por las agresiones ni por el pueblo. No porque lo otro no importara, sino porque si entraba por ahí, él se cerraría y no obtendrían nada.

La puerta verde, en cambio, era un hecho sensorial, una imagen concreta que Jac no conseguía ubicar. Era el único hilo que podía tocar sin convertir la sesión en un interrogatorio y quería ver hasta dónde podía avanzar sin activar sus defensas.

Lo que más la inquietaba era que Jac no le había hablado de esas agresiones.

Podía no recordarlas, sin embargo, eso no significaba no conocerlas: se contaban, había testigos y, además, si aquello llevaba ocurriendo desde que era un niño, cambiaba todo el cuadro, y él había decidido ocultarlo de forma consciente.

Paula arrancó de nuevo el coche con las manos aún tensas. No sabía qué era verdad y qué no. Valliure le había dado más dudas que respuestas.