Recuérdame ​​ 19
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La casa de Victoria estaba cerca de la de los Masferrer, demasiado cerca para que la convivencia no hubiese dejado huella. Era una casa baja, antigua, con un patio delantero cercado por una valla metálica.

Victoria abrió antes de que Paula llamara por segunda vez. No parecía sorprendida. La recorrió con la mirada, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—Usted debe de ser la médica. Pase.

No le ofreció nada. Se sentaron en la cocina, frente a frente, con la mesa entre las dos como una frontera clara.

—Usted quiere saber quién es Jacob Masferrer. Aquí nadie quiere decirlo; yo sí.

Victoria soltó una risa seca.

—Decía que iba al bosque a pintar.

Lo dijo sin ironía, convencida de que era absurdo en sí mismo.

—¿Pintar?

—Sí. Lo curioso es que nadie ha visto nunca un dibujo suyo. Ni un boceto. Nada.

Se inclinó hacia delante.

—Empezó a ir al bosque con unos doce años. Todas las tardes. Siempre solo, siempre de negro, con una mochila. Y al día siguiente aparecían animales muertos: liebres, conejos, gatos... Siempre en el bosque. Era raro, pero aquí la gente prefiere no mirar de frente.

Victoria respiró hondo.

—Mi perro también salía a correr, él no se metía en el bosque. Corría por los campos y volvía. Siempre volvía.

La miró fijamente.

—Yo había visto a Jacob detrás de mi perro alguna vez. Se lo dije a Bartomeu, su padre. No quería ver al crío cerca.

Sus dedos se cerraron sobre la mesa.

—Una tarde mi perro no volvió. Lo buscamos cuatro días y, cuando lo encontramos, estaba muerto. Como los otros, solo que él era más grande.

Su voz no temblaba. Se endurecía.

—La incisión en el abdomen no la había hecho ningún animal. En los pequeños también se veía, solo que nadie quiso decirlo. Esa vez, no me callé.

Alzó la barbilla.

—He sido carnicera toda mi vida. Sé cómo es un corte de cuchillo. Y eso era un corte limpio.

Paula aguantó su mirada.

—Lo dije porque era la verdad y porque alguien tenía que decir lo que eran los Masferrer.

Se inclinó hacia delante.

—Dije que había sido él.

—¿Tenía alguna prueba?

—No. Todos sabíamos que era así. Él era el que iba al bosque. Él mataba a los animales. Primero a los pequeños, luego a otros más grandes, después a mi perro.

La miró sin apartar los ojos.

—Y ahora a su mujer. Eso es lo que ha pasado, aunque a la gente le dé miedo decirlo.

El silencio que siguió fue espeso.

Paula no anotó los hechos, sino el relato: la progresión, la certeza, la necesidad de que todo encajara. Cuando salió de la casa, no tenía respuestas, sino algo más inquietante: una versión completa, coherente y peligrosa por lo convincente que resultaba.

Ya había abierto la puerta del coche cuando oyó la voz a su espalda.

—Señorita doctora.

Se giró.

Victoria estaba en el umbral, apoyada en el marco.

—Se me ha olvidado una cosa.

Paula esperó.

—Cuando el Masferrer pequeño tenía unos doce años, cuando empezó a ir al bosque, los chavales dejaron de llamarlo Jacob, empezaron a llamarlo Jac.

Algo se tensó en el pecho de Paula.

—Jac. Como el Destripador. Porque sabían lo que hacía allí. Un año después mató a mi perro.

Se dio la vuelta y entró sin despedirse.

Paula se quedó inmóvil, con la mano en la puerta del coche.

Jac. No Jacob. Jac.

Arrancó sin encender la radio. Mientras se alejaba por el camino embarrado de Valliure, entendió algo con claridad: habían convertido a un niño en un monstruo antes de que existiera una prueba real contra él.

Antes de marcharse del pueblo, Paula decidió acercarse al bosque.

Aparcó el coche donde el camino se abría, para no bloquear el paso, y continuó a pie. Al principio siguió el sendero marcado, ancho y fácil de transitar. El silencio era denso, no inquietante. Se oía el río a lo lejos, oculto entre la vegetación, constante.

Avanzó unos minutos.

Luego se detuvo.

El sendero seguía hacia la derecha, más abierto, a la izquierda el terreno se cerraba, más irregular, con matorrales y árboles más juntos. Dudó un instante y, sin tener muy claro por qué, se desvió.

A partir de ahí, el bosque cambió.

El suelo era más inestable, cubierto de hojas y pinaza. La vegetación se cerraba lo suficiente como para obligarla a apartar ramas con la mano. El sonido del río seguía ahí, amortiguado y difuso; ya no le servía para orientarse con claridad.

Avanzó unos metros más; no había camino.

Se detuvo otra vez, mirando alrededor. Durante un segundo pensó en darse la vuelta. No tenía sentido seguir, no buscaba nada concreto.

Aun así, continuó.

No sabría decir cuánto tiempo caminó. Perdió la referencia del sendero, del coche, incluso del ruido del agua. El bosque se volvía más espeso en aquella zona, más cerrado, parecía que nadie había pasado por allí en años.

Entonces la vio.

No apareció de golpe. Primero fue una forma entre los árboles, una irregularidad en la línea del tronco, algo que no encajaba del todo. Tuvo que acercarse unos pasos más para entenderlo.

Era una cabaña.

Estaba escondida entre la vegetación, parcialmente cubierta por ramas y maleza, como si el bosque hubiera ido creciendo a su alrededor hasta casi absorberla. La madera, oscurecida por el tiempo, apenas destacaba entre los tonos del entorno.

Se acercó despacio. No era un lugar visible desde el camino. Había que meterse en el bosque para encontrarlo.

Rodeó la construcción, apartando ramas. El tejado estaba vencido en algunos puntos. Era evidente que llevaba mucho tiempo abandonado.

Cuando llegó a la parte delantera, se detuvo.

Dio un paso más despacio, con la sensación de que acercarse demasiado pudiera alterar algo.

Sintió un vuelco seco en el estómago.

La puerta era de madera.

Verde.

El color estaba desgastado, irregular, con zonas repintadas en un tono distinto, tal como él la había descrito.

Era esa puerta.

La misma.

Y, de golpe, volvió a verlo intentando romper el cristal del despacho para salir.

Paula no se movió durante unos segundos. Se limitó a mirarla.

Allí estaba.

Abrió.

El interior era simple. Restos de muebles antiguos, deteriorados y, aun así, reconocibles: una mesa, una estantería, una cama rota... Nada oculto, nada extraño. Solo abandono.

Se quedó un momento en el umbral.

Luego sacó el móvil y tomó una foto. Después, un breve vídeo.

Cerró la puerta y salió.