18
La tienda Queviures era pequeña y oscura. Estanterías con lo imprescindible, una nevera que zumbaba al fondo y un mostrador de madera gastada. Detrás de él, un hombre de unos cuarenta años levantó la vista cuando Paula entró.
— Bon dia .
— Bon dia . Me llamo Paula Allende. Soy la psiquiatra de Jacob Masferrer. Me gustaría hablar con Montse Castell. —Ah, Masferrer... —dijo él—. Soy Oriol, el marido de Montse. No está ahora, si puedo ayudarla yo...
—Estoy intentando conocer su historia para poder evaluarlo.
Oriol se apoyó en el mostrador.
—He estado en Abreia. Un profesor me ha dicho que Montse era amiga suya.
—Amiga es mucho decir —respondió—. A Montse siempre se le han dado bien estas cosas. Cuidar de los que están apartados. Si fuera por ella, tendríamos la casa llena de gatos.
A Paula le llamó la atención la comparación, aunque no dijo nada.
—Con Masferrer fue lo mismo. Estaba solo, era raro... y a ella le despertaba ese instinto.
—¿Raro en qué sentido?
Oriol soltó una pequeña risa.
—Se le notaba que algo no estaba bien. A pesar de ello, a Montse le hacía gracia.
Decía que era muy inteligente, que veía la vida de otra manera.
—Negó con la cabeza—. No era nada de eso.
Decía cosas raras porque era raro. Punto.
Salieron una vez. Fueron al cine, cenaron y luego se fueron al bosque, donde íbamos todos cuando queríamos intimidad.
Se detuvo un segundo.
—Por lo visto ella intentó acercarse. Y a él se le cruzaron los cables. La empujó, la tiró al suelo y se largó.
—¿Y después?
—Nada. No volvieron a hablar. Ella lo intentó. Nosotros le decíamos que pasara, pero ya le he dicho cómo es Montse.
Se quedó en silencio un instante.
—Si lo que quiere es saber quién era Masferrer de verdad, no es con mi mujer con quien tiene que hablar. Es con Victoria. Vive cerca de la casa de los Masferrer. Fue su vecina durante años. —La miró un momento—. Ella sí los conoce bien.
No añadió nada más.
Paula pagó una compra mínima y se despidió. Al salir, rodeó la tienda para volver al coche.
No vio a Montse salir por la puerta trasera.
La oyó detrás de ella.
—Disculpa.
Paula se giró.
Montse miró un momento hacia la tienda, comprobando que Oriol no la veía, y se acercó.
—Hola, soy Montse. Oriol no quiere que hable contigo ni que pregunte por él, por eso he salido por aquí. ¿Cómo está Jac?
Paula eligió las palabras.
—Teniendo en cuenta la situación, está firme. Estamos trabajando con él.
Montse asintió despacio.
—Jac era especial. De verdad, no como dice Oriol. Tenía una profundidad que no era normal para su edad. Era difícil, sí, pero no mala persona.
Paula la observó.
—¿Y lo que pasó aquella noche?
Montse bajó la mirada.
—Más o menos fue así. Yo no me sentí agredida. Me sentí... confundida. Se puso nervioso. Nunca quiso hablar de ello y no insistí. —Se encogió de hombros—. No sé si esto te sirve de algo.
Paula asintió; sí le servía.