17
El camino hasta Valliure fue peor de lo que Paula había previsto.
La carretera se estrechó hasta convertirse en una sucesión de curvas mal asfaltadas y tramos de tierra y lodo que no aparecían en ningún GPS.
El coche no estaba hecho para eso; era un coche de ciudad, claramente fuera de lugar allí.
En más de un punto tuvo que reducir casi hasta detenerse, maldiciendo en voz baja cuando las ruedas patinaban en una zona embarrada.
Cuando por fin llegó al núcleo del pueblo, si es que podía llamarse así a aquel conjunto mínimo de casas, el coche estaba salpicado de barro hasta las puertas.
No tardó ni un minuto en darse cuenta de que la estaban mirando.
Valliure no era un lugar al que se llegara por casualidad.
Una matrícula de Salamanca, un coche caro cubierto de fango y una mujer bastaron para convertirla en algo excepcional.
Un hombre mayor se acercó con paso tranquilo. Llevaba las manos en los bolsillos y una media sonrisa cargada de condescendencia.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó, mirando el coche de arriba abajo—. Ese cacharro no está hecho para estos caminos.
Ella asintió con educación.
—Lo sé. Me ha costado llegar.
El hombre soltó una risa breve.
—Ya lo veo. ¿Busca algo o se ha perdido?
—No. Aquí es donde quería venir.
Él arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Me llamo Paula Allende. Soy la psiquiatra de Jacob Masferrer.
El cambio fue inmediato: la sonrisa desapareció y la mirada se endureció.
—Entonces, lo mejor que puede hacer es volver a subirse al coche y marcharse por donde ha venido.
Paula aguantó el silencio unos segundos.
—Solo necesito hacer unas preguntas sobre él.
—Aquí no hablamos de esa persona —la cortó—. Se lo dijimos a la policía, se lo dijimos a los periodistas y se lo decimos a usted. Masferrer nunca ha pertenecido a este pueblo y nunca lo hará. No queremos que se relacione el nombre de Valliure con ese psicópata asesino.
Paula frunció el ceño.
—Jac Masferrer ni siquiera ha sido juzgado. Está bajo investigación.
—Aquí no necesitamos médicos que vengan a justificar a nadie.
Antes de que Paula pudiera responder, una mujer salió de una de las casas cercanas.
—Raimon —dijo, con un reproche contenido—. La señorita no tiene culpa de nada. Y estás dando una imagen muy fea de nuestro pueblo.
Luego se volvió hacia Paula.
—Me llamo Fina. Quiero que sepa que no todos aquí somos como él. Somos más hospitalarios de lo que parece.
Raimon bufó, aunque no dijo nada.
—Lo que ocurre —continuó Fina— es que hablar de Jacob es complicado.
La familia Masferrer siempre fue difícil.
Vivían aquí, sí, pero nunca estuvieron con nosotros.
Siempre en las afueras, siempre apartados.
Bartomeu se casó con Elisa, ella no era de aquí.
Se relacionaba con todo el mundo y los empujaba a ellos, todo eso se acabó cuando murió.
—Jac tenía nueve años cuando murió su madre —señaló Paula—. Durante esos años, al menos, formaron parte de la comunidad.
Fina dudó.
—Más o menos.
—¿Puede contarme algo de esa etapa?
La mujer suspiró.
—Bartomeu y el niño siempre fueron extraños.
La gente creía que Jacob era mudo. Empezó el colegio con tres años y tampoco hablaba allí.
Luego supimos que en casa sí lo hacía. Elisa lo traía a la plaza, a que jugara con otros niños.
Poco a poco comenzó a hablar más, a reír y a relacionarse.
Durante una temporada pareció más normal.
Luego Elisa enfermó y, cuando murió, Bartomeu y Jacob se encerraron en su casa y ya no supimos mucho más.
Paula recordó algo.
—En Abreia me han dicho que tenía amigos. Montse Castell y Marc Miralles.
Al oír el nombre de Marc Miralles, ambos se miraron. Raimon resopló y Fina asintió despacio.
—No diría que fueran amigos. Montse sentía pena por él. No le gustaba que estuviera tan solo. Y Marc, bueno, Marc lo intentó.
—¿Viven en el pueblo todavía?
—Montse sí. Marc no. Se fue a estudiar fuera y no volvió. Viene de vez en cuando, tiene familia aquí. Él ya no vive en Valliure.
—¿Podría hablar con Montse?
—Puede intentarlo. Ella y su marido tienen una tienda. —Señaló calle abajo—. Siga hasta la plaza. Verá un cartel que pone: «Queviures».
Antes de que Paula se marchara, Raimon añadió:
—Se lo repito: no es buena idea venir a hacer preguntas sobre los Masferrer.
Paula asintió.
—Le agradezco el consejo.
Y siguió caminando hacia la plaza con la sensación cada vez más clara de que no estaba despertando recuerdos, sino algo que en ese pueblo nunca había terminado de apagarse.