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Paula condujo durante varios kilómetros sin poner música.

El paisaje iba cambiando poco a poco, como una sucesión de fotogramas: primero las urbanizaciones dispersas, luego los polígonos, después las carreteras secundarias flanqueadas por árboles cada vez más cerrados.

El pueblo apareció ante ella, anunciado por un cartel discreto: Sant Marçal d’Amunt.

Un par de días antes, cuando Cruz salió de su despacho después de sembrar aquella duda, ella había hecho unas cuantas llamadas al que, según Jac, era su pueblo natal. En todas le confirmaron lo mismo: no constaba en ninguna parte.

No quiso llamar al inspector. Podría haberlo hecho.

Cruz le habría contado lo que sabía, habría ordenado los testimonios y habría separado datos de impresiones con la eficacia seca de quien está acostumbrado a convertir relatos en informes.

Pero eso también era un filtro, el de Cruz, el de la investigación, el de alguien que ya había empezado a mirar a Jac desde una óptica concreta.

Paula necesitaba escuchar las palabras, ver las caras, los silencios, las dudas y la forma en que un dato cambiaba el aire de una conversación.

Decidió ir ella misma. Y esa decisión, por mucho que intentara enmarcarla en el método, tenía una zona incómoda.

Sabía que no lo haría por cualquier paciente.

No así. No con esa urgencia ni con esa necesidad de comprobar por sí misma qué clase de persona había sido Jac antes de llegar a Vallclosa.

Por eso tenía que ser más cuidadosa: si iba a implicarse más de lo habitual, al menos no podía permitirse mirar peor.

Redujo la velocidad al entrar. Casas bajas, piedra clara, persianas medio bajadas, un bar, una pequeña plaza y una iglesia. El tipo de sitio donde todo el mundo se conoce o, al menos, se reconoce.

Empezó por el ayuntamiento. Preguntó con cuidado, evitando cualquier referencia que pudiera vincular el nombre de Jacob Masferrer con el caso mediático.

—¿Masferrer? —repitió la mujer del mostrador, frunciendo el ceño—. No, aquí no tenemos datos de nadie apellidado así. Déjeme volver a mirarlo.

Lo comprobó en el ordenador y en un archivador antes de negar con la cabeza.

—¿Y en la escuela? ¿O en el instituto?

—Tampoco. Si hubiese estudiado aquí, estaría registrado.

Paula salió con la misma respuesta que ya había escuchado por teléfono, aunque dicha en persona sonaba distinta. No solo no sabían quién era; de forma oficial, no existía.

Preguntó en el bar. Un par de hombres mayores levantaron la vista al oír el nombre. Uno ladeó la cabeza.

—Masferrer... —repitió despacio—. No sé. Quizá me suena.

—¿De aquí?

El hombre dudó un segundo.

—No... de aquí no. —Hizo una pausa corta—. Por las noticias.

Ese fue el primer golpe.

No lo recordaban como vecino, lo conocían como noticia. Justo lo que había intentado evitar.

Otro añadió:

—Ese chico no es de Sant Marçal. Yo diría que es de la montaña.

La palabra sonó vaga, pero enseguida empezaron a concretar.

—Abreia, quizá.

—O Santa Margarida.

—Valliure.

Paula escuchó los nombres. Pequeños núcleos desperdigados, casi invisibles en el mapa. Abreia era el mayor, el único con escuela rural y un instituto que recogía a los chicos de todos esos pueblos perdidos entre curvas y bosque.

Agradeció la información y volvió al coche.

Condujo hasta Abreia. El cambio fue sutil, aunque evidente, menos vida, menos movimiento. Allí, cuando pronunció el nombre, no tuvo que repetirlo.

—Ah, sí. Jacob Masferrer.

Alguien asintió.

—Estudió aquí. En el colegio y luego en el instituto.

Paula sintió un alivio repentino. Por fin, una confirmación.

—No era del pueblo —matizó una mujer—. Los Masferrer son de Valliure. Toda la familia paterna viene de allí.

Le explicaron que la casa donde habían vivido seguía en pie, cerrada casi todo el año. El padre, de vez en cuando, pasaba, revisaba la propiedad y se marchaba. A Jac no lo habían vuelto a ver desde que se fue a la universidad.

—Y después de lo que pasó...

—¿Qué pasó?

Las respuestas llegaron desordenadas, superpuestas e imprecisas:

—No sé...

—Hace mucho tiempo...

—Eso no fue aquí...

—No lo recuerdo bien...

Demasiadas frases para no decir nada. Alguien se encogió de hombros.

—Fue en Valliure. Hubo un incidente grave, por lo visto. Aquí no sabemos mucho. Allí sí lo recordarán.

Paula entendió que no era un problema de memoria, sino algo de lo que no querían hablar.

Antes de irse, preguntó por los profesores.

—¿Alguno que lo tuviera en clase?

Negaron al hablar de primaria. Luego alguien recordó:

—Del instituto, sí. Carles Vilà. Está jubilado, aún vive aquí.

Le señalaron una casa de piedra, antigua y silenciosa.

Paula caminó hacia ella con la certeza de que, por primera vez desde que había salido de Vallclosa, quizá alguien iba a contestarle.

La casa de Carles Vilà estaba al final de la calle, un poco apartada. Piedra oscura, contraventanas de madera, un pequeño jardín descuidado. Paula llamó al timbre y esperó.

Tardó unos segundos en abrir. Era un hombre mayor, delgado, con gafas de montura fina y expresión serena.

—¿Sí?

Paula se presentó con calma, mostrando la tarjeta profesional.

—Soy Paula Allende, psiquiatra. Atiendo a Jacob Masferrer. ¿Se acuerda de él?

Sonrió con nostalgia al escuchar el nombre.

—Claro que lo recuerdo. Hay alumnos de los que uno no se olvida nunca. Entre. ¿Le apetece un café?

El interior era sobrio, ordenado, con estanterías llenas de libros y fotografías antiguas. Se sentaron en la cocina, alrededor de una mesa pequeña. Mientras preparaba el café, Paula formuló la pregunta que había quedado suspendida:

—¿Por qué Jacob Masferrer es difícil de olvidar?

Carles dejó la taza en la mesa y se sentó frente a ella.

—Porque era diferente. —Buscó la palabra—.

Tenía un carácter difícil. Muy reservado, muy cerrado, introvertido.

No se relacionaba demasiado con nadie. No porque fuera mal chico, en absoluto.

Era educado y correcto, solo que siempre parecía fuera de lugar.

No estaba cómodo entre los demás adolescentes.

En el aspecto académico era muy buen estudiante.

Destacaba en ciencias y también en lengua.

Escribía muy bien, demasiado bien para su edad.

Lo que escribía no parecía de un chico de trece o catorce años.

Tenía un tono adulto, con bagaje. A veces era brillante, aunque también oscuro, desencantado.

Hizo una pequeña pausa.

—No era normal que alguien tan joven tuviera esa mirada sobre el mundo. Supongo que influía la muerte de su madre... Y no encajar en ninguna parte.

Paula tomó un sorbo de café.

—¿Tenía amigos?

—Pocos. Que yo recuerde, dos: Montse Castell y Marc Miralles; ambos de Valliure. Con ellos sí parecía tener una relación más cercana. Con el resto hablaba a veces. No se relacionaba de verdad ni pertenecía a ningún grupo.

Se inclinó hacia delante.

—Si tuviera que definirlo, diría que era alguien mucho mayor de lo que indicaba su edad. Mi impresión siempre fue que no era un mal chico. Pero nadie llegó a entenderlo del todo. Ni siquiera los que lo intentamos. Él no lo ponía fácil. Nunca hablaba de sí mismo, ni de sus deseos y sueños.

Se quedó pensativo, luego prosiguió.

—Yo creo que sí tenía un mundo interior rico, solo que estaba sellado.

Paula dejó pasar unos segundos.

—Me han hablado de un incidente.

Carles bajó la mirada un instante.

—Sí... Jacob tenía otra parte. A veces tenía reacciones viscerales.

—¿Agresivas?

—Por lo habitual no, sin embargo, con Miralles hubo un problema grave. Por lo que me contaron, Jacob atacó a Marc. Yo no estuve allí.

—También me han dicho que no fue la primera vez.

Carles suspiró.

—Eso es lo que consta. En cuarto o quinto curso, una pelea en el patio. Quedó registrado como un estallido de ira vinculado al duelo por la muerte de su madre.

Se apoyó en el respaldo.

—No era lo habitual. Jacob era más bien lo contrario. Parecía no escuchar las críticas, parecía que no le afectaban.

Paula formuló la frase más para ella que para él.

—Y, sin embargo, están esos dos momentos.

El profesor se encogió de hombros.

—No puedo decirle mucho más. Cuando ocurrió el primero, yo no vivía aquí. Y en el segundo, el curso ya había terminado y sucedió en su pueblo. No volví a verlos después. Todo lo que sé me llegó por terceros. Y ya sabe cómo son estas cosas.

Paula asintió despacio.

Salió de la casa de Carles Vilà con la sensación de haber recibido información valiosa y, al mismo tiempo, incompleta.

Cerró la puerta con cuidado y bajó los dos escalones del porche despacio, necesitaba ganar tiempo antes de volver al coche. El aire de fuera era frío y olía a hierba húmeda. Paula inspiró hondo para despejarse después de aquella conversación.

«Agresivo» .

La palabra le volvió con una claridad incómoda.

Todo lo demás correspondía con su imagen de Jac, demasiado bien, incluso.

Cerrado, reservado, esquivo e incapaz de encajar con los chicos de su edad.

Un niño con una mirada adulta, con un mundo interior profundo y hermético.

Un adolescente que no se relacionaba, que no dejaba pasar a nadie, que parecía vivir a cierta distancia de los demás.

Eso era Jac. Eso sí lo reconocía. Y le molestó darse cuenta de cuánto necesitaba que ambas imágenes encajaran. No solo por el caso ni por la evaluación.

Sin embargo, la agresividad no tenía nada que ver con el hombre que veía cada día: con ese dominio de sí mismo casi excesivo, con la forma en que parecía medir cada gesto y cada palabra, daba la impresión de que, para él, cualquier desbordamiento era peligroso.

Incluso dolido y enfadado, el día que tuvieron que inmovilizarlo, había sido duro, sí, pero no había levantado la voz ni explotado en ningún momento.

Al contrario. Siempre le daba la impresión de ser alguien acostumbrado a reprimirse más de la cuenta.

Paula apoyó las manos en el capó del coche unos segundos.

Dos episodios. Solo dos: uno en primaria, otro justo antes de irse a la universidad. Y entre medias, nada. Años de silencio conductual, años sin estallidos, años sin violencia.

Paula arrancó el coche con una certeza nueva e incómoda: si Jacob Masferrer había sido agresivo alguna vez, no había sido porque no supiera controlarse, sino porque algo lo había sobrepasado.

Y eso, más que tranquilizarla, le decía que la búsqueda, de verdad, acababa de empezar.