Recuérdame 14
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Esa noche, Paula se tumbó en el sofá del despacho. Cerró los ojos, se quedó inmóvil y escuchó el silencio del entorno. Cada vez que el cuerpo empezaba a aflojar, volvía el pensamiento: «¿Qué clase de persona soy?».

Se incorporó y caminó hasta la ventana. Vallclosa parecía sumida en una calma irreal. El mundo era ajeno a lo que había ocurrido; ella sí lo sabía.

Volvió a sentarse en el borde de la silla, con la respiración alterada.

Podría ser peligroso, podría ser un asesino. Su mujer estaba desaparecida y, según él, había una hija que nadie encontraba. Y, aun así, cerró los ojos con fuerza, porque el pensamiento llegó sin excusas, claro: «Me he sentido bien».

La inquietud se abrió paso con decisión y, detrás, el miedo, porque había algo peor que haberlo hecho: no arrepentirse de ello.

Jac, en cambio, estaba despierto por razones distintas. No por la culpa ni por preguntas sobre quién era, sino porque su cuerpo llevaba semanas sin descansar del todo y el sueño nunca era una tregua fácil, y porque aquella noche había sido demasiado.

Miró el techo un rato y recordó el banco, la mano de ella en su nuca, el segundo beso, lo que podría haber ocurrido...

Sintió una rabia seca; no por el deseo, el deseo era simple, sino por no haber decidido del todo.

Todo lo que le había dicho a Paula era cierto, sin embargo, no era lo único que lo había forzado a parar.

Hubiera sido una locura y una irresponsabilidad terrible continuar sin protección.

No tenía quince años. Tenía treinta y cinco y una vida que podía derrumbarse aún más por una decisión estúpida.

Quería pensar que, de haber tenido un preservativo a mano, hubiera actuado igual, aun así, si se obligaba a ser sincero, no tenía la certeza absoluta de que fuera cierto y no podía soportar la idea de que algo tan mundano lo hubiera ayudado a marcar el límite.

Pensó: «mierda», y lo dejó ahí. Hasta que apareció lo que de verdad no quería pensar.

Hubo un instante en que no fue solo piel, y eso sí era peligroso.

El turno terminó con tranquilidad. El sanatorio, a esa hora, tenía una luz demasiado clara. Paula caminaba en dirección a la salida con la bata en el brazo, agotada, cuando lo vio.

Jac iba hacia el comedor.

Todo era como cualquier otro día: enfermeros, auxiliares y voces bajas.

Vida de hospital. Él también parecía normal.

Caminaba despacio, arrastrando un poco los pies, con el chándal sin cordones y el pelo todavía húmedo de la ducha.

Y, aun así, a Paula se le dispararon las pulsaciones en cuanto notó su presencia.

Esa intensidad serena, esa forma de llenar el espacio tan difícil de definir y el magnetismo que desprendía hacían que no pudiera evitar mirarlo, a pesar de que aún le molestara reconocerlo.

—Buenos días.

Paula notó que su voz sonó menos segura de lo que habría querido.

Jac se detuvo un momento.

—Buenos días, doctora.

Respondió de la forma habitual, educado, aséptico, como alguien para quien no había existido ningún banco de piedra en su historia.

—¿Un turno largo?

Paula notó gente alrededor y contestó en el mismo tono.

—Lo habitual.

—Me alegro. Aunque pareces cansada.

Paula sintió una punzada de irritación.

—Me voy a casa a dormir.

—Perfecto. Que tengas un buen día.

Mantuvo su mirada un segundo más, esperando algo, no sabía qué, pero no halló nada.

—Tú también.

Jac siguió caminando hacia el comedor sin mirar atrás.

Paula se quedó quieta un instante, viéndolo alejarse con esa normalidad insoportable, y sintió una opresión en el pecho.

No era solo el beso, era todo lo que había llevado hasta él; para ella, aquello era un punto de inflexión, y él caminaba sin dejar rastro de que hubiera sucedido algo entre ellos.

La idea se le clavó con una claridad amarga: no porque esperara romanticismo, sino porque la indiferencia la dejaba sola con algo que había sido compartido.

Se obligó a moverse, a salir del hospital, y mientras cruzaba el vestíbulo solo podía pensar: «Para él no tuvo ningún significado».

Jac no se giró, no porque no sintiera nada, sino precisamente porque lo sentía. Había aprendido hacía mucho tiempo que lo peligroso no era sentir, sino que se notara, que alguien viera qué le afectaba, así que cuando algo le importaba hacía lo único que sabía hacer: guardarlo.

Mientras caminaba, notó el pulso un poco acelerado.

«Importa».

Sabía que desde fuera parecía indiferencia, sabía que podía doler, pero, a pesar de la paradoja, era su forma de no hacer daño.

Mientras cogía una bandeja, pensó sin dramatismo que aquello sí había sido peligroso, no el beso ni la noche, sino el hecho de haber querido acercarse después de lo que había pasado. Eso era justo lo que no podía permitirse.