13
Volvieron a ver la silueta del pabellón cerrado entre los árboles. La luz exterior lo hacía parecer menos opresivo, casi normal.
Se detuvieron a unos metros de la puerta. El acceso principal estaba ahí, con el lector de código y la cámara fija clavada hacia ellos con una paciencia mecánica.
Paula sintió cómo el corazón volvía a acelerarse. Miró a Jac.
—¿Y ahora qué? —preguntó casi en un susurro.
Él no tardó ni un segundo.
—Me abres la puerta y luego entras por la puerta principal.
Paula parpadeó.
—¿Así... sin más?
—Así sin más. No pasa nada. Tú eres doctora. Nadie va a extrañarse.
Ella miró la puerta, le pareció otra clase de límite.
—Jac...
—Escúchame —dijo él, firme, sin dureza—. A ti pueden grabarte. Eso da igual.
—Lo que necesitamos es que no te graben a ti.
—Exacto. Así que tú ábreme la puerta y entras normal. Yo me espabilo solo.
—Ya, las cámaras te grabarán cuando vuelvas a la unidad cerrada.
—No. En esa zona casi no hay y, además, sé dónde están los puntos ciegos.
—¿Cómo que sabes dónde están?
—He tenido mucho tiempo para estudiar cómo funciona esto. Qué cámaras giran, cuáles son fijas, qué zonas cubren y qué zonas no. Sé moverme por allí sin que me graben.
Paula tardó un segundo.
—Entonces... ¿por qué me has hecho reiniciar el sistema para salir?
—Porque yo sé hacerlo. Tú no. Y no tenía tiempo ni demasiada fe en que saliera bien si intentaba enseñártelo sobre la marcha.
Apoyó una mano en la puerta.
—Esas grabaciones casi nunca se revisan. Solo que «casi nunca» no significa «nunca». Reiniciando el sistema estábamos seguros de que no te grababan conmigo.
—Yo podría haber salido por la puerta principal, esperar fuera y abrir cuando llegaras. Es lo que voy a hacer ahora, ¿no?
Jac dejó escapar aire por la nariz.
—Llámame desconfiado, pero no tenía la absoluta seguridad de que no fueras a dejarme esperando al final del pasillo antiguo toda la noche y acabaras decidiendo no abrirme.
Paula abrió la boca, indignada, y terminó soltando una risa incrédula.
—Eres imbécil.
—Es muy probable.
Ella negó con la cabeza y se acercó al lector.
—Prométeme que irás directo a tu habitación.
—No voy a hacer ninguna tontería. Entraré y me iré a dormir. No voy a escaparme. No puedo salir del sanatorio. ¿Dónde quieres que vaya?
Paula lo observó buscando algún gesto que la hiciera desconfiar. No lo encontró.
Tecleó el código.
Jac permaneció detrás de ella, en apariencia distraído, aunque sus ojos volvieron a bajar un instante hacia el teclado antes de apartarse otra vez.
El lector pitó, la puerta se abrió y Jac entró.
Paula esperó hasta que la puerta se cerró y caminó hacia la entrada delantera. Entró, subió las escaleras y siguió caminando por el pasillo central, obligándose a mantener un ritmo normal.
Cuando llegó a la sala de control, Martín, el guardia de seguridad, ya estaba allí.
—Buenas noches, doctora. ¿Todo bien?
—Sí, todo bien.
Su voz sonó demasiado rápida.
Martín miró las pantallas.
—¿Y este qué hace?
Paula sintió que el mundo se paraba.
Se giró hacia el monitor.
Jac estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación, tranquilo, como si posara. Con una calma absoluta, levantó la mano hacia la cámara.
Un saludo.
Paula tuvo que contener una risa que tenía más de alivio que de humor.
—¿Por qué no está en su cuarto? —murmuró Martín.
—Ahora lo mando a dormir —respondió ella al instante.
Martín gruñó algo y se apartó.
Paula salió. Caminó hasta identificar un tramo sin cámaras, se apoyó contra la pared y el aire le salió de golpe.
—Joder...
Se tapó la boca. El cuerpo le temblaba y el pulso le martillaba en las sienes.
«Joder, ¿qué he hecho...?».
El beso. La puerta. Las cámaras. El riesgo. Todo junto era demasiado.
Cerró los ojos un segundo, intentando no venirse abajo.
«Jac...».
Lo encontró unos minutos después, cerca de su puerta, apoyado y tranquilo.
—Te he visto —dijo—. Por la cámara.
—Solo quería que supieras que todo estaba bien.
Paula lo miró un segundo.
—Vale. Pues comprobado. Vete a dormir.
—Para dormir estoy yo ahora. Ya me cuesta de por sí. Esta noche creo que voy a tardar en coger el sueño.
—Quizá sería buena idea recurrir al diazepam.
—Estoy de acuerdo: 2,5 mg. Y, si no es suficiente, dentro de cuarenta y cinco minutos, una segunda dosis de refuerzo.
—Es mejor 5 mg en una sola toma.
—Estoy siendo prudente.
Ella negó con la cabeza.
—No quiero sedarte. Solo que puedas bajar un poco. En mi opinión 2,5 es poco para alguien como tú. Lo más probable es que ni lo notes.
Él la observó. Sonrió con una calma irritante.
—No es para mí.
—¿Qué?
—Es para ti.
Paula soltó una risa breve, nerviosa.
—¿Perdona?
—Yo estoy perfecto. Tú igual sí deberías calmarte un poco.
—Jac. Eres paciente. No médico. Vete a dormir.
Él levantó las manos.
—Me voy a dormir. Pero soy las dos cosas.
A Paula se le escapó la risa otra vez, no por él, sino por toda la situación.
Jac la miró con algo distinto en la expresión, también parecía entenderlo.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, doctora.
Abrió la puerta de su habitación, se giró un instante con una última sonrisa mínima y desapareció dentro.
Paula se quedó en el pasillo un segundo, respirando, y luego se obligó a moverse, a volver a ser Paula Allende, a volver a ser psiquiatra, como si nada de lo que acababa de vivir hubiera existido.