Recuérdame 12
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El aire del jardín les cayó encima húmedo, con olor a tierra y a hierba, a invierno. Un aire real, no reciclado. Paula lo notó en la nariz y le entraron ganas de reírse y de llorar al mismo tiempo.

Jac, en cuanto pisó fuera, levantó la barbilla y señaló una cámara en un poste, a unos metros.

La lente apuntaba hacia ellos con paciencia, y Paula, al verla, sintió cómo se le encogía todo por dentro.

Jac no dijo nada; no hacía falta. Negó con la cabeza para indicarle que por ahí no, y después señaló el otro lado, donde el seto y el ángulo del poste abrían un hueco ciego.

Paula lo siguió pegada a él, con una idea repitiéndose por dentro: «No puedo creer que esté haciendo esto».

Cuando dejaron atrás la cámara y el sendero hacia el pabellón antiguo se abrió entre los árboles, Jac se detuvo y Paula también. Se miraron, no como médica y paciente, sino como dos personas que acababan de cruzar una línea.

A Paula se le escapó una risa nerviosa.

—Dios... Lo hemos hecho.

Jac soltó el aire, más bajo, más contenido.

—Ya estamos fuera.

Ella repitió, casi para convencerse:

—Estamos fuera.

Caminaron por un sendero estrecho, apenas iluminado, flanqueado por árboles que cerraban el paso hacia dentro.

Iban al mismo ritmo, sin tocarse, lo bastante cerca como para notar el calor del otro.

Paula era consciente de esa distancia mínima con una claridad sorprendente: después de todo lo ocurrido, después de la contención, de la decepción, de la disculpa y de aquella huida imposible, el cuerpo de Jac a su lado parecía lo único que era real en aquel momento.

Él respiraba, dejando que el aire le entrara limpio, frío y natural. Cada inspiración parecía reorganizarle algo dentro. La presión acumulada desde la tarde empezó a aflojarse, primero en el pecho, luego en los hombros y después en la mandíbula. Aún no era alivio, aunque apuntaba hacia él.

Paula, en cambio, caminaba con la tensión agarrada al pecho, mirándolo todo: el suelo, la vegetación, las sombras...

Llevaba los hombros ligeramente rígidos, parecía que esperaba que algo se moviera en algún punto oscuro del jardín.

Cada vez más consciente de esa sensación de alerta que la embargaba siempre que se acercaba al edificio histórico, no podía evitar sentir que el lugar había quedado impregnado de todo lo sucedido allí en el pasado.

El pabellón apareció entre los árboles con rotundidad. Imponiendo su presencia: piedra envejecida, ventanas altas, oscuras y sin reflejo. No necesitaba nada más para que se notara que estaba ahí desde siempre.

Paula sintió el rechazo antes de pensar; Jac, lo contrario. Algo en su respiración terminó de acompasarse mientras seguía avanzando.

Cruzaron el arco de la entrada. En letras negras, atenuadas por el tiempo, pero legibles, la sentencia: MEMENTO MORI .

Paula levantó la vista y se estremeció.

—Desde la primera vez que leí esa inscripción me pareció siniestro que la entrada de un sitio así te reciba diciendo «recuerda que vas a morir».

Jac se detuvo un instante.

—Lo lees como una amenaza y sabes que no lo es —respondió, señalando el arco—. Solo te recuerda que vas a morir para que no te olvides de vivir; porque si la vida fuera eterna, todo perdería su valor. La idea de finitud es lo que da sentido a nuestros actos.

Paula lo observó con atención.

—Sigue siendo macabro como bienvenida a un sanatorio mental, Jac.

Él dejó escapar una media sonrisa.

—Mirándolo desde donde lo haces tú, lo es.

Bajó la vista a su mano y la giró. Paula se acercó un poco y tardó un segundo en entenderlo.

—¿Eso es...?

—Un tatuaje.

En la palma, desgastado, aunque claro: memento mori .

Paula alzó la vista.

—¿En serio te gustó tanto la frase del pabellón como para tatuártela? ¿Quién se hace un tatuaje ahí?

Jac negó con suavidad.

—Es donde siempre me he apuntado las cosas que no quería olvidar. No tiene que ver con esto —añadió, abarcando con la mano el arco y el edificio—. Me lo hice con diecisiete años, cuando me fui de mi pueblo.

Paula mantuvo la mirada en la mano un instante más antes de que ambos entraran; luego sacudió la cabeza y sonrió.

En el interior, en el aire flotaba ese olor a piedra antigua que solo tienen los lugares con historia, y el sonido de los pasos cambiaba con sutileza al avanzar, devolviendo un eco bajo, irregular.

Paula lo notó enseguida: ese pabellón no le gustaba, no por lo que veía, sino por lo que sugería.

Jac avanzaba sin dudar. Para él, el espacio no era una amenaza. Tampoco era calma en el sentido estricto. Era orden: sus pensamientos dejaban de gritar y se alineaban cuando entraba allí.

Paula caminaba a su lado, cada vez más consciente del contraste.

—En este lugar se hicieron cosas terribles —murmuró, casi sin querer.

—Sí —respondió él, sin negarlo—. Pero también hubo gente que resistió, y eso sigue aquí. Yo lo siento. Si olvidamos a quienes lucharon, aunque perdieran, entonces solo queda el sufrimiento, y la injusticia termina ganando. Yo los recuerdo.

La miró, sin añadir nada más. A Paula le afectó la sencillez con que lo dijo.

No era una frase preparada ni una explicación para convencerla de nada; era la forma en la que Jac miraba aquel lugar, la misma que la había desconcertado la primera vez.

Donde ella veía ruina, él encontraba memoria.

Donde ella notaba amenaza, él parecía encontrar una clase extraña de refugio.

Subieron hasta la terraza lateral. Desde allí, el jardín se extendía entre sombras, y el pabellón se alzaba detrás con esa mezcla extraña de belleza y desgaste.

Jac se detuvo, miró el conjunto y luego a ella.

—Quédate ahí un momento.

—¿Por qué?

—No..., ahí no. Un poco más a la izquierda.

Ella se movió, desconcertada.

—¿Así?

Jac ajustó un milímetro con la mano.

—Sí. Ahí. No te muevas.

Paula mantuvo la posición sin entender del todo.

Sintió su mirada fija y concentrada: observaba buscando retener la relación entre ella, la luz y el fondo.

No era una mirada casual. Tampoco era deseo, o no solo eso.

Era una forma de mirar que la dejaba demasiado expuesta.

Durante ese momento, parecía que él había apartado todo lo demás y se había quedado solo con la imagen que tenía delante.

Se mantuvo allí inmóvil y en silencio unos segundos.

Entonces, asintió. Ya había quedado registrado.

—Vale.

Paula soltó el aire.

—¿Se puede saber qué ha sido eso?

—Nada.

Sin embargo, en la forma en que apartó la mirada, estaba claro que para él tenía significado.

Siguieron un momento más en silencio. El frío se notaba más allí arriba.

Paula apoyó las manos en la barandilla. Jac se colocó a su lado.

No se tocaban, pero casi se rozaban. No fue un gesto buscado, sino un movimiento natural, como todo lo demás esa noche.

El hombro de Jac quedó a una distancia mínima del suyo.

Paula tuvo que concentrarse en el jardín para no pensar en esa proximidad con una intensidad que no debería permitir que existiera y a la vez era incapaz de evitar.

Él tampoco dijo nada. Respiraba más despacio que antes, el pabellón había empezado a devolverle algo de control.

Cuando Paula giró la cabeza lo encontró mirándola.

Demasiado cerca. Demasiado quieto. Durante un instante, ninguno de los dos se apartó, y todo lo acumulado desde la tarde: el miedo, la culpa, la rabia, la disculpa, la mano en el pasillo, la certeza absurda de estar allí juntos... todo dejó de importar.

El tiempo se tensó. Siguieron mirándose un instante más hasta que la distancia desapareció sin pedir permiso.

El beso llegó despacio, con una urgencia controlada. No fue un acto impulsivo ni una decisión consciente. Solo necesitaban comprobar que, después de todo lo ocurrido, el otro seguía cerca.

Cuando se separaron, no hubo ruptura. El espacio siguió siendo el mismo, y a la vez ya no era igual.

Paula apretó los labios. Jac no dijo nada. Ella lo vio parpadear, desorientado. La sonrisa le apareció apenas un segundo, incrédula, antes de negar despacio con la cabeza, intentando entender qué acababa de pasar.

—Paula...

Ella lo miró, con el pecho subiendo y bajando con rapidez, y entonces, sin pensarlo, le puso la mano en la nuca y lo atrajo hacia ella.

Esta vez no fue un roce, sino un beso más seguro, cargado de todo lo que habían contenido durante horas. No era solo deseo; había demasiadas cosas mezcladas en ese contacto para reducirlo así.

Jac respondió con cautela, sujetándola por la cintura sin apretar, todavía con algo de desconcierto en la forma de tocarla. Paula lo notó y aflojó un poco la presión de los dedos en su nuca, no para apartarse, sino para darle la posibilidad a él. No lo hizo.

Eso lo cambió todo.

El beso continuó, primero con esa torpeza mínima de quien todavía no sabe si tiene permiso para avanzar, y después con más hondura, más vehemencia, más reconocimiento.

Se movieron despacio, casi a tientas, hasta sentarse en el banco de piedra sin romper del todo el contacto.

Hubo un instante de separación, el indispensable para respirar, para mirarse y entender que ninguno de los dos estaba retrocediendo.

Volvieron a besarse sin la cautela del primer impulso. Esta vez Jac no comprobó si podía hacerlo: inclinó la cabeza, buscó mejor su boca y la mano que tenía en su cintura dejó de parecer un punto de apoyo para atraerla con determinación hacia él.

Paula sintió los dedos de Jac afirmarse en su cintura, todavía contenidos, aunque sin rastro de inseguridad.

Él inclinó la cabeza, buscó mejor su boca, y el cuerpo de ella respondió antes de que pudiera pensarlo.

El beso se volvió más íntimo, más profundo y, por primera vez, apareció con claridad la certeza de que, si seguían avanzando por ese camino, llegarían a un punto en el que detenerse sería muy difícil.

No habían cruzado esa línea todavía.

Pero estaban demasiado cerca.

Jac le apoyó una mano en el pecho, firme.

—No.

Paula se quedó inmóvil, respirando demasiado deprisa, el cuerpo no había entendido aún que se habían separado.

—Espera... —añadió él, más bajo—. No.

Negó otra vez.

—Esto no... no es buena idea.

Paula soltó una risa sin humor. Nada de lo que habían hecho esa noche lo era.

Jac se pasó una mano por la cara.

—No podemos seguir. No así. No soy una opción ahora mismo.

El silencio se cerró entre los dos.

—Estoy encerrado —dijo—. Me están investigando. No recuerdo cosas que nadie en su sano juicio olvidaría. Esto no es autoodio. Es responsabilidad.

Paula no respondió. Se inclinó despacio y apoyó la cabeza en su hombro, como si todo, de repente, pesara más.

Él se quedó quieto, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos e inspiró hondo.

—Deberíamos volver —dijo al cabo de un momento.

Paula lo abrazó con más fuerza.

—Sí.

Se levantó y le tendió la mano, él se la cogió y se puso en pie.

Empezaron a caminar en silencio. La madera crujió en algún lugar del pabellón. Paula se tensó al instante. Jac lo notó. Sin decir nada, le apretó la mano una sola vez.

Y siguieron andando hacia la salida.