11
El turno de noche había entrado en ese momento de calma en el que todo parece dormido, pero en realidad no lo está.
Paula se encontraba de espaldas al control cuando lo oyó.
—Lo siento.
Se sobresaltó y se giró de golpe.
Jac estaba apoyado en el marco de la puerta abierta, un hombro contra la pared, igual que aquella primera vez, casi dos meses atrás, cuando aún no se conocían.
La misma postura. La misma quietud tensa.
Durante un instante, Paula volvió a sentir el desasosiego de entonces.
No era incomodidad, sino esa atención involuntaria que se le activaba cada vez que él estaba cerca.
—Me he pasado —añadió—. No era necesario que te hablara como lo he hecho.
Paula no respondió. Lo observó en silencio, evaluando.
—Sé que a veces, en según qué situaciones, actúo de forma brusca.
Pero ahora mismo, con las lagunas de memoria, con la acusación, con la posibilidad bastante real de que me juzguen por homicidio...
ya tengo suficiente. Cuando todo eso esté bajo control —siguió—, entonces ya solucionaré lo de ser un reactivo de mierda.
Paula apoyó las manos en la mesa.
—Disculpas aceptadas. Yo también lamento mucho lo sucedido, Jac.
El silencio que cayó después no fue cómodo, aunque tampoco hostil.
Entonces Jac levantó la vista.
—Sácame de aquí.
Paula reaccionó de inmediato.
—¿Estás loco?
—Claro. Por eso estoy encerrado en un psiquiátrico. —Esbozó algo parecido a una sonrisa—. Pero necesito salir de este pabellón. De verdad.
Ella negó con la cabeza.
—No es una opción. No puedo hacer eso. Necesito un motivo clínico y autorización. Además, no lo haré a las doce de la noche.
—Llévame al pabellón antiguo.
—No. De ninguna manera. —Esta vez no dudó—. Sabes perfectamente lo que implicaría. Es una zona clausurada que no está autorizada para pacientes. No puedo exponerte a eso ni puedo arriesgarme yo.
—Lo entiendo todo —dijo—. Pero me lo debes.
—No. Eso no. —Su voz fue firme—. Ya te he pedido perdón. Te debía una disculpa y te la he dado. No te debo sacarte de aquí. No te debo infringir normas institucionales, ni lógicas, ni éticas. No te debo sacarte de un pabellón cerrado.
Se acercó un poco más.
—Y si vuelves a plantearlo así, esta conversación se termina aquí.
Jac bajó la mirada un segundo.
—Vale. Tienes razón.
—Eso ha sido un intento de manipulación —añadió ella.
Él alzó las cejas, casi con ironía cansada.
—Puede. Mi cabeza ahora mismo es una peonza.
Gira sin control. Y necesito pararla. —La miró—.
Allí me regulo. No es emocional, es práctico.
En el pabellón antiguo pienso mejor. Siempre ha sido así.
Es el único lugar donde no me pierdo del todo, donde parece que encuentro las piezas que me faltan para acabar el rompecabezas.
—Aunque quisiera hacerlo, que no quiero —aclaró—, tampoco sabría cómo. Aquí hay cámaras en todas partes. Lo sabes, ¿no?
—Claro que hay cámaras y por supuesto que lo sé. —Su tono fue inesperadamente técnico—. Pero también sé cómo llegar afuera. Es sencillo. Se reinicia el sistema que cubre este tramo y ya está. Parecerá un fallo temporal.
Paula no pudo disimular la incredulidad ante lo que estaba oyendo.
—Si esta fase se reinicia de golpe —continuó él—, nadie le dará importancia. Tarda unos tres minutos en volver a funcionar con precisión. Tiempo suficiente para salir de esta unidad si sabes cómo. Yo sé el camino, tú tienes la clave de la puerta; se puede hacer, te lo garantizo.
Ella sintió el peso enorme de lo que estaba proponiendo.
Miró el reloj del control.
—Faltan doce minutos para que Martín se vaya a hacer la ronda y luego se tome un descanso —dijo despacio—. En esos doce minutos... me lo pensaré.
No prometió nada. Se quedó sola en el control. No miró a Jac cuando se marchó, no lo necesitaba.
Repasó la tarde de principio a fin, como si rebobinara una sesión que había salido mal sin que nadie lo hubiera previsto.
Él había tenido miedo. Había tardado meses en atreverse, en aceptar que quizá ese era el camino porque todo lo demás no había funcionado, y aun así había confiado lo suficiente como para hacerlo con ella.
Eso era importante. La sesión había empezado bien, de hecho, al principio fue mejor de lo que esperaba.
Hasta que apareció la puerta verde. No solo se había colado en su mente impidiendo que pudiera entrar en el recuerdo que buscaba, había truncado por completo la reconstrucción.
La imagen había aparecido sin aviso y lo había desbordado.
Era imposible prever que iba a provocar una reacción así: ese no puedo estar aquí, la necesidad de salir antes de entender por qué, la angustia que había desencadenado.
Había sido breve, pero muy intenso y, aunque no hubiera sido algo planeado, era importante porque significaba que había tocado algo.
La puerta verde tenía un significado y, además, era el primer avance en más de tres meses. Después, la contención.
Paula apretó los labios. Aquello había parecido más un castigo que un acto terapéutico.
Oliver había tenido la oportunidad y la había usado.
Paula había intentado detenerlo, lo había dicho con claridad: quería que lo sentaran, que respirara, sabía que lo podía calmar.
No hacía falta nada más, y no le hicieron caso.
Ahora él estaba pagando por eso. Era normal que no quisiera volver a intentarlo.
Aun así, el avance seguía ahí. La puerta verde permanecía en su cabeza y tenía que continuar por ese camino, no importaba si no era con ella.
Paula entendía que algo se había activado en aquel momento y ahora mismo debía de estar volviéndolo loco.
Sabía que lo que pedía ahora no era una huida, necesitaba ordenar su mente y no podía hacerlo solo.
También era consciente de que le quedaba muy poco margen.
Miró el reloj, tenía diez minutos para decidir algo que no debería decidirse nunca así.
Era una pésima idea, lo sabía. Pero también sabía lo que se jugaban: un avance real después del estancamiento, la posibilidad de evitar una regresión, la oportunidad de que él no cerrara esa vía por miedo.
Habían pasado demasiadas sesiones como para fingir que no sabía distinguir cuándo Jac estaba tensando una norma por puro placer y cuándo estaba de verdad al límite. Esa noche era lo segundo.
Puede que se equivocara, pero el riesgo, por una vez, parecía menor que lo que podían perder.
Cuando levantó la vista, los diez minutos casi habían pasado y Paula ya sabía qué iba a hacer.
La luz roja parpadeaba.
Apenas un guiño mecánico en la esquina superior de la cámara del pasillo.
Encendida—apagada—encendida—apagada. Siempre el mismo intervalo. Siempre la misma vigilancia.
Jac no miraba otra cosa.
Observaba el diminuto ojo negro de plástico y cristal con su lucecita intermitente.
Cada vez que la luz se apagaba, aunque solo fuera un instante, algo en su pecho se tensaba como una cuerda a punto de partirse.
«Ahora. Que ahora no vuelva».
Se apagaba y volvía.
«Mierda».
Se apagaba y volvía.
«Mierda, mierda, mierda».
El pasillo olía a medicinas y a calor humano estancado. A ese aire que nunca termina de renovarse en los módulos de contención. En algún punto, lejos, un timbre sonó con desgana, un carro metálico chirrió y alguien tosió con insistencia.
Jac respiraba por la boca porque si respiraba por la nariz le entraba ese olor directo al cerebro y ya no podía soportarlo más.
La inmovilización de la tarde seguía dentro de su cuerpo como una memoria muscular: el recuerdo de las correas que ya no estaban y, sin embargo, habían dejado una marca invisible; la sensación de haber sido reducido a objeto; y, encima, la puerta.
Esa puerta verde que no sabía a dónde pertenecía y, aun así, se le había clavado dentro con una violencia brutal.
«No puedo estar aquí». No era exageración, todo dentro de él le gritaba que era una necesidad fisiológica.
Por eso estaba de pie, esperando, sin poder apartar los ojos de la luz.
Su cabeza no medía el tiempo en segundos, sino en parpadeos.
Encendida. Apagada. Encendida. Apagada.
Hasta que, de pronto, el patrón se rompió. La luz se apagó... y no volvió.
El ojo negro de la cámara siguió ahí, igual de frío, pero ciego.
Y entonces el alivio le entró como entra el aire cuando por fin abres una ventana que llevaba años cerrada: de golpe, brutal y casi doloroso.
El pabellón antiguo, allí el aire era distinto, el silencio no era el mismo, el edificio no estaba lleno de gente, sino de quietud, de historia y de lucha.
Oyó unos pasos al fondo del pasillo. No eran los pasos pesados de los auxiliares ni el ritmo monótono de la ronda. Eran pasos contenidos.
Paula apareció al final del pasillo, iluminada por la luz blanca del fluorescente.
Venía rápido, pero casi sin hacer ruido, con esa tensión de quien sabe que cada segundo cuenta.
Llevaba el móvil en la mano, apretándolo más de lo necesario, y en su cara había una expresión de confusión que no terminaba de corresponder con la decisión que acababa de tomar.
Jac la vio antes de que ella lo viera a él.
Entonces lo miró.
«Está esperando. Lo he hecho, ¿qué he hecho?».
Paula sintió un golpe de calor detrás de la nuca, un sudor frío bajo la camisa, el corazón demasiado cerca de la garganta.
¿En serio iba a sacar a un paciente del módulo cerrado, de noche, para llevarlo a un pabellón clausurado? Era una idea tan mala que casi resultaba cómica.
Y, sin embargo, allí estaba.
Cuando llegó a su altura, se detuvo. Jac no dijo nada. Solo la miró, y en esa mirada había urgencia, la misma con la que respiraría alguien que se está ahogando.
Paula abrió la boca para decir algo, cualquier cosa sensata, pero no le salió. Al final consiguió susurrar:
—Tres minutos. ¿Verdad?
—Más o menos.
Y entonces lo hizo. Cogió su mano con necesidad.
Sus dedos apretaron lo justo para que ella entendiera: ven, ahora.
Paula notó el contacto y se le disparó otra alarma interna.
No solo por lo que estaban haciendo, sino por la conciencia inmediata de la piel caliente de Jac contra la suya.
El gesto era impropio, demasiado íntimo para ese lugar, pero no se soltó.
El pasillo estaba vacío. Jac no miraba a los lados; miraba hacia delante.
Daba la impresión de que el recorrido estaba grabado en su cuerpo.
Paula, en cambio, lo veía todo: el brillo del suelo, las marcas, el reflejo de su cara en un cristal...
Cada detalle le gritaba que los iban a pillar y su mente buscaba una explicación racional, aunque en el centro del pecho la frase seguía ahí: «estoy loca».
Jac apretó un poco más su mano al girar una esquina, y en ese punto, el hospital dejó de parecer hospital.
El pasillo se estrechó. Aparecieron estanterías metálicas, un antiguo cuarto de limpieza cerrado del que salía un olor rancio a productos olvidados y polvo acumulado y, un poco más adelante, una puerta gris con un símbolo desgastado de peligro eléctrico.
Paula frenó en seco.
—¿Qué es eso?
—Una antigua sala técnica.
—Jac...
Él no respondió. Se acercó a la puerta y apoyó una mano a la altura del cierre central. Nada. Empujó después más arriba. La hoja metálica cedió apenas un milímetro.
Jac volvió a probar, esta vez con fuerza, presionando en los dos puntos al mismo tiempo. El cierre terminó cediendo con un golpe sordo.
—¿Cómo sabes abrir esto?
—Porque una vez, cuando trabajaba aquí, entré por el otro lado.
El aire que salió era más frío, más húmedo, con ese olor a polvo característico de los lugares olvidados.
—Madre mía... —susurró Paula.
La estancia parecía una vieja sala de máquinas: cuadros eléctricos antiguos, paneles apagados, conducciones oxidadas y tuberías gruesas recorriendo el techo.
—Esto pertenece a la parte antigua del pabellón nuevo —explicó Jac mientras avanzaban—. Lleva años fuera de servicio. No hay ningún peligro, aquí nada funciona.
Paula seguía mirando alrededor.
—¿Nadie sabe que esta puerta se abre sin llave?
—No, creo que no.
—¿Por qué tú sí? ¿Qué hay de especial a este lado de la puerta?
—Se ven los puntos de cierre —dijo él señalando el marco metálico—.
Desde el módulo no. El marco los tapa. El día que llegué hasta aquí, me apoyé y noté que se movía un poco, me pareció raro.
La empujé y me di cuenta de que los cierres parecían no encajar del todo, la empujé más y terminó cediendo.
Pero hay que presionar los dos puntos a la vez; si no, no se mueve.
Paula frunció el ceño.
—Avisaste de esto.
—¿Para qué? Es casi imposible abrirla desde dentro si no la has visto desde este otro lado, y ningún paciente lo había hecho. Hasta que llegué yo.
—Aun así, deberías haber avisado.
—Nadie pasa por aquí, Paula. Y si alguien consiguiera abrirla, seguiría atrapado dentro del edificio. No puede salir sin código. Todavía más, si consiguiera salir de esta zona, llegaría al jardín, no a la calle.
—¿Y si un interno entrara y se perdiera aquí dentro?
—Pues gritaría y retumbaría en todo el puto sanatorio. ¿Vas a preguntarme qué pasaría si el paciente fuera mudo? Porque te adelanto la respuesta: el día que haya alguno, me preocuparé por ello.
Paula le pegó un manotazo en la espalda y siguió caminando pegada a él.
—Te lo juro, voy a hacer todo el recorrido con los ojos cerrados.
—¿Por qué?
—Porque como las arañas sean del mismo tamaño que las telarañas...
Se le escapó una risa mínima.
Jac giró la cabeza.
—Tranquila. Aunque sean enormes, tú sigues siendo más grande.
Paula soltó una carcajada.
—¿Tú no le tienes miedo a nada absurdo?
—¡Uy! Yo le tengo miedo a bastantes cosas absurdas: juguetes, pajaritos, flores...
—¿Sí?
—Sí, Lara se rio durante semanas cuando le dije que a los silbatos de madera mi mente los llama: «la llave del infierno». Me horrorizan esos trastos. Pero de mis fobias ya hablaremos en la consulta.
El espacio se estrechaba y cada vez llegaba menos luz. Al final del siguiente tramo apareció otra puerta.
Esta sí parecía activa: más nueva, reforzada y con lector numérico al lado del marco.
Jac se detuvo.
—Esta tienes que abrirla tú.
Paula lo miró.
—¿Y tú cómo salías?
—Cuando trabajaba aquí tenía el código. Lo cambiaron después de la última vez que fui al pabellón antiguo. Reforzaron la seguridad. ¿Recuerdas?
Paula entendió enseguida.
—¿No habían cambiado este código en cinco años?
—¿En cinco? A saber los años que llevaba abriéndose con el mismo número. Yo creo que no olvidaron cambiarlo, es que ni siquiera recordaban que aquí había una puerta.
Ella se acercó al panel. Jac permaneció detrás, mirando el pasillo.
Cuando Paula introdujo el primer número, él bajó un poco la vista hacia el teclado antes de apartarla otra vez. Los pitidos sonaban demasiado altos en mitad del silencio.
Con el último la puerta se abrió y salieron.