10
Paula esperó a que pasara el efecto más pesado del sedante.
No entró de inmediato. Conocía bien ese estado en el que el cuerpo ya ha despertado, pero la mente todavía no termina de orientarse.
Cuando por fin abrió la puerta, Jac estaba despierto, mirando al techo.
Tenía las muñecas sujetas, el cinturón cruzándole el torso y las piernas inmovilizadas.
—Hola, Jac —dijo.
Él no respondió, ni giró la cabeza ni cerró los ojos. Siguió mirando al mismo punto indefinido, sin gastar energía en una respuesta.
Paula dio un paso más, dentro de la habitación.
—Entiendo que estés enfadado.
Jac soltó el aire despacio. Un soplido breve, cansado.
—No estoy enfadado —respondió al fin—. No es eso.
Giró la cabeza hacia ella por primera vez.
—Estoy decepcionado.
Paula notó el golpe más fuerte que si hubiera gritado.
—Tenemos que hablar de eso.
—No.
La respuesta fue tajante.
—Sabes que sí —insistió ella.
—He dicho que no.
Hubo un silencio denso entre los dos. Jac movió ligeramente la muñeca, lo justo para que las correas se tensaran.
—Me podéis obligar a muchas cosas —dijo—. A esto tam bién. —Hizo una leve indicación hacia las sujeciones—. Medicarme, atarme y encerrarme. Pero a hablar, aún no.
—Tengo que hacerte unas preguntas.
Él ni siquiera la miró.
Entonces ella cambió de registro.
—¿Sabes qué día es hoy?
Jac cerró los ojos un segundo, la pregunta le resultaba absurda. Reconoció el protocolo.
—Viernes.
—¿Dónde estás?
—En el psiquiátrico de Vallclosa. Unidad cerrada.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Sí. Disociación y presunto homicidio.
Respondió a todo con precisión y sin titubeos.
Cuando terminó, Paula se giró hacia la enfermera.
—Retiren las contenciones.
—Doctora, el doctor Sanz ordenó mantenerlas en pacientes agresivos o peligrosos.
Paula no levantó la voz.
—Este paciente no es ninguna de las dos cosas.
—Pero el manual dice que hay que mantenerlas hasta que se reevalúe...
—El señor Masferrer es mi paciente —la interrumpió—. Y la nueva evaluación la acabo de hacer yo. Si el doctor Sanz no está de acuerdo, ya lo hablaré con él. Retire las contenciones.
La enfermera dudó un segundo más, atrapada entre jerarquías. Al final, obedeció.
Jac no se movió mientras le soltaban las muñecas. No aprovechó el momento. No tensó el cuerpo. Solo dejó que lo hicieran.
Cuando la enfermera salió, dijo en voz baja:
—Gracias. Y, aun así, no pienso contestar nada más.
—No tienes que hacerlo —dijo ella—. Pero lo siento. Esto no tendría que haber pasado.
Jac no respondió.
—Pedí ayuda porque me asusté. Perdiste el control muy rápido. No era agresividad, estabas desbordado. Era un ataque de pánico, estabas golpeando el cristal y tenía miedo de que te hicieras daño. Había que parar eso.
Se acercó un poco más.
—Cuando empezaron a inmovilizarte, les dije que no era necesario. Que solo necesitabas sentarte, respirar. No me hicieron caso. Es el protocolo del doctor Sanz. Esto no va a volver a pasar. Voy a hablar con él. Me aseguraré de que no se repita.
Jac dejó escapar una risa seca.
—No hace falta. No va a volver a pasar porque no os voy a dar la ocasión.
—Jac...
—¿Quieres la verdad? —la interrumpió él—. Pues la verdad es esta: siento que me has fallado.
No levantó la voz. La frase fue peor por lo tranquila que sonó.
—Te dije que me daba miedo perder el control.
Y a la primera de cambio... he acabado en el suelo, atado, humillado y medicado.
Ya sé que en un estado de agitación grave la medicación se pone, quieras o no.
No soy idiota, pero este escenario... —Observó las correas ya sueltas—.
Esto era justo lo que yo no quería que ocurriera.
Se recostó contra la almohada. En su expresión no había dureza, pero tampoco concesiones.
—Así es como me siento.
Se incorporó despacio, reconociendo el cuerpo por partes, cerciorándose de cuáles seguía sintiendo suyas y cuáles no. Luego dirigió su mirada hacia ella. Esta vez no había cansancio ni decepción: había algo más frío.
—Jac, te entiendo, pero...
—No —cortó él—. No lo entiendes. Si no sabías si ibas a ser capaz de controlar algo así, no tenías que haberte comprometido a hacerlo.
No había rabia en su voz, solo frialdad, por eso fue peor.
—Esto no es un experimento. No es «a ver qué pasa». Cuando un profesional no tiene la certeza de poder garantizar la seguridad en una situación no la inicia. Porque al que jode no es a sí mismo, sino al paciente.
Paula abrió la boca para responder, pero él no le dio tiempo.
—A ti no te ha pasado nada —añadió—. Tú sigues teniendo tu despacho, tu placa en la puerta y tu autoridad intacta.
Hizo un movimiento con la muñeca, aún marcada por las correas.
—No me vale que me digas que te asustaste.
Clavó los ojos en ella.
Paula tragó saliva. Supo que cualquier defensa sonaría hueca.
—Descansa —dijo al final—. Hablaremos en otro momento.
Jac no respondió.
Paula salió de la habitación con un sabor amargo, consciente de que había fallado y de que algo se había roto, y a la vez incapaz de evitar una cierta sensación de injusticia.