9
Paula aún no se había sentado cuando Jac habló.
—Ah. Antes de nada, ayer por la noche estuve pensando. Entré en un bucle de rumiación bastante serio. Pedí papel para distraerme, no me lo dieron, así que escribí un mensaje delirante en el cristal de la ventana.
—¿Hiciste qué?
—Aproveché la condensación. —Se encogió ligeramente de hombros—. No es complicado.
—¿Para qué?
—Para demostrar que, si necesito hacer algo, encontraré la manera, aunque me quitéis el papel, los lápices, incluso las ideas brillantes. Da igual, siempre hay una forma, y la encontraré.
—Vale. Lo anotaré en tu expediente: de forma ocasional presenta regresiones a la etapa infantil.
Jac bajó la mirada un instante. Cuando volvió a alzarla, había algo distinto.
—Si espero a estar seguro, no voy a hacerlo nunca. Quiero intentar la reconstrucción sensorial [e3] . Hoy.
Ella inspiró hondo antes de asentir despacio.
—De acuerdo, Jac. Entonces antes necesitamos establecer algunas cosas.
—Sí. Las reglas. Nada de inducción. Nada de preguntas dirigidas. Nada de completar huecos.
—Claro que no. Si algo aparece, lo exploras. Y si no es así, no se provoca. Quédate con eso: no se fuerza nada.
—No lo voy a hacer. Y si me bloqueo o empiezo a desorganizarme...
—Paramos de inmediato. Estoy aquí para acompañarte y garantizar tu seguridad.
—Bien, estamos de acuerdo.
Paula guardó silencio un instante antes de preguntar:
—¿Por dónde quieres empezar?
Jac dudó apenas.
—Quiero intentar entrar en lo que pasó en casa. En esas seis horas en blanco.
—¿Por qué ahí?
—Porque creo que tengo más posibilidades de acceder a ese recuerdo. Si el incidente más grave pasó en el coche, me va a costar mucho más meterme en él. No puedo empezar por el momento más duro.
Ella asintió despacio.
—De acuerdo. Entonces comienza por lo último que recuerdes con claridad antes del vacío.
Jac cerró los ojos. No porque ella se lo pidiera, sino porque lo necesitaba.
—Ya estoy allí.
—Sitúame. ¿Dónde estás?
—En el coche. He aparcado en el jardín, delante de casa, no he metido el coche al garaje. No sé por qué no lo he hecho.
—De acuerdo. ¿Notas algo más? ¿Frío? ¿Calor? ¿Algún sonido?
Jac tardó unos segundos.
—El soplador de hojas del vecino.
Frunció el ceño.
—Joder... Siempre estaba con eso. Me tenía harto.
—Vale. Continúa.
—No puedo.
—¿No puedes... qué?
—No puedo bajar. Sé que debería y, aun así, no puedo.
—No intentes avanzar todavía. Quédate ahí. ¿Qué es lo primero que percibes?
—Confusión. Estoy... lento. Me cuesta pensar con claridad.
Paula esperó.
—Quiero bajar —dijo Jac—. Lo intento y no lo consigo.
—¿Qué te lo impide?
—Todo está... normal, menos la puerta. No la veo bien.
—¿Cómo la ves?
—Como si estuviera empañada... Todo lo demás está como siempre. Parece que algo la tapa de forma parcial. Abro el coche y, uf, huele a flores.
Inspiró, aunque el aire entró mal.
—Jazmín... o dama de noche.
Se detuvo; el estómago se le contrajo sin previo aviso.
—No... No me gustan.
Una arcada seca le subió a la garganta.
—Voy a subir los escalones, a cruzar la niebla que tapa la entrada.
—Jac. Abre los ojos un momento.
—No es la puerta de mi casa, Paula.
Parpadeó varias veces.
—Es... verde —murmuró, inclinándose hacia delante en un intento inútil de verla mejor—. De madera vieja. La pintura está levantada en varios sitios... y han pintado encima, pero no es el mismo verde. Es más claro, parcheado.
Se quedó quieto.
—No. La puerta de mi casa no es así. Es una puerta normal.
Se llevó la mano al pecho.
—No sé a dónde va esta puerta.
—Jac, para. No avances más.
—Tengo que...
Miraba hacia algún punto que ya no estaba en el despacho.
Negó, más fuerte.
—No puedo. No quiero entrar ahí.
La voz se le rompió.
—No voy a volver a entrar ahí.
Se incorporó de golpe. Fue hacia la ventana.
—No. Basta.
La respiración se le quebró.
—Necesito salir... Déjame... Déjame salir... Por favor... Deja que me marche...
Golpeó el cristal con fuerza.
Paula se acercó.
—Jac, mírame. Estás aquí. —Le sujetó el antebrazo con firmeza—. Estoy aquí.
Él reaccionó como si lo hubieran quemado.
—¡Suéltame!
El manotazo fue instintivo. Paula perdió el equilibrio y chocó contra la mesa.
Jac volvió a golpear el cristal con más desesperación.
—¡Necesito salir!
Paula se incorporó como pudo. Ya no conseguía llegar hasta él.
Miró el panel. Supo que ella sola no iba a lograr llevarlo a la silla. Dudó un segundo y pulsó el botón.
La puerta se abrió de inmediato.
Oliver, un enfermero que nunca había ocultado su hostilidad hacia Jac, entró primero.
—Está agresivo. Hay que reducirlo.
—No hace falta —indicó Paula—. Ayudadme a sentarlo, por favor.
—Al suelo. Ahora —ordenó Oliver.
—¡No me toquéis!
Jac retrocedió. No atacaba, huía.
—Ahora.
Lo sujetaron. Él intentó apartarse, no golpear.
Le inmovilizaron los brazos y le hundieron la rodilla en el pecho.
—Cuidado —gritó Paula—. ¡Le estáis haciendo daño!
Nadie la escuchó.
Jac levantó la cabeza un segundo, desorientado, y en ese instante Oliver se la empujó hacia abajo. El pómulo golpeó contra la baldosa.
Las correas. El pinchazo.
El cuerpo de Jac se tensó... y cedió.
Paula se arrodilló a su lado.
—Jac.
Él la miró, ya lejos.
—Me has mentido... Dijiste que ibas a quedarte conmigo.
Le costaba mantener los párpados abiertos.
—Me has dejado solo cuando más te necesitaba.
Sus ojos se cerraron.
Se lo llevaron.
Ella no se levantó enseguida.
Jac no había atacado. Había intentado irse desde el principio y, aun así, lo habían contenido. El golpe volvió a su cabeza: seco, innecesario.
Sabía cómo sonaría el informe. Hablarían de agitación, de riesgo y de contención necesaria. El impacto desaparecería entre términos clínicos.
Salió del despacho sin mirar atrás, con una certeza incómoda: aquella puerta verde no solo había aparecido en su memoria; también se había instalado entre ellos.