8
Jac estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared y las manos entrelazadas delante del cuerpo. Todo permanecía en silencio, pero no era un silencio agradable, sino uno de esos que terminan retumbando en la mente.
Había contado las grietas de la pared, había seguido con el dedo el marco de la ventana una y otra vez, comprobando el ángulo, repitiendo la acción hasta que dejó de tener sentido.
Luego pasó a los azulejos del suelo, a las juntas.
Se había detenido en ellas, observándolas de cerca, preguntándose si siempre habían sido así o si era él quien las veía ahora de otra manera.
Pensó que, si las limpiaba, se sentiría mejor.
No podía limpiarlas y, justo por eso, la imagen volvía.
No la escena completa ni los detalles, solo la sensación. Como cuando uno se despierta de una pesadilla y no recuerda con exactitud qué ha pasado, pero el cuerpo sí.
Una mesa, un despacho y una voz que decía su nombre con un tono que no era el habitual.
—Doctor Masferrer.
No era una acusación directa, tampoco una pregunta; era una forma de colocarlo en un lugar del que no podía escapar.
El recuerdo avanzaba a golpes, por fragmentos: el olor del café frío, el fluorescente vibrando en el techo, la carpeta abierta sobre la mesa...
Y frases sueltas:
«Objeto no autorizado».
«Incidente de riesgo con una paciente».
«Fallo de supervisión».
No explicaban del todo lo que había ocurrido y, aun así, asfixiaban.
Recordaba haber intentado ordenar los hechos. La necesidad de entender, más que de defenderse.
—Consiguió evitar que se autolesionara —había dicho Josep, con ese tono medido, casi tranquilizador—. Pero ese objeto nunca debería haber estado en su despacho.
Ahí se detenía siempre.
El abrecartas no era suyo. Estaba seguro de eso. No había utilizado uno jamás.
Entonces, ¿cómo había llegado allí?
El recuerdo se tensaba en ese punto. Recordaba la rabia y el desconcierto, aunque también otra sensación más difícil de explicar: no haber estado del todo presente.
Intentaba retroceder, pero encontraba una neblina en los días anteriores, una falta de nitidez que no sabía justificar. No era cansancio ni estrés. Era otra cosa.
Aquello no tenía sentido, porque él no era así. O eso había creído siempre.
—Vamos a dejarlo en una amonestación formal —había concluido el director—. Considérelo una advertencia.
La palabra quedó flotando en el aire: «advertencia».
—La próxima vez, las consecuencias podrían ser más serias.
No había levantado la voz. No hacía falta.
Jac entendió entonces que aquello no era solo una advertencia por el abrecartas ni por lo ocurrido con aquella paciente. Era otra cosa.
Semanas antes había discutido con Josep por el uso de las contenciones y de la medicación de rescate.
No porque fueran ilegales. Jac sabía que no lo eran.
El problema era otro: cuando una medicación pautada como PRN dejaba de utilizarse de forma puntual y empezaba a repetirse con patrones demasiado regulares, dejaba de funcionar como rescate.
Se convertía en control. Una forma limpia de reducir a un paciente sin tener que tocarlo.
Se lo había dicho.
Josep lo escuchó con una paciencia medida, casi paternal.
—No se está haciendo nada fuera de la legalidad.
—Ya lo sé —respondió Jac—. No estoy diciendo que sea ilegal. Estoy diciendo que es irregular. Y poco ético.
La expresión del director no cambió.
—Eres demasiado joven para entender cómo funcionan algunas cosas.
Jac recordó la frase con una nitidez desagradable.
Le dijo también que debía esforzarse más en adaptarse, observar antes de cuestionar y dejar de buscar fantasmas donde no los había. Porque los fantasmas, añadió, a veces se manifiestan cuando uno se empeña demasiado en encontrarlos.
Después apareció el abrecartas.
Sobre su mesa.
Un objeto que no era suyo, que él no había llevado allí y que una paciente acabó cogiendo.
Alguien había decidido enseñarle qué forma podía tener un fantasma cuando se hacía visible en el momento exacto.
Desde entonces no confiaba en Josep.
Y por eso, ahora, encerrado en el mismo centro, se negaba a tomar nada que no pudiera controlar: comida abierta, bebidas servidas, medicación administrada sin poder supervisarla...
Todo podía convertirse en una vía de entrada.
No para hacerle daño. No pensaba eso. Para mantenerlo manejable, bajarle el tono y que no molestara.
No era paranoia. Tampoco era solo esa necesidad suya de tenerlo todo bajo control. Era memoria profesional, desconfianza aprendida y la certeza de que, en aquel centro, una pauta podía usarse como tratamiento o como advertencia, dependiendo de quién la administrara.
Él no pensaba ponérselo fácil.
Ahora, sentado en la cama, la frase volvía con más contundencia: «la próxima vez».
Ya no sabía si pensaba en Josep, en el abrecartas, en el patio del colegio, en las fiestas del pueblo o en las semanas borrosas antes del nacimiento de Emma.
Solo en la posibilidad de que hubiera habido otras veces. De que pudiera haber más.
Cerró los ojos un momento. Había cosas que no recordaba, eso ya lo sabía, pero eran momentos concretos, episodios puntuales y fijados en el tiempo. Aquello era distinto.
No era un vacío. Era la sensación de no estar del todo presente. Y no había ocurrido solo en el trabajo. En aquella etapa encontraba lo mismo en casa: conversaciones registradas a medias, días enteros demasiado borrosos.
¿Y si...?
¿Y si había hecho cosas que no recordaba? ¿Y si esa sensación no era nueva? ¿Y si no era la primera vez?
Abrió los ojos de golpe.
No. Eso no podía ser.
Se obligó a anclarse en lo físico: la pared a su espalda, la tensión en el cuello y el tacto áspero de la manta bajo los dedos.
Y, aun así, el cuerpo seguía insistiendo en algo que la mente no entendía.
Se pasó una mano por la cara y dejó escapar el aire despacio.
Llevaba algo más de tres meses de sesiones diarias con Paula y apenas habían conseguido avanzar.
Ya habían transcurrido cinco semanas desde que le propuso recurrir a la reconstrucción sensorial, pero él aún mantenía sus reservas.
Al final había decidido aceptarla, no porque confiara en ella, sino porque una certeza empezaba a abrirse paso en su interior: el olvido podía ser más peligroso que la memoria.