Recuérdame 7
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La declaración se tomó en uno de los despachos interiores del juzgado.

No era una sala de vistas, tampoco era un espacio cómodo.

Habían retirado parte del mobiliario habitual para dejar solo una mesa rectangular y cinco sillas.

El juez instructor ocupaba la cabecera. A su derecha estaba la fiscal.

A la izquierda, el letrado de la Administración de Justicia.

El abogado de Jac esperaba sentado junto a la silla vacía reservada para él.

Jac entró escoltado por dos agentes. Se quedó quieto un instante, registrando la disposición de la sala, y luego tomó asiento junto a su abogado.

La silla chirrió contra el suelo; el sonido se le clavó en los oídos. Se colocó recto, con las manos sobre las piernas, y los dedos separados, visibles.

La fiscal hojeó el expediente mientras el juez comprobaba unos documentos.

—Bien —dijo al fin—. Señor Masferrer.

No hubo introducciones innecesarias.

La fiscal levantó la vista.

—¿Puede afirmar con certeza que no mató a su mujer?

—No, no puedo.

El abogado giró la cabeza hacia él.

—Jac, recuerda que no estás obligado a responder preguntas que puedan perjudicarte.

—Quiero responder.

La fiscal no apartó la vista.

—¿Y le parece normal no poder responder algo así?

Levantó los ojos. Esta vez no dudó.

—¿Está usted segura al cien por cien de que, en una situación extrema, no sería capaz de matar a alguien?

Ella frunció el ceño.

—Por supuesto que sí.

—Desde la psiquiatría —dijo él—, no puedo afirmar eso de nadie.

—¿Me está diciendo que todos somos asesinos en potencia?

—No. Le estoy diciendo que no podemos saber quién lo es y quién no. Hay personas que, bajo una presión extrema, pueden llegar a hacer cosas que jamás habrían imaginado. Otras no. Es imposible saberlo de antemano.

La fiscal lo observó en silencio. El juez hizo una anotación concisa antes de asentir.

—Continúe.

La fiscal pasó página.

—Explíqueme la herida de su frente. El impacto del vehículo es leve, lateral. La herida es contusa, profunda. No cuadra.

Jac asintió, casi con alivio.

—No cuadra.

—¿Cómo se la hizo?

—No lo sé. No lo recuerdo. Recuerdo que iba conduciendo, que discutíamos, y después... nada. Cuando desperté, la herida ya estaba ahí.

—Como médico, ¿qué le dice la lógica?

—Que no es compatible con el impacto lateral descrito —respondió sin rodeos—. Aunque es una hipótesis, no una explicación de lo que ocurrió.

—¿Recuerda cómo o quién le hizo el arañazo en la cara?

—Según el informe forense fue Lara. No recuerdo cómo ni cuándo.

—En el asiento trasero había una cantidad llamativa de sangre. ¿Cómo llegó allí?

—No lo sé. No lo recuerdo.

—¿Qué hacía su mujer en ese asiento?

—No lo sé. No lo recuerdo. Mi recuerdo es que iba sentada en el asiento del copiloto.

—También había sangre en el maletero.

—Supongo que lo abrí cuando la busqué. Sin embargo, por lo que me han explicado, el patrón no se corresponde con eso. Así que mi hipótesis no parece muy buena. No recuerdo ni haberme acercado a la parte de atrás del coche.

—Usted no recuerda nada que lo incrimine.

—No recuerdo nada de ese intervalo —corrigió él—. Nada que me incrimine ni que me exonere.

La fiscal apoyó un dedo sobre el expediente.

—Usted declaró que estuvo entre treinta y cuarenta minutos en su casa.

—Es lo que recuerdo.

—Sabemos que fueron más de seis horas.

—Sí.

—¿Qué hizo durante ese tiempo?

Jac negó despacio.

—No lo sé. No lo recuerdo. Puedo explicarle lo que hice durante los treinta o cuarenta minutos que mi mente conserva. El resto... no tengo ninguna conciencia de ello.

La fiscal lo observó con atención.

—¿Cuándo recordó por primera vez que su hija iba en el coche?

Jac se tensó, solo un poco. Ella lo notó.

—En el hospital. Cuando me preguntaron si iba alguien más conmigo. Mi primera respuesta fue no. Y entonces la recordé. Recordé a Emma en su sillita, en el asiento de atrás.

La fiscal intercambió una mirada rápida con el juez antes de volver a centrarse en él.

—¿Pretende que el juzgado acepte que olvidó durante doce horas la existencia de su hija?

Jac no se defendió.

—No pretendo que crean nada. Les estoy diciendo lo que ocurrió en mi cabeza.

—¿Por qué fue al hospital con su coche?

—Porque era lo que tenía. Porque funcionaba. Porque estaba herido, desorientado y necesitaba atención médica.

—¿No pensó que ese vehículo podía incriminarlo?

—No pensé en eso. No pensé en nada así. ¿Qué motivo podría haber tenido para hacerlo?

La fiscal ignoró la pregunta.

—¿Por qué dijo que había tenido un accidente si afirma no recordarlo?

—Porque lo deduje. Estaba en la explanada del bosque, con una herida en la cabeza, sangre, el cinturón puesto... Di por hecho que me salí de la carretera. No lo recuerdo, es la explicación más lógica.

La fiscal pasó página otra vez.

—Usted fue psiquiatra de su mujer durante nueve meses, antes de venir a vivir a la Vallclosa.

—Sí.

—Y comenzó una relación sentimental poco después de darle el alta.

—Sí.

—¿Cree que eso fue éticamente correcto?

Jac no intentó esquivarlo.

—No.

—¿Por qué lo hizo?

—Porque creí que estaba bien. Que estábamos en igualdad de condiciones. Sobrevaloré mi capacidad para manejar la situación. Fui arrogante. Fue una estupidez.

—¿Sabía que ella decía tenerle miedo?

Jac frunció el ceño, sorprendido.

—No. Ella no me tenía miedo.

—Su familia y su vecina dicen lo contrario.

—Ella tenía miedo de que yo la dejara. Eso sí. Miedo de mí... no.

La fiscal guardó silencio unos segundos antes de cerrar el expediente.

—Eso es todo por ahora.

Jac no se movió. El abogado le hizo una señal indicándole que ya había terminado, él levantó la vista hacia el juez.

—¿Puedo añadir algo más?

El juez dudó un instante antes de asentir.

Jac respiró despacio.

—Dicen que buscan la verdad, aunque en realidad esperan otra cosa.

Esperan que la persona se proteja, que mienta si hace falta, porque es lo normal.

Saben detectar cuándo alguien oculta cosas, pero, si alguien no lo hace y lo que dice no lo beneficia, eso les incomoda.

No porque crean que es mentira, sino porque no es lógico.

Se inclinó hacia delante.

—Yo no estoy intentando salvarme. Quiero entender qué pasó. La diferencia es que ustedes investigan una posibilidad y yo tengo que vivir con ella. Porque no recuerdo haberlo hecho ni tampoco lo contrario.

Mantuvo la mirada de la fiscal. Ella se limitó a sostenerla antes de bajar la vista hacia el expediente.

—De acuerdo —dijo al final.

El juez cerró la carpeta y dio por terminada la declaración.

Jac se levantó despacio mientras los agentes se acercaban de nuevo. Su abogado le tocó el brazo de forma suave antes de salir.

La fiscal no se puso en pie enseguida. No dijo nada mientras recogía los documentos.

En el pasillo el aire parecía distinto.

Siguió repasando las pruebas en su cabeza.

El escenario seguía ahí, igual que los indicios.

Si hubiera tenido que apostar, habría seguido haciéndolo por lo mismo.

Y, aun así, le molestaba reconocer que Jac acababa de describir con exactitud lo que había ocurrido allí dentro.

No había intentado defenderse. Al menos no como ella esperaba.

Y eso la desconcertaba.

Nadie mentía así.  O sí. Pero entonces Jacob Masferrer era un manipulador extraordinario, porque mientras hablaba resultaba muy difícil no creerlo.

Se detuvo un instante antes de girar la esquina y luego sig uió caminando.

Continuaba sin creer que fuera inocente, pero ya no tenía la misma seguridad que antes de conocerlo.